No me joden los que quieren... sino creo que sí me están jodiendo

Una parte “culta” de mi quisiera pedir disculpa por este título un tanto soez. Pero otra gran parte de mi, la irreverente y contumaz que es mayoría, me dice que no. Así que apoyemos la mayoría.

Hemos visto en gran parte de los espacios mediáticos virtuales, digitales, impresos, hablados, escritos, visuales y hasta pensantes, sobre los escenarios desestabilizadores que como sombría posibilidad, puede oscurecer nuestro panorama nacional. Y no es una premonición extracorpórea ni nada esotérico. Es una pertinaz realidad que nos agobia todos los días, a pesar de que existe un denuedo del Gobierno Bolivariano y del camarada presidente Maduro de atacar esa situación que golpea no solo nuestra economía y nuestra seguridad, sino que está trastocando nuestra salud física y mental. La derecha capitalista abre todos los días frentes de ofensiva en cada escondrijo de nuestra patria, montando un ambiente de ingobernabilidad que es difundido a cada momento y en cada rincón nacional por la canalla mediática. No cesan, no claudican, es una pérfida insistencia mantenida y financiada por los de siempre, son los mismos. La psiquis del pueblo esta abrumada con todo esto, no es mentira. En víspera de lo que se denomina comercialmente y también anímicamente, la fechas mas felices del año, la clase trabajadora que esperaba con ansias sus utilidades o “aguinaldos” para adquirir y solventar sus necesidades y darse algún “lujito”, en vez de hacerlo con alegría, lo espera con resignación. Es para pagar deuda o para contraer otras. Los sueldos no son malos, malos son los desalmados precios y la delincuencia comercial. Esa delincuencia comercial que si es feliz en estas fechas, que espera con ansias y a todo dar, la “cauta clientela”. Infames son los usureros que como banca paralela, “prestan” dinero al 30% mensual. Bribones son los que acapararan, esconden y aumentan sin control los precios, para esquilmarle al pueblo, la “recompensa” monetaria de su esfuerzo anual. Infelices son los que en vez de custodiar nuestras fronteras, custodian las caravanas de camiones contrabandistas que se llevan nuestro patrimonio nacional y nuestras esperanzas.

Hace poco estuve en Caracas y me senté en un pequeño restaurante y me comí una arepa. UNA AREPA. Repito UNA AREPA y un juguito. Cien bolívares. Vuelvo a repetir: UNA AREPA Y UN JUGUITO, Cien bolívares. ¡Que pendejo! Mi hambre me jugo una mala pasada, porque no pregunté el precio de ese “manjar” antes de llevármelo a mis entrañas gástricas. No era un restaurante de ningún hotel lujoso, ni me quedé en un hotel lujoso, ni fui a Caracas a pasar una lujosa estancia. Era parte de mi tarea en la empresa en la cual aporto mi esfuerzo laboral. ¿Por qué no fui a la arepera socialista la cual siempre veo por televisión? Bueno, porque como provinciano, Caracas para nosotros es territorio minado, no sabía donde quedaba porque apenas sabía donde estaba yo y tenía solo un día para estar y retornaba en la mañana siguiente. Estas circunstancias no permitieron abastecer mi despensa estomacal ambulante. Regresé a mi tierra y me saque el clavo porque con cincuenta bolívares me comí dos arepitas, un juguito y además me dieron un cafecito tibio, “más güeno”. Dije, ya no me friegan más cuando salga de viaje de trabajo o “placer”. Para la próxima, me llevo mis arepitas y un concentrado de jugo para hacerlo con el agua fría de la jarra del hotel. Resuelto.

