El maligno laberinto del “costo político”

En el modelo bipartididista o de dos partidos con iguales propósitos e intereses, donde gente manipulada y pendeja cree, vota y se anota, como si se tratara de beisbol o futbol durante toda su vida, es perfectamente comprensible considerar por el “bien” de la carrera de prometedor empedernido, el llamado costo político.

El costo político es pánico a perder la imagen de persona “popular”, querida e invocada por el votante; la tragedia de no ser visto por éste como el tipo “chévere”, reñido padrino de promociones, dador hasta del costo de una cesárea o de muletas frágiles, el “hombre” de la beca para la esperanza de la familia, del prestamito para