¡Vivan los maestros!

En días pasados se publicó en la prensa nacional una buena información: el gobierno que lidera Nicolás Maduro había aumentado sustancialmente a los maestros. El Vicepresidente Jorge Arreaza habló de un 75%. Me alegró tal decisión y eso me hizo acordar de mi maestra de tercer grado Josefina Talavera, guariqueña de pura cepa. Eso sucedió en Ocumare de la Costa. Recordé aquellos bellos tiempos, y, por unos instantes fui feliz. Pero no es sobre mis primeros estudios a lo que me voy a referir, nada que ver. Deseo transmitir al lector lo que significar ser maestro y su importancia en la formación de nuestros niños, que más temprano que tarde serán los líderes de este país. Unos llegaran a la presidencia de la República, otros serán ministros, y unos cuantos se convertirán en líderes políticos. Pero la mayoría serán profesionales, en las diferentes carreras que se imparten en nuestras universidades, y con su puesta en práctica de sus conocimientos, tendremos un país, como el que soñaron nuestros libertadores.

El maestro se merece todo. El Estado debería tener políticas establecidas, en materia salarial para todos los maestros de este país, y no depender del gobierno de turno, donde en la mayoría de las veces hay que acudir a medidas indeseables como paros, huelgas, etcétera, para obligar al Ejecutivo a decretara un determinado aumento. El maestro venezolano es meritorio de cuanto el Estado le pueda dar para que se esos miles de hombre y mujeres sienta bien, sin tener que andar “matando tigre”, por aquí o por allá, para alcanzar un mediano bienestar.

Jiddhu Krishnamurti, uno de los pensadores más destacados del siglo XX, escribió un libro que todo maestro debería leer, pero también los gobernantes. El título del libro en referencia es: “A LOS PIES DEL MAESTRO”. Es un librito que se lee de un tirón, pero la enseñanza que contiene es extraordinaria. El describe en su texto cuatro requisitos que él considera vital para un educador: El amor, el discernimiento, ausencia de deseo y recta conducta. Voy a detenerme en el primero de esos requisitos: el amor. Krishnamurti, dice: “Hoy en día cualquiera es considerado suficientemente apto para ser docente; de aquí la poca consideración en la que es tenido. Es natural, por tanto, que los jóvenes más inteligentes no sientan atraídos hacia esa profesión. Por el contrario, la profesión de docente es, en verdad, la más sagrada y la más importante para la nación, puesto que forma el carácter de los jóvenes de ambos sexos que serán los futuros ciudadanos…”.

El autor de “A los pies del maestro” (1895-1986), es considerado uno de los instructores espirituales más influyentes del siglo XX. Y la cita que he plasmado en el párrafo anterior tiene tremenda vigencia, hoy día. Y de los cuatro requisitos que él consideró fundamental para ser docente es el AMOR. Él dice que el Amor vuelve al hombre capaz de conseguir todos los otros requisitos, y que todos los demás, “sin Amor, no serían jamás suficientes”. Y añade: “Viviendo esta atmósfera de amor durante las horas de escuela, el muchacho logrará ser, en su familia, mejor hijo, mejor hermano, y aportará un sentimiento de vida y vigor en lugar de depresión y cansancio, como generalmente ocurre ahora. Cuando a su vez se convierta en cabeza de familia, la colmará de aquel mismo amor en el que fue educado y así la felicidad irá esparciéndose y creciendo de generación en generación”.

He allí como pensaba este hombre sobre la influencia del educador sobre sus educandos. El maestro, y eso lo sabe todo el mundo, durante las horas de clase asume el rol de los padres, además del suyo propio, como maestro. El o ella, vigilan, observan, escrutan y permanecen con los ojos abiertos en torno al comportamiento del muchacho o la muchacha. Cualquiera desviación en un niño o una niña, es captado por el ojo del maestro. Y él tiene la potestad de llamar al “botón” a ese estudiante, y si no puede controlar la situación, llaman a los padres. Y entre ambos, en un clima amoroso, buscan la solución al problema.

Krishnamurti, pensaba que al educador había que prestarle, por parte del Estado, toda la atención en materia de salarios y otras recompensas, ya que mientras más bienestar hubiera en el seno de su vida familia, más podía dar de sí en el salón de clase. Voy a terminar este artículo con una cita que, para mí, no tiene desperdicio: “El educador tiene razón para sentirse confiado porque la Vida divina está con él y en sus escolares, los cuales se dirigen a él buscando inspiración y fuerza… Los muchachos, por su parte, deben tener plena confianza en su instructor, deben aprender a amarlo y a confiar en él…”


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Teófilo Santaella

Periodista, egresado de la UCV. Militar en situación de retiro. Ex prisionero de la Isla del Burro, en la década de los 60.

 teofilo_santaella@yahoo.com

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