Pero al llegar a mi tierra también, me sumerjo en mi realidad provinciana. Nuestras pequeñas ciudades están emulando a la gran capital, siguiendo el ejemplo que Caracas dio y está dando. No cabe una moto y no solo en las calles o avenidas; en las aceras, en los parques, sobre las “rayas” blancas peatonales que son su parrilla de largada como en las carreras. Motorizados sin cascos, sin protección, hablando o “chateando” por su celular, haciendo “caballito” al arrancar cuando el semáforo se “pone” rojo (de la arrechera, porque no lo respetan), dando vuelta en “U” y en otras letras del alfabeto y lo mas “gracioso” es que muchos de ellos están uniformados de policías o cualquier “agente de seguridad y orden”. Ves como tu pueblo se “convierte” en ciudad. Prosperan los comercios. Tu no sabes de donde salen tanto ciudadanos asiáticos, árabes, primos colombianos, que en un abrir y cerrar de ojos se apoderan de nuestro centro, con altoparlantes, con su mercancía ocupando las aceras (mas las motos) “dando empleo”, pero insultando a sus “empleados” en todos los idiomas y costumbres, porque no se saben el español criollo o porque les da berraquera en vez de arrechera. En pocos días de haber llegado, ya tienen “papeles” de residencia, de comercio, de salud, de conducir y no se como hacen para escribir y leer (coño, como me ha costado a mi la renovación), tienen depósitos, fijan los precios, especulan, acaparan. Abren a las 7 a.m y cierran a las 9 p.m, de lunes a domingo al mediodía, por aquello de que sus insultados trabajadores que son hijos e hijas de estos pueblos, tienen que “descansar”. Para ellos no hay ley del trabajo, ni seguridad laboral y social. Y no soy xenófobo o chauvinista, es lo que vemos.

Aquí, no hay INDEPABIS. A la Guardia Nacional u otro cuerpo de seguridad da “miedo” llegarle, porque te ven como denunciado y no como denunciante, te manda a parar a la derecha de manera abrupta e intimidante, aunque no andes en carro. Si llegas a decir algo o reclamar tu mas elemental derecho acuden a la centenaria y manida frase “esta alzao zuidadano” o “está detenido por falta de respeto a la autoridad” y en el peor de los casos si denuncias que en tal o cual lugar te vendieron o están vendiendo un articulo con sobreprecio te dirán: “nadie lo obligó comprarlo” es decir, te dicen “guebon” abiertamente, cuando lo ideal sería que la justicia legal entromparan al especulador delincuente y no al usuario o consumidor casi desvalido.

¿Qué pasa? La tarea encomendada a usted Camarada Nicolás por el Comandante Chávez y el pueblo venezolano es harto difícil. Vemos que el esfuerzo que ha desplegado el Gobierno Bolivariano y usted como líder en la continuidad de este proceso presidente Nicolás Maduro ha sido encomiable. Han disminuido hasta desaparecer los secuestros, ha disminuido la sensación tangible de inseguridad y se “consiguen” los productos en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, en las urbes de mayor densidad de población y consumo de servicios. Eso está bien, pero estos problemas se trasladado hacia las pequeñas ciudades, a las que emergen, a las que se desarrollan, en donde se produce la comida que “ingiere” el resto del país y en donde se encuentra la producción. ¿A quien acudimos, que hacemos? Si, estamos claros de que hay un plan desestabilizador de la derecha ¿Hasta cuando vivimos en esa latencia? Somos gobierno y como gobierno del pueblo, somos mayoría, si nos joden es porque queremos. Pero, como pueblo que somos, también hemos sido cómplices, porque estamos peligrosamente acostumbrándonos con los brazos cruzados, indemnes viendo este siniestro espectáculo que muchas veces financiamos y es una costumbre que aletarga nuestro buen vivir. Y eso ya no es trabajo de gobierno, sino de nuestra conciencia individual y colectiva.

Hay suficientes leyes que regulan nuestro actuar, lo encausan, lo equilibran. Estas legislaciones nos permiten en gran manera, si las conocemos y respetamos, ser seres sociales y sociables. Lo que falta es la probidad de los que la detentan, de los que la acatan, de los que la aplican, tengan carnet, uniforme o un sillón burocrático, o estemos en una fila, o tras las vitrinas de un comercio, una empresa, en una aula, en el volante de un vehiculo, en un hospital o clínica, en los medios de comunicación, en los partidos en el gobierno o en la calle. En fin, en cualquier espacio de vida. Solo ese pequeño detalle falta, probidad y no creo que se necesario crear la Misión “Buen Ciudadano”, porque ese valor está en cada hogar. Intentemos buscarlos, no en la billetera, ni en la computadora, ni en lo inanimado. Ahí esta donde siempre.

Sin Chávez no hay Revolución, porqué Chávez es la Revolución. Y está Revolución es Chavista, porque todos somos Chávez.



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Carlos Contreras


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