La corrupción derrotó a la educacción en la revolución bolivariana

Durante el largo periodo de la Venezuela agraria, la educación fue un privilegio para las clases dominantes. Las clases trabajadoras, sustancialmente campesinos sujetos a la tierra y el artesanado urbano, no tuvieron acceso a la educación formal en una sociedad rayana en la miseria, apuntalada por la escuálida renta agraria que aportaban el cacao y el café. En las clases humildes de aquella sociedad se entronizó un adagio que rezaba así: "Suerte de Dios que el saber nada te vale". Lo que significaba que al pobre de nada le valía educarse, pues, su destino estaba marcado por los límites sociales que imponía la Venezuela precapitalista. El hijo de campesinos siempre sería campesino, sin posibilidad de ascenso social.

Con la llegada del petróleo, también llegó la modernidad, o sea, la sociedad capitalista y su aluvional proceso de acumulación de capital. Esto ha sido denominado capitalismo rentista1. La conciencia social de este nuevo modo de producción en la escena nacional, fue signada por la llamada ADEQUIDAD que se hizo cultura después de 1945. Vivir del petróleo fue la consigna para los dueños del capital y para los dueños de la fuerza de trabajo, imponiéndose lo distributivo por encima de lo productivo como ideal social.

Durante el reinado de la adequidad en el periodo puntofijista, la educación fue asumida por las clases trabajadoras como la única palanca éticamente legítima para ascender en la escala social y mejorar sus estándares de vida. Esta educación se orientó más a la distribución que a la producción; el título universitario era la patente de corso para enchufarse en el aparato estatal, distribuidor de la copiosa renta petrolera.

Sin embargo, a finales de la séptima década de la pasada centuria, el capitalismo rentístico venezolano colapsó, cuando la economía nacional no fue capaz de absorber el caudal de renta que le proveía el petróleo. La economía se recalentó dijeron los analistas de entonces. A partir de ese momento, se fue produciendo una huelga de inversiones en nuestra economía, acompañada de un proceso de desinversión de capital que tajo como consecuencia, la caída paulatina del PIB agroindustrial. Con la caída del PIB se produjo como derivada, la caída brutal del salario real de los venezolanos en el último tercio del pasado siglo; cuestión que se ha prolongado durante todo el trayecto de la Revolución Bolivariana. La política salarial impuesta por el sector neoliberal del chavismo en el poder, es la responsable de la permanencia de uno de los más nefatos legados del puntofijismo: el empobrecimiento sostenido de las clases trabajadoras. Esta minusvalía salarial del trabajador en tiempos bolivarianos es inocultable en los profesionales de la docencia universitaria y en los trabajadores de PDVSA. El sueldo de un profesor universitario instructor, sólo alcanza hoy para compras 12,6 kilos de caraotas. Hace cuarenta años, el sueño de todo trabajador venezolano era ingresar a las petroleras. Hoy nuestros trabajadores prefieren meterse a taxistas que buscar chamba en la primera empresa petrolera nacional.

La brutal caída del salario real de las últimas décadas, ha determinado que ya la educación no se perciba como palanca legitima para el ascenso social, cuando todavía la renta petrolera amasada por el estado era voluminosa, tal como ocurrió en el lapso 2005-2014. Este desmadre bolivariano representado por un estado ahíto de petrodólares pero renuente a mejorar el salario real de la masa trabajadora, tuvo un efecto letal en la apreciación de la educación como expediente ético para mejorar económicamente al pueblo trabajador: la educación perdió su magia liberadora de las miserias sociales y entonces apareció la nueva adequidad bolivariana, concretizada en darle carta de ciudadanía a la corrupción como palanca para la superación de la pobreza. Este proceso delictual de mejoría social ha sido objetivamente descrito por el sociólogo Alexis Romero Salazar(http://www.aporrea.org/actualidad/a222343.html) en los siguientes términos:

En medio de la naturalización de la indecencia y el delito, se hizo normal que personal de PDVSA diariamente despachara gandolas y barcos de gasolina a las mafias contrabandistas y lograra acuerdos millonarios con proveedores para pagos con sobreprecio de servicios o equipos facturados; se hizo normal que un funcionario del SENIAT llamara para informar que en la oficina hay por ejecutar una multa a la pequeña empresa y por 600 mil bolívares pueden llegar a un arreglo por fuera; se hizo normal que gente de CADIVI identificara a usuarios que tienen bloqueadas las tarjetas para consumos en el exterior para ofrecerles su activación con la colaboración de 20 mil bolívares;.

También fue normal que la Presidencia de los Abastos Bicentenario, de Mercal y PDVAL montaran sus propios negocios para el desvío de cargamentos de alimentos y por ese camino además se hizo normal que trabajadores y contratistas de CANTV despojaran de las líneas telefónicas a unos usuarios para vendérselas, por elevadísimo monto, a otros que se las requieren y que la gerente del Banco de Venezuela y su personal, en los operativos de registro de pensionados, funcionaran bajo las órdenes del paramilitarismo extorsionador, como si nada. Se hizo normal que el Policía Municipal y el Fiscal de Tránsito "bajen de la mula" a los conductores para eliminarles la multa. Normal entonces fue que para colocar a una persona de tercera edad en la nómina de los pensionados hubiese que pagar 60 mil bolívares a un funcionario que hace la cosa como si nada y que una pareja deba pagar 23 mil bolívares para ser incorporada a la lista y se le considere para la adjudicación de una vivienda. Normal que el funcionario policial o militar, la alcaldesa y el gobernador caminen frente de los ilegales pero visibles y públicos estantes repletos de víveres y no pase nada –a menos que sea el arreglo para permitirlo-.

En atención a lo planteado, sólo una recomposición del salario real acompañada por una campaña anticorrupción ético-jurídica, pudiera sacar al país del abismo delictual en que lo ha sumergido la agonía del capitalismo rentístico en estas latitudes. En consecuencia, a la mejoría del salario real debe seguirle un entramado de mecanismos de control burocrático, como la única manera de que la democracia bolivariana se mantenga en el tiempo. Moral y luces deben seguir siendo nuestras primeras necesidades.

 

NOTAS

 

1.-Baptista Asdrúbal. Teoría Económica del capitalismo rentístico. Caracas. IESA. 1997



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Humberto Trompiz Vallés

Historiador y profesor universitario jubilado, especializado en historia petrolera de Venezuela.

 htrompizvalles@gmail.com      @trompizpetroleo

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