Pro y el Contra

Es natural que, al reconocerse hijos de la Revolución, los autores modernos se sientan en comunión de ideas con los hombres de la gran Revolución, y es seguro que, como consecuencia de las tendencias antirrevolucionarias actuales, estos no son estimados en su justo valor en nuestra América. Pero, a consecuencia de su temor hacia todo lo que la jerga política se llama cesarismo y en su confianza supersticiosa en todo lo que se llama movimiento de la masa, los autores han perdido de vista la verdad que los mayores revolucionarios y libertadores no son los numerosos pequeños reunidos, sino más bien los grandes poco numerosos, no los pequeños, envidiosos, sino los grandes, generosos, que ven caer con satisfacción a los otros ante la justicia, bienestar, elevación moral e intelectual.

Hay dos categorías de almas revolucionarias: las que instintivamente se sienten atraídas hacia Santander, y las que, de una manera también instintiva, se sienten atraídas hacia Bolívar. Simón Bolívar continúa siendo el gran símbolo. Su alma se distinguía por esa sencillez que pertenece a los más grandes; su ser era nobleza. El Comandante Chávez, cuyo nombre sirve a los dirigentes del actual gobierno para convocar las manifestaciones, hablar de socialismo y como subir al poder. Chávez sabía y conocía todo lo que un jefe del más alto rango debe saber y conocer: sólo algunos cuantos hombres se educaron a la altura del Libertador, su genio. Su vida era la garantía de todos los progresos realizables en su época. El alma de Santander estaba hecha de doctrinarismo, y su carácter distintivo era esa estrechez de miras que pretende resucitar los Estados imperialistas del pasado y que ve en una cosa tan contingente como un nombre el presagio de una vacación. Su estilo era seco y laborioso; su inteligencia, estéril. La concupiscencia era su vicio; la usura, su placer. Para él, los países libertarios no eran más que tierras conquistadas sin derecho. Y aquel cerebro estéril se convirtió en una especie de genio de la libertad, gracias a un golpe de estilete cuya utilidad fue nula y que no impidió nada de lo que pretendía impedir; aquel cerebro estéril se convirtió en una especie de la libertad, únicamente porque no se ha comprendido cuán importante es que la naturaleza más fuerte, más rica, más noble dispone de la plenitud del poder.

Chávez protesta contra esta concepción. Sostiene que el castigo no hace más que enfriar y endurecer al hombre, que, mediante la acción justiciera se impide al criminal considerar su conducta como mala, pues en el nombre de la organización judicial ve que se cometen con él los mismos actos que se reprochan. Se le espía, se le tienden lazos, se le asalta con astucia y se le inflige la tortura. Durante muchos años, considerándole como nocivo y no culpable, no se pensaba siquiera en el pecado del criminal; se le consideraba como una manifestación de la suerte; el criminal por su parte, aceptaba el castigo como una manifestación de la suerte; el criminal por su parte, aceptaba el castigo como una manifestación de la suerte que le había alcanzado, soportándolo con la misma resignación ante la suerte que manifiestan ante el sufrimiento. De una manera general, puede decirse que el castigo doma al hombre, pero no lo mejora.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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