Enterrad mi cuerpo cerca del mar… en Venezuela…

Elegía al Comandante Chávez, a los dos años de Tú dolorosa partida:

Es una elegía donde no sabemos qué admirar más, si la perfecta forma, si la elevada idea, si la tristeza por los niños del pueblo; la pasión de justicia, la defensa esencial de la verdad humana. Lo que alentaba al Comandante Chávez, con ese amor al hombre y a la mujer Pueblo, y esa fe en la retribución de sus trabajos y penas, que no tendría sentido de no ser puesto a prueba frente a fuerzas sociales y a juicios y egoísmos adversos a la esencia de lo que se entiende por justicia social. Hay ciertos hombres observadores, que semejantes al ave de Juno, tienen una retina de extraordinaria clarividencia en cada uno de sus poros. Chávez podía decir que en cada uno de sus poros palpitaba un gran corazón.

El Gigante Chávez: En su agitada vida, sintió por un momento extraordinaria dicha, su melancolía inmortal, sus dudas y su desesperación cayeron pronto en el seno de las aguas, como si los besos amorosos de las brisas marinas le llegaran hasta el alma. En efecto, nada hay que nos aliente y nos vigorice tanto como el espectáculo de la mar, la brisa recogida por la Vela agitada, el espumoso Oleaje y surcado por la Vencedora quilla; un doble Infinito sobre nuestra cabeza y bajo nuestras plantas; la Vida por todas partes embriagándonos con su voluptuosidad; la Luz cayendo a torrentes y Acrecentándose en la transparencia de las aguas; el aroma salado de la vegetación marina difundiéndose por nuestra sangre; el vigor de la voluntad demostrado por la Lucha; y la Dignidad Humana realzada por aquellas Victorias de todos los instantes sobre los Batalladores Elementos. La mar traidora callaba y dormía… De pronto, el huracán se desata, las olas hierven; el relámpago despide sus siniestros reflejos sobre aquel delirio de la Naturaleza estremecida, sobre aquel furor de las aguas rabiosas. Allí, acalorando su fantasía, mezclaba el bramido de sus tempestades interiores, el hervor de sus pasiones, el relampagueo de sus ideas, el rayo que taladraba sus sienes, con las olas hirvientes, con los huracanes desatados, con la batalla de los vientos y las aguas, con lecho que de las frágiles tablas contra los escollos, con los clamores desesperados de los náufragos. Chávez desbordando los límites demasiados estrechos concedidos por nuestro organismo a su desarrollo, corría siempre inquieto en busca de nuevas emociones, sin examinar su naturaleza ni su origen, con tal que sacudieran profundamente el sentimiento.

La mar no repite los cambios de la luz tan fielmente como su conciencia los cambios de las ideas; no retrata las nubes del cielo como su alma los pensamientos del siglo. En este sentido, siendo Chávez, como es, un Idealista, nunca olvidado de su personalidad, arrastrando la cadena de sus dolores individuales por la tierra, queda y quedará siempre como uno de los más fieles luchadores de este "Siglo Incierto", que, desde sus comienzos, ha vacilado entre la razón y la Fe, entre el Derecho y la Traición, entre la Libertad y el Cesarismo. La reacción y la acción jamás lucharon con tanta fuerza, ni jamás consiguieron un equilibrio mayor, proveniente de su mutua paralización. En él se unen la somnolencia idealista, el realismo más crudo. Es la personificación de su caustico tiempo. Es el instrumento que todos los vientos hieren, y que todos los vientos suena, ya al aura celeste matinal, llena de aromas y de cánticos, o ya el mugido del huracán ardiente, cargado de polvo y de cenizas.

Dos clases sociales se miran desde el principio de los tiempos allí cara a cara, se acercan cual si quisieran abrazarse, y casi nunca se comprenden. Es el uno el mundo de lo infinito, de la religión, del despotismo, de la casta, de la esclavitud, de la explotación, de la fatalidad. Es el otro el mundo de lo Infinito, de la Democracia, de la Libertad, de la Igualdad, del Socialismo. En todas esas ideas hay dos coros, uno que se sumerge en las sombras, que canta en las tempestades, que es el sollozo de los seres limitados revolcándose en el mal, y otro que se alza a la luz, que repite las armonías de las estrellas, y que tiene la vista fija como las Concepciones de Murillo, en la contemplación del Supremo Bien. Tenemos un culto por todos los calvarios donde hemos sufrido. Y al fin de la vida amamos hasta nuestra corona de espinas y las llagas que las ideas han abierto en nuestras sienes, como las llagas que el sentimiento ha abierto en nuestro corazón.

