Mi pana Héctor

Nos conocimos hacia 1971. Los dos estudiábamos Humanidades en el liceo Pedro Emilio Coll. Compartíamos la amistad con muchos compañeros por aquello de gustos afines, el orfeón del liceo, la poesía, los sueños, y la salsa. Más de una vez nos vimos con un tocadiscos de los de “Acude” en el estacionamiento del Pedro Emilio poniendo a Palmieri y a Federico. Ya el inolvidable Phidias había sembrado en nosotros el afán de compartir y defender lo que con el tiempo sería un movimiento salsero de sólidas proporciones y en lo que lo venezolano estaba presente.

Héctor se fue para la marina mercante y esta negra se iría a estudiar psicología.

Al tiempo nos encontramos. Ya Héctor había dejado la marina mercante y quien escribe había dejado la psicología por el periodismo. Héctor me tomó por sorpresa desde Radio Aeropuerto cuando me llamó a El Diario de Caracas. Además entraba a Venezolana de Televisión y se armaba, junto a Víctor Prada, de videos y reportajes para divulgar la salsa. Es decir. Seguíamos en la misma causa.

No olvidaré cuando le dio por hacer aquél festival en el Nuevo Circo de Caracas. Duró dos días y sirvió para que conociéramos a un sin fin de agrupaciones surgidas en los barrios, que jamás habían grabado un disco, que no contaban con divulgación y que por lo mismo era necesario visibilizar. Este evento habló mucho de la calidad humana y de la sensibilidad de Héctor.

Luego lo vi una y mil veces animar conciertos en el Poliedro desde su particular estilo sobrio, sin estridencias, con conocimiento en torno a quien iba a presentar. En eso mis tres varones (Henrique, Víctor y Héctor) eran especialistas. Y es que teníamos nuestras escaramuzas, pero éramos cuatro inseparables Henrique Bolívar Navas, Héctor Castillo, Víctor Prada Vallés y yo. Nos reuníamos y entonces las tertulias eran riquísimas porque la salsa tenía su mejor ingrediente: La amistad, amistad que no rompe ni romperá la muerte, ni romperá el dolor…

Me contó cuando se enamoró de Marayira. Parecía un muchachito Héctor. Sus hermosos ojos recobraban la vida después de tanto sufrimiento personal. Nada le parecía imposible con el amor a su lado. No olvidaré nunca cuando me la presentó. Marayira era un concierto para Héctor, un concierto en vivo, con Banda grande de 6 trombones. Por ella redobló alegremente todos sus esfuerzos de vida, comunicadores, y salseros.

Vi su inmensa satisfacción cuando su programa fue escogido para estar en la parrilla inicial de Tves. No lo escogí yo porque eso fue antes de mi llegada. (igual lo hubiera escogido). Me lo contó sin saber ni él ni yo lo que me esperaba. Luego le tocó consolarme…

Y ahora me toca buscar la hermosa foto donde estamos Henrique, Víctor, Héctor y yo adelantando aquella odisea del primer festival Salsa Caracas (con Aristóbulo de alcalde) en el que volvíamos a hacer visibles a los grupos caraqueños y sus creaciones.

Mi pana Héctor estaba enfermo. No comprendíamos cómo podía estarlo un ser que no fumaba, que no bebía, que hacía ejercicios, que amaba con locura, que animaba al mundo. Víctor y yo pedíamos el milagro, pero parece que a Dios le estaba haciendo falta otro locutor de buena estirpe.

Hace unas noches Marayira me contó que Héctor le volvió a hablar de mí.

“Dile que me llevo orgulloso su amistad”…

Hoy hay otra orfandad para los músicos populares. Irreparable.

Héctor se marcha cuando más falta hace su verdad, su honestidad, su talento, su dicción impecable, su seriedad de amor frente al micrófono y su vocación irreductible de amigo y compañero.

No es poca cosa ante tanta ausencia, Héctor, inolvidable amigo…

lilrodriguez@cantv.net

@lildelvalle

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Lil Rodríguez

Periodista. Defensora de los valores culturales venezolanos y latinoamericanos.

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