Malas costumbres

A lo largo de este proceso, siempre han existido escenarios en que el pueblo no ha estado de acuerdo con algunas situaciones o decisiones emanadas por el Gobierno Bolivariano o la cúpula partidista. Son directrices dirigidas hacia la masa militante por parte del partido o políticas socio-económicas emitidas por el estamento gubernamental, ambas con repercusión en el colectivo. Y cuando hablo de pueblo, no me refiero a los “cuatro gatos” que escribimos en Aporrea u otro portal alternativo, me refiero a la aprobación o al descontento disciplinado popular amplio, porque la insatisfacción debe ser de igual manera adiestrada e instruida. Pero en ambos casos de complacencia o reprobación, el soberano se ha mantenido no inerme, sino asume de manera expectante y reflexiva que por ser una revolución inédita con características culturales, económicas, sociales, políticas y hasta geográficas es previsible que se den disímiles contextos y hay que adecuarse a ellos hasta conseguir un estable derrotero a seguir. El Camarada Hugo Chávez nos lo explicó así tanto en lo ideológico-teórico como en la praxis revolucionaria y de igual manera, lo mantiene el Compañero Presidente Nicolás Maduro.

Pero, llega un momento en el que nuestro proceso debe ser sometido a revisión o “mantenimiento” y ese periodo debe ser este, pero no para reparaciones menores que se hacen en víspera de una contienda electoral o procurando la participación para tal o cual acto de apoyo o desagravio o la aprobación e implementación de tal o cual ley o proyecto. No, para eso no. Todo lo anterior descrito es innecesario cuando se tiene un pueblo motivado, que dice presente de manera espontánea y sin vacilaciones al llamado revolucionario. Nada de reformas eventuales y provisorias, hay que darle más revoluciones a la revolución y que el carácter socialista original, no se esté apartando de ella lánguidamente, mimetizándose en caridades al colectivo sin sustento ideológico-político que no permiten una permanencia de la conciencia revolucionaria y sino una intermitencia acomodaticia.

Por eso camaradas, el pueblo que entendió la guerra económica, los intentos de golpes o magnicidio, la desestabilización social, anímica y psicológica a la que ha sido sometido por factores de la derecha y malnacidos funcionarios cobijados subrepticiamente en el proceso; a pesar de estos avatares quiere morar en tranquilidad. Pero también quiere ahora, sin señales confusas que ya es tiempo de que las circunstancias perturbadoras se deben atenuar y combatir, porque se están convirtiendo peligrosamente en una insana costumbre que hastía y potencia la desazón y eso no es bueno. Ya en nuestros ciudadanos y nuestras ciudadanas se percibe un desgaste anímico y de sus esperanzas y nuestros mandos revolucionarios burocráticos y políticos no necesitan encuestas favorables para “explicarles” al pueblo algo diferente a esa explicación. La macro y la microeconomía es indigerible semánticamente para el pueblo llano, pero si es comprensible su economía familiar y del entorno donde vive y que diariamente le cimbra su realidad. Es por eso mis apreciados camaradas, que las cosas que incomodan al pueblo, que ocupan su preocupado interés y que lo han retirado poco a poco, en términos y cifras absolutas, relativas, estadísticas y cualquier otra evaluación científica o empírica, son las que ve y siente sin tanta interpretación pero con mucha desazón, desde el albino despertar hasta la opacidad nocturnal, si puede dormir.

Mas que una explicación, se debe plantear seriamente porque los maestros, médicos, enfermeras, los cultores de las artes y todas aquellas personas que formadas con sacrificio en saberes y profesiones y que intervienes en abonar con su trabajo las necesidades fundamentales para la vida, son los que obtienen a cambio un estipendio que raya en la miseria, como si estudiar estas nobles profesiones se castigara o como si estudiar en si mismo no tiene valor y no hablo solo del plano económico. Aparte de eso, al llegar a su descanso jubilar, cuando la merma de sus condiciones físicas y mentales ha decaído empieza el calvario de su jubilación. Y en contraparte, vemos como los trabajadores que por infortunio, oportunidades o por no querer hacerlo no se han instruido dentro del sistema formal educativo, perciben un ingreso por su labor que supera con creces a los anteriores. De igual manera “servidores públicos” como los militares, policías, trabajadores del sistema judicial, tributario y aduanero, sus compensaciones socioeconómicas son incrementadas sustancialmente sin desmedro, con bonificaciones, acceso a vivienda, automóviles, seguros y lamentablemente han sido los sectores laborales públicos, donde los individuos son mas proclives en cometer ilícitos. Con este sencillo análisis, no quiero decir que hay que desmejorar a los que hoy día perciben un ingreso decente, sino camaradas de nuestro gobierno, de verdad verdad, deben de manera obligante y moral, reivindicar el estado socioeconómico de los trabajadores de la salud, educación, cultura y tantos otros que forman y cuidan a los niños y niñas y son partes fundamental en el desarrollo de las mujeres y hombres de la Venezuela que esperamos y la que queremos. Los primeros son los que nos educan y cuidan, están tiempo con nosotros y confiamos en ellos. Los segundos, los “servidores públicos” son los que nos “aplican la ley” y los vemos de manera eventual, incomoda y desconfiada.

No podemos acostumbrarnos a las colas, a la escasez, al soborno, al contrabando, a la insalubridad, a que después de haber estrechado el espacio socioeconómico entre ricos y pobres ahora se esté “estirando”. No podemos acostumbrarnos a buhoneros ricos que ocupan nuestros espacios y no pagan impuesto vendiendo artículos de primera necesidad a precios suntuosos. No podemos acostumbrarnos a la ineficiencia, a la leche escasa, la gasolina barata y el agua cara. No podemos acostumbrarnos a que el gobierno emite medidas y que a los responsables de aplicarlas y acatarlas no lo hagan. No podemos acostumbrarnos a que si nos dicen “Critíquennos, exíjannos pero no nos dejen solos…” y al hacerlo nos llamen contrarrevolucionarios, quintacolumnas o cualquier manido epíteto. No podemos acostumbrarnos a decir y oír que cifras escasas de participación, movilización y hasta “logros” de algún proceso electoral son positivas, cuando “ganamos” no solo estrechamente sino estresadamente. No podemos acostumbrarnos a estar pendiente permanentemente de lo que hace la derecha y hasta solidarizarnos con algunos de ellos al ser desfasados de sus liderazgos, cuando dentro de nuestro partido llevamos al ostracismo y hasta el paredón de la contrarrevolución, a camaradas como Héctor Navarro que se la jugaron de manera leal con Chávez, Maduro, el partido, el pueblo y el proceso y que por emitir algunas consideraciones necesarias, es juzgado en tribunales virtuales, donde los jueces, los fiscales, los testigos y el jurado son los mismos, pasando por encima de lo estatutos.

Estas costumbres son malas, crean una osteoporosis en el esqueleto, en la médula y en la fortaleza de nuestra revolución. Y si algún día la oposición se da cuenta que dentro de las reiteradas estupideces que practican, logran un espacio de consenso para consolidar un acuerdo, nos van ha dar un susto que va a doler, porque desafortunadamente ellos no se nutren para “fortalecerse” de sus logros porque no los tienen, sino de nuestros errores, desvaríos y desafueros. No esperemos llegar a eso, porque no podríamos acostumbrarnos a perder una revolución humanista por acostumbrarnos a no defenderla.


Sin Chávez no hay Revolución, porque Chávez es la Revolución. Y Chávez somos todos y todos somos de esta Revolución Chavista.









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Carlos Contreras


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