Un pueblo maduro

Decía Stendhal que todo buen razonamiento ofende, de allí que aclaro de entrada que no pretendo yo ofender a nadie con este artículo de hoy lunes 15 de abril, al decir que el nuestro es un pueblo maduro que aprendió a fertilizar los surcos de la conciencia para evitar que los flujos de la peste opositora de la derecha trunquen la vida y el respirar de la patria. Hoy nos despertamos y levantamos en un día de victoria que refleja de manera intensa el esplendor de Dios, para anunciar la consolidación y perpetuidad de la historia revolucionaria en nuestro país, que se reafirma desde los latidos, desde los cantos y desde las fuerzas del alma que no desmayaron ni un instante en la defensa del proyecto político que nos dejó el líder y comandante supremo Hugo Chávez Frías.

De verdad, fue esta una campaña bañada por la fe, donde más que en cualquier otra cosa, pensamos lucidamente en el destino. Hicimos historia ayer con el triunfo de Nicolás Maduro y Venezuela es hoy la conciencia del mundo, que sostiene con el puño fuerte las banderas de la revolución para seguir por las sendas del socialismo, donde los movimientos de izquierda pueden encontrar su fuente de la praxis profunda. Con nuestro voto de ayer reivindicamos la revelación progresiva del ser, ese que no se deja malograr, ni mucho menos que lo derrumben. Hemos triunfado una vez más y en medio de este fervor hermoso recuerdo un verso de William Wordswort, que leí en una madrugada de silencio allá en Mérida: “qué bello es estar vivo en este amanecer…” y ser revolucionario en esta patria de Chávez, completaría yo.

Sin duda, la de ayer fue una jornada de apoteosis, de compromisos y de lealtad. En los meses que le quedaban de vida, el líder supremo pidió desde su corazón que votáramos por Nicolás Maduro. Lo hicimos Comandante, tu pueblo no te falló, tu voluntad se hizo votos y la patria, esa que tú construiste, esa que tú nos regalaste, está a salvo y en manos de la revolución, donde el sol de la razón y de la buena voluntad seguirá brillando intensamente sobre esta tierra fértil. Sin exagerar, con el triunfo de Nicolás Maduro evitamos un baño de sangre de dimensiones asombrosas y caer en las horas sombrías de la violencia opositora. No olvidemos nunca la esencia del pensamiento de la derecha, esa que apenas se siente fuerte, se vuelve irracional y asesina en el morbo, tal como ocurrió en abril de 2002, cuando la nefasta oposición y su candidato derrotado asestaron un cruento golpe de Estado.

Producto de su producto, ahora la oposición se desploma en su propia inconsistencia, con un cinismo absurdo que no les permite comprender su fatalidad y que son una fuerza negativa y destructora, donde su candidato y frustrado ser humano los condujo hacia la disolución de la destrucción. Ahora que el diablo y las estadísticas se los lleven al infierno de las derrotas. Ese es el mejor lugar para los escuálidos.

En cambio, los venezolanos y venezolanas de buen corazón aprendimos con Chávez a romper las cadenas de la ignorancia política y como pueblo que tiene patria, nos hemos ido formando en la ética humana, que no es otra cosa que saber diferenciar entre el bien y el mal. Escogimos la senda del bien, esa que nos dejaste trazada para que más nunca sintiéramos miedo. Hoy somos un pueblo maduro y esa fe infinita es la que me dio la fuerza y la seguridad para escribir estas palabras dos días antes de las elecciones. Con la verdad, ni ofendo ni temo.

Politólogo

eduardojm51@gmail.com


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Eduardo Marapacuto


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