¿La razón del fusilamiento de Manuel Piar?

A la caída del sol, toda Angostura sabía, con excepción del acusado, que Manuel Carlos Piar, General en Jefe de los Ejércitos de la República y Libertador de Guayana, sería ejecutado al siguiente día, a las cinco en punto de la mañana. Arrellanadas en la plaza una multitud de mujeres con negros pañolones, colmeneaban rosarios y trisagio como se hacía con Jesús en la Columna la noche del Jueves Santo. A la hora de escuchar tantos rezos y letanías, el general Anzoátegui estalló en gritos y sollozos: "¡Perdóneme, mi General…! Perdón, perdón" –decía desconsolado.

No había que pensar en perdón ni en indulgencias. Mañana, 16 de octubre de 1817, Manuel Carlos Piar subiría al Gólgota a orillas del Orinoco. Fernando Galindo le dijo a Bolívar y Soublette con voz enardecida, que jamás pudo imaginarse que a Piar se le hiciese víctima de una canallada semejante. Bolívar para sorpresa, no montó en cólera. Es que tú no comprendes, Fernando —le repuso sorpresivamente. Tú no sabes de la misa ni la mitad.

No deja de llamar la atención que hombres tan honestos e idóneos como los que integran el Consejo de Guerra lleguen a tal veredicto, por grande que haya sido la presión y manejos del Libertador para eliminarlo. Fernando Galindo, su abogado defensor, que tan indignado se muestra contra el Libertador hasta el punto de echárselo en cara abruptamente luego de la ejecución, antes que desertar, como hicieron innumerables soldados y oficiales al creer a Bolívar un peligroso déspota, sigue a su lado hasta que muere en El Rincón de los Toros un año más tarde. Galindo, a pesar de lo que dice el representante de los estados unidos, es un hombre justo, valiente y cabal, que en modo alguno hubiese secundado a Bolívar de considerar injusto el ajusticiamiento de Piar. La ejecución de Piar no es una decisión de los siete jueces, sino de toda la oficialidad. ¿Qué ha podido determinar tal unanimidad de criterios si las pruebas que están a la vista son insuficientes? El Padre Pérez Hurtado (su confesor) piensa que Piar pudiera estar en connivencia con su tío Juan VI de Portugal, a la sazón en Brasil, para segregar a Guayana de Venezuela. Fernando Galindo, como puede leerse en la defensa, le da mucha importancia a los papeles hallados a Piar donde se prueba que desciende de los Príncipes de Portugal; como no deja de llamar la atención que al llegar a este punto la brillante prosa de que hace gala Galindo se vuelve oscura, y confusa hasta lo ininteligible. Como también extraña el extravío que sufren estos documentos. De haberse probado una confabulación entre Piar y los portugueses, aquel se habría convertido en reo de alta traición, siendo perfectamente comprensible su condena a muerte previa degradación, tal como lo quiere José Antonio Anzoátegui. De haber sido ésta la situación, y tomando en cuenta la potencia militar de Portugal hubiese sido de una gran peligrosidad, como lo señala el confesor de Piar, fusilar a "un príncipe de la sangre", haciendo público el parentesco y la razón del fusilamiento. De haber sido esto cierto, es muy posible que el Libertador hubiese llamado con suma cautela a toda la oficialidad para enterarla del asunto.

Carlos Soublette, quien hace de fiscal, le echa en cara a Piar su doblez de dárselas de pardo para soliviantar a las razas de color, "cuando nunca se reputó como tal". Hecho que también señala el Libertador al acusarlo de negar a María Gómez como su madre. El caso de Piar es tan grave que, el fiscal acusador, no sólo pide su ejecución, sino que sea ahorcado como un vulgar bandolero. Pero no es todo: exige, también, su degradación. En lo de ejecutarle, todos estamos de acuerdo; lo que aún discutimos es si lo hacemos con el escarnio que merece.

