El peor vicio capitalista

La corrupción administrativa adquiere en el capitalismo dimensiones antes desconocidas. El régimen monárquico se decía de origen divino y así justificaba su derecho a disponer de los dineros públicos. El capitalismo echó por tierra los valores que enarbolaba la nobleza y los sustituyó por la ganancia material pura y simple. El dinero es el único dios de la burguesía.

El robo del erario público es algo que ocurre con harta frecuencia y desde el punto de vista práctico, el problema no es judicial ni policial porque las pruebas son de muy difícil obtención. El corrupto recibe el pago de sus fechorías en maletinazos o en cuentas cifradas en bancos extranjeros.

El problema, en consecuencia, sólo puede resolverse socialmente a través de la lucha de clases. La clase obrera vive exclusivamente de su trabajo y es la principal víctima de la corrupción. Por lo tanto, la más interesada en su liquidación.

Esto no quiere decir que no haya corrupción en la clase obrera, pero se trata de una minoría desclasada que alcanza posiciones que utiliza para negociar con el empresario. En las dependencias de la administración pública y las empresas del Estado, la asociación con los gerentes corruptos constituye el peor mecanismo para impedir el avance social y el desarrollo.

La clase dominante obtiene éxito cuando recluta mediante la corrupción a dirigentes sindicales que sostendrán sus intereses económicos, sociales y políticos. La corrupción es un componente de la dominación imperialista con la complicidad de la burguesía asociada.

Sin lugar a dudas, la corrupción administrativa es la escuela más efectiva de la delincuencia común porque el más bajo ratero se siente estimulado y justificado cuando sabe que un funcionario de pública importancia se apropia de dineros que no son suyos y pertenecen a todo el pueblo. El ladronzuelo común considera su delito de menor significación frente al que se vale de un cargo público para apropiarse de dineros que son de todo el pueblo.

La corrupción administrativa desacredita al gobierno revolucionario y su característica hipocresía adquiere la más alta magnitud porque finge ante la opinión pública una honestidad que no se tiene. Por lo demás, llegan a esos cargos aduciendo una facultad de administrar pulcramente, el pueblo es engañado miserablemente por quienes diciéndose revolucionarios son delincuentes de la peor especie.

La lucha contra la corrupción que ha emprendido el Presidente Maduro es la forma más concreta, inmediata y eficaz de lucha por la liberación nacional y el socialismo.

No es accidental que el socialismo sea el proyecto específico de la clase obrera y que la liberación nacional tiene que encabezarla la misma clase porque la burguesía ha sido cómplice de la explotación imperialista.        

robertohernandezw@gmail.com          



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Roberto Hernández Wohnsiedler

Abogado y Sociólogo. Fue diputado, vicepresidente de la Asamblea Nacional, Ministro del Poder Popular del Trabajo y Seguridad Social y militante del Partido Comunista de Venezuela (PCV). Es autor del libro La Clase Obrera y la Revolución Bolivariana.

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