Abril: la campaña de todo el pueblo

6 de la tarde, hora pico en la Estación Plaza Venezuela. Cuando pude entrar al vagón, apretujada entre decenas de personas, se inició una conversación de esas que se nos han hecho cotidianas por el exhibicionismo de quienes las propagan siempre a toda voz: “¿Qué te parece Maruja, tener que calarnos a un autobusero de Presidente sin que nadie lo haya elegido?”. “Es que este país cada día está peor amiga, menos mal el 14 se acaba esta pesadilla.” En medio de la biliosa conversación, una niña que no pasaba de cinco años comenzó a cantar espontáneamente: “Patia, patia, patia querida, tuyo es mi cielo, tuyo es mi sol…”. Una explosión de aplausos cerró las bocas de las avinagradas señoras hasta el final de su recorrido.

No se trata de una campaña electoral impulsada por el aparato comunicacional de los sectores que apoyan la Revolución. No sé si existe otro caso parecido en la historia, pero se podría decir que como extensión de la doctrina de “guerra de todo el pueblo”, es ésta una “campaña de todo el pueblo”; pues cada quien, desde sus formas particulares de expresión, se ha manifestado de manera espontánea, lúdica e ingeniosa. Vivimos una explosión de creatividad nunca antes vista que ha diversificado los espacios para la comunicación. Una revolución de nuestro pensamiento moral, cultural e intelectual que por primera vez se conecta con sus raíces populares. Todos somos Chávez, y es tan avasallante la necesidad de manifestarlo que lo decimos con pintas, tatuajes, canciones, escritos, poemas o con las palabras más sencillas. Aquel orgullo de ser chavistas hoy nos alienta con un frenesí nunca antes visto, muy mala noticia para quienes tienen décadas hostigándonos a donde vayamos con su mal humor, con su quejadera, sus rumores infundados y su pesimismo. Hoy nosotros, como esa niña en el metro, tenemos la dignidad de responder “¡yo soy Chávez!”.

Nicolás Maduro, como buen hijo de Chávez, manifiesta esa espontaneidad en cada una de sus apariciones públicas. No sólo mantiene los referentes simbólicos de la Revolución, inspirados el pensamiento bolivariano, socialista, nuestramericano y chavista; además ha enaltecido el orgullo étnico, dignificando a nuestros pueblos originarios y a nuestra raíz afroamericana como símbolos esenciales de nuestra identidad. Maduro no está solo, a donde va lo acompaña una multitud de gente llena de entusiasmo, que se pone su bigote, le regala cambures y lo llama “Nicolás”. Ya hay una identificación total de los venezolanos concientes, con este Comandante Obrero que se formó en las luchas del pueblo, bajo la tutela de Chávez, asumiendo las responsabilidades más exigentes de nuestra revolución y en el momento histórico que más valentía y firmeza han requerido. Pero además toca tumbadoras, es rockero, baila salsa y a sus 50 años sonríe como un niño.

En contraposición, la campaña promovida por el odio tiene dos caras; una oculta, pero que ejecutan con más fuerza, y es el sistemático y masivo acoso a toda la población, a través de sms, llamadas telefónicas o correos electrónicos, todos anónimos, que intentan vulnerarnos moralmente e incidir en nuestras decisiones políticas a través de la difamación. Una guerra sucia electoral sin precedentes en este país, que comenzó en la campaña para el 7O. La cara mediática de la campaña tuvo su debut en la apropiación de nuestra imagen para el Bicentenario y la utilización del nombre de nuestro Libertador para su comando de campaña. Ambas acciones representan el clímax de su “bolivarianismo”. Eso sí, los valores que conforman el pensamiento bolivariano no están presentes en el discurso de su candidato. A la solidaridad la sustituye el egoísmo; a la integración de nuestros pueblos, el separatismo; al orgullo, la vergüenza histórica antibolivariana de sus humoristas. El desprecio que sienten los dirigentes del antichavismo por la clase trabajadora, es en esta campaña vergüenza de clase convertida en consigna, triste legado que refuerza un padecimiento ancestral del que a nosotros nos liberó Chávez. Para colmo, Capriles incorpora abiertamente a su ya tambaleante discurso, la misoginia, atacando a una mujer a partir de sus más sórdidos prejuicios, que también son racistas y clasistas.

Llevados por la fuerza inspirada en un dolor trasmutado en alegría, cumpliremos la promesa que le hicimos a nuestro gran líder. Este florecimiento, esta creatividad simbólica popular que ha enriquecido la batalla de otro abril, no es una campaña electoral, es la Campaña Admirable de estos tiempos, la guerra simbólica de todo el pueblo, que seguirá manifestándose después del 14. La patria está pariendo y el pueblo la ayudará a parir “paque se ponga bonita”.

@CatheBaz / Profesora UBV-Comunicación Social


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Catherine García Bazó


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