La niñez en Chávez, como la semilla, se pega a la tierra, donde van a brotar las poderosas ramas de la vida; se confunde con el mundo exterior, se penetra del espíritu de la familia; es continuación de los nueve meses de gestación, de los dos años de la lactancia; y como la leche materna es su alimento, como la sangre maternal es su jugo, la educación maternal es su horizonte, es su cielo, es la sangre y el alimento de su alma. Ya en la segunda edad, estas armonías cesan, esta sujeción se rompe; la vida sale, casi siempre desbordada, del hogar paterno, espaciándose fuera de su cauce como un torrente henchido por el deshielo en la tibia primavera. La juventud es una grande enfermedad. Sobra el tiempo y se desperdicia. Cuando crecemos, cuando adelantamos en la vida, viene la serpiente a echarnos del Paraíso.

El Comandante Chávez, tenía una memoria privilegiada para recordar esos días supremos entre la inocencia y la pasión, este hervor primero de la sangre, esta primera voluptuosidad de la vida que ha de tener al cabo un dejo tan amargo, si no viene a endulzarla con su miel la virtud. Y la pasión se manifiesta, como una savia purísima, en pensamientos vagos, en aspiraciones ideales, en una especie de religión poética, que tiene sus dolores como todas las grandezas del alma, que abrasa, como el fuego, toda la vida, pero que, como el fuego, la pacífica y esparce su calor benéfico por lo infinito. Y él mismo ha dicho una vez que los hombres de su tiempo jamás podrían sobreponerse a la sensación de una vida dual, segmentada en un Antes y un Después… En aquel balance autobiográfico, estos dos hemisferios vitales aparecen presididos por leyes dispares, pero conjugados en armónica unidad para formar el destino del hombre y sus ideales.

Nuestro Líder Eterno: Como todo buen llanero tenía un infinito amor por el trabajo, de la elaboración lenta de una obra, de las continuas contemplaciones de esos tipos que vagan en la mente, quita en verdad todo gusto por las bajas voluptuosidades de la materia. Por eso, por este sentido profundamente humano de sus ideas, puede concentrarse en ellas, con expectación muy viva, olvidándose a sí propio y a sus posibilidades para entregarse al servicio de su amado pueblo. Su mundo se divide siempre en dos hemisferios: el uno de orgullo y el otro de humildad. Jamás la idea de Patria se predicó más soberbia, más genial, más arrebatadora, más fascinante, más extática que la idea de Venezuela. No hay ningún goce físico que se parezca al goce espiritual de las grandes creaciones sociales o de los grandes pensamientos científicos. Las artes dieron a Miguel Ángel; las matemáticas a Newton; la filosofía a Kant: una castidad tan pura que llegó a ser como una mística, sí, como una cenobítica virginidad. Sus amores fueron lo Ideal, sus amadas las Ideas, sus hijos la Estatua de la noche, la crítica de la Razón, el cálculo de lo Infinito.

Cuántas gentes hemos visto que, después de haber contemplado por largo espacio de tiempo la legión de titanes, de profetas, la pasión de justicia que han tocado a los límites últimos concedidos a la expresión de las ideas, que han subido hasta las más altas cimas, no han sacado de esta contemplación otra cosa que un gran dolor. Y entre las sombrías paredes de este infierno, en medio de estas tinieblas de desesperación, resuena inesperado el cántico jubiloso del Destino, y en el purgatorio de estos hombres se enciende una llama de gratitud a su creador.

—Encontramos en el Comandante Chávez y en su Obra política demasiada preocupación humana y un sentido trágico y cósmico demasiado terrenal, una humanidad—amor del hombre y profunda simpatía con su destino, gozo de sus goces y tortura de sus sufrimientos—demasiado honda y entrañada, una entrega demasiado integra y compadeciente por su amado pueblo, sufriendo y amando; son todos pasión, amor encarnado. Y el corazón manda a sus hijos más riego de sangre tumultuosa que el cerebro ideas frías y expectantes.

—Y en ésta lucha con fuerzas tan poderosas, destrozaba alma y cuerpo, bebiendo a grandes tragos el licor de los sueños eternos, el licor de la muerte.

—Dejémosle ahora al entrar en la Historia. Ya le admiramos en sus grandes obras.

¡Gringos Go Home! ¡Pa’fuera tús sucias pezuñas asesinas de la Patria de Bolívar, de Martí, de Fidel y de Chávez!

¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante Chávez!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!



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Manuel Taibo


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