Sigue la peregrinación, ahora al Cuartel de La Montaña. Largas filas –miles- para contemplar el monumento que guarda los restos del Comandante Supremo Hugo Chávez Frías. Hay un cartel que dice Horario de 9am a 3 pm.
Parece un gran chorro de agua que no cesa, la gente que lo sigue buscando, una cascada cuyo origen del corazón de la montaña, debe ser interminable o se va renovando como semillas con abono de agradecimiento, solidaridad, acompañamiento y recordatorio
Me impactó la hora de cierre, tres de la tarde. Esa hora que siempre ha sido para mí una especie de hueco que en el día, fracciona la vida en dos pedazos, y paraliza de momento. Ton.Ton.Ton…terrible hora que siempre quise llenar para despistar o alejarme esa sensación de la nada, de lo que no hay por instantes. Sé que la gente ha inventado hacer siestas, tomar café, hacer limpiezas y mil cosas a esa hora, y hoy, al verla como señal de cierre en este museo, me han recorrido diversos recuerdos. Recorrí los patios, las galerías, los jardines, hasta encontrar un espacio para tumbarme al piso y colocar mi oído en dirección sub-suelo. Escuché el trinar de aves y la corrida del viento. Tomé la decisión de abandonar mi cuerpo para seguir ese canto debajo de la tierra, que guardaba un misterio de vida, de pasado y presente, de futuro también por los reencuentros. “Reencontrar” que bello verbo. Palabras dueñas de tantas vidas, las de antes, las de ahora, las del porvenir. Palabras que marcan nuestra historia y son guardadas algunas porque asustan otras porque seducen o porque sublevan pueblos.
Encontré un camino de escalinatas de piedra, tallados con glifos, menudas flores y aves distintas, nerviosas, hermosas. Volaban con camino cierto y me dije, no me lo pierdo, voy con ellas. Fue así como encontré un sendero, primero con piso de piedra y luego de mosaicos blancos cuadrados y grandes con arabescos azules. Recordé de inmediato los del patio central de la casa de La Loma, en el sector Puerta de Caracas, La Pastora, donde mis familiares temperaban hace más de 50 años…yo tenía seis o siete cuando pasaba vacaciones allí con la fascinación de la infancia…tumbada en el piso con papel y lápices de colores dibujaba mientras miraba los arabescos azules de las baldosas, así me trasladaba a países lejanos donde bailaban levantando las manos bellas odaliscas, de cuentos que leía desde los cinco años y que en ese momento montaban escena en tan mágico espacio. La casa fue construida de pequeños adobes de barro rojo, la tierra era rojiza y nos manchaba la ropa. La puerta amplia y alta me hablaba de la previsión de guardar algún caballo o mula de carga, porque ese camino conducía a la montaña conocida como nuestro sultán: El Avila y se buscaban flores, palma para bendecir, frutas y se visitaba a los parientes que hicieron su casa arriba muy arriba, cerca del cielo. Las ventanas también eran grandes, igual que los espacios internos, el corredor, las habitaciones, el patio techado del fondo y el corral, con gallinas y la perra Canela, con una caída de peligroso desfiladero.” Allí no se acerquen, que la perra muerde!”.