El toque de diana entró con los primeros rayos del sol. Redoblaron los tambores. Manuel Piar, precedido por un cura, salió de la cárcel en dirección al paredón de la Iglesia. En la acera de enfrente, en una casa de dos balcones, el Libertador, acompañado por su edecán Bernardo Herrera, contempla la escena que se desarrolla abajo. Por orden expresa suya, no se degrada a Piar y se le concede el honor de dirigir su propio fusilamiento. Cuando la voz metálica del reo grita a los fusileros: "¡Apunten!", no puede contenerse y abandona el balcón. Al escuchar la descarga, se cubre la cara con las manos y emite un sollozo: "¡Dios mío!", ¿qué he hecho? ¡He derramado mi propia sangre! ¿Cómo explicar esas lágrimas y esa frase, cuando había entre esos dos héroes un odio terebrante y mortal? Es cómo para sentarse a pensar un largo rato.

A pesar de tenérsele oficialmente como pardo, ya que era hijo de una mulata curazoleña y de un isleño, primo hermano del padre de Carlos Soublette, Piar tenía la tez sonrosada, los ojos verdes y el perfil romano; en tanto que su cabello, castaño, claro, fino, suave y ondulado, entreveraba mechones amarillo oro. Había muchas consejas sobre su origen. Según supo por boca ácida al despuntar la adolescencia, su verdadera madre era Belén Soledad Xerez de Aristeguieta y Blanco Herrera, hija menor del poderoso mantuano caraqueño Don Miguel de Aristeguieta, quien murió de vergüenza en 1872, al enterarse que Belén Soledad había engendrado un hijo ilegítimo. A Belén Soledad la sepultaron en vida en el Convento de las Monjas Concepciones y a él lo entregaron a la mulata María Gómez, comadrona de oficio y partera de su nacimiento, para que se lo llevara a Curazao y lo hiciera aparecer como hijo suyo y de un soldado sin fortuna a quien le pagaron mil pesos de oro fino, para que consumara la farsa y su unión con María Gómez.

Sí, sí, era hijo de príncipe. El seductor de Belén Soledad, su verdadero padre, había sido el príncipe José de Brasil, hijo de la reina María de Portugal y heredero del trono. Don José, a pesar de ser cabeza dinástica, había sido picado de centella, por obra de Pombal, el revolucionario ministro portugués. Desde su juventud, había abrazado las ideas antimonárquicas que fluían de las enciclopedias. El Príncipe, amigo de Miranda y Lafayette, estuvo de visita en Caracas, posiblemente para medir las pulsiones independentistas que desde hacía algunos años capitaneaban algunos mantuanos; entre otros: Juan Vicente Bolívar y Ponte.

A los doce años, luego que aquella boca maldita le develó el misterio, decidió viajar a Caracas so pretexto de conocer a la familia de su falso padre. La mujer de Carlos Soublette era también una Aristeguieta, hermana de Belén Soledad, su verdadera madre. La emotiva reacción que tuvo al verla le ratificó sus sospechas. Sin poder contener sus lágrimas, lo abrazó y besó con efusión de sangre, llamando a gritos a todos sus hijos para que viniesen a conocerlo, mandando recado, y reclamo a su madre, Doña Josefa Blanco y Herrera de Xerez de Aristeguieta. No se hizo esperar la anciana, y, al igual que su hija, derramó amargas lágrimas al abrazarlo. No eran las lágrimas de una tía lejana. Eran lágrimas de abuela, que lloraba en él a la hija desaparecida. Era una situación confusa, extraña, tensa; era una verdad que todos sabían, pero que sepultaban en un silencioso concierto de miradas esquivas y, también, encontradas.

¡Pero qué bello es!, —exclamó la abuela con aquel dejo tierno y mimoso de las viejas caraqueñas—. Y es un tarajallo para la edad que tiene. Y, olvidándose del silencio, —prosiguió diciendo cual si rezara—: Tú naciste en el 82, eras grande y rosado.

Existe una carta muy significativa de Don Miguel de Aristeguieta, dirigida a su primo Carlos Soublette, donde le dice, refiriéndose a Bolívar: "Lo único que yo no le perdonaré nunca es la forma en que sacrificó a Manuel Carlos; pues él sabe, como yo, que por las venas de éste corría sangre de nobles y sangre de su sangre". Observa Tavera Acosta (pág. 331), que esta carta existe en el archivo de la familia Soublette.

—Se llamaba Manuel Carlos Piar y era un General de verdad, verdad: Simón Bolívar.

Por siempre: Don Francisco Herrera Luque.

¡Bolívar y Chávez Viven, la Lucha sigue!

¡Patria Socialista o Muerte!

¡Venceremos!



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Manuel Taibo


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