El sendero era largo, con flores coloridas que bordeaban sus laterales marcando el camino y visualizando a lo lejos su dimensión, su aroma saludaba y brindaba escolta, ánimo de seguir adelante. De pronto, una hermosa puerta tallada semi-abierta con un cartel “Puede pasar sin anunciarse”…que bien, no es oficina ni casa de rico, no tiene portero ni guardián. Empuje la puerta y entré a un espacio diferente que no es posible definir si era casa, finca, parque. Tenía partes techadas otras al aire libre, nada sobraba, muchas plantas en porrones grandes, alguna mesa con sillas, gansos y gallinas picoteando, los perros jadeando, a lo lejos caballos amarrados a pilares, un humeante fogón con olor a café y a cierta distancia una hamaca ocupada. Una persona descansaba con el sombrero de cogollo tapando sus ojos de la luz, sobresalía un pié vestido de alpargata, camisa amarilla y ambiente de descanso. Nada me impedía avanzar hacia él, solo el respeto al descanso, si me acerco lo despierto y no es justo .Estaba frente a un hombre de pueblo cuyo inmenso trabajo de 24 horas, le impedía irse al llano a descansar en una hamaca entregado, sin el compromiso de la tarea elegida por sí mismo, pero que no impedía la añoranza. Es él, me dije paralizada y de inmediato reaccioné con una pregunta ¿Y en qué momento mi Comandante mandó a construir ésto? Se lo tenía bien guardado, siempre hablaba de una hamaca pero nunca imaginamos que la ocuparía tan pronto…bueno, tal vez él si lo sabía, tenía un instinto poderoso, sabía de la levedad del ser, planificaba a largo plazo y veía tan lejos que no comprendíamos su visión que rebasaba el tiempo.
Cuánta armonía y que justicia, arriba un féretro, abajo la vida. Arriba un gran homenaje, abajo la sencillez y humildad plena. Arriba el soldado con honores, abajo yo, de pronto y sin planearlo velando el descanso de nuestro bien amado; aún buscando encontrarlo para ver su sonrisa, me ha frenado el respeto ganado, su merecida quietud por un buen rato.
Dudo que duerma tanto como añoraba, levantará su vista de águila y resonará su voz de trueno cuando sea necesario. Tan cerca de la celebración de la resurrección de Cristo, por primera vez en mi vida entendí el desafío de los redentores: no se van definitivamente, resucitan a los tres días y se guardan para ver de lejos el sembradío de las semillas bien plantadas.
Con razón le temen tanto al Cristo resucitado, con razón le dieron predominio a la tortura de la cruz y al ritual de la muerte, tratando de ocultar la obra y el verdadero legado, más allá de la adoración! así mantuvieron a Bolívar por mucho tiempo, en las estatuas, en el dolor de su última proclama y en el regocijo del “ya no está”…200 años después volvió como huracán indetenible para ver su obra cristalizar en América Latina, su amada comarca. Entonces salieron a la luz todas sus proclamas, sus discursos, sus cartas de amor, su pensamiento de hombre insigne…y de nuevo su pueblo renovando el amor que despertaba su mirada de águila. Definitivamente vienen de una misma generación, ese verbo, esa pluma, esa voz, esa pasión, esa luz, esa irreverencia, esa firmeza, esa valentía, esos cojones, esa alegría, esos sueños, ese desafío., esa fe en la igualdad de los seres…
Vi mi reloj, ¡coño! las tres de la tarde, terrible hora que persigue mi humanidad y todavía no descifro porqué. Corro, pienso en el largo camino de las baldosas y en mi cuerpo tendido oculto en el jardín…de pronto, descubrí un atajo y me dije si sube este camino yo subo también. Jadeante llegue a la cima, de regreso siempre los caminos son más cortos, corrí a rescatar mi cuerpo y despeinada sacudí el polvo de mi ropa desbordante de felicidad.
Cosas del Comandante, lo sabía, su aparente partida no era como siempre es para los mortales comunes y yo tenía que descubrirlo para contarlo, pues no es posible guardar un secreto que dará tanto consuelo y alegría a mi pueblo, que llora –y lloramos- a caudales desde el cinco de marzo.
Voy contenta, lo contaré en el metro, en mi casa, lo escribiré al mundo, qué me importa, total, ya no pueden tocarlo, y es su gran estrategia, vivirá para siempre eternizado!
Vuelvo a ver el reloj sobre mi mesita, son las cinco de la mañana. Me despertó el canto del gallo y de las guacharacas y aún sigue conmigo tremenda revelación, no la voy a olvidar mi Comandante. Ordene pues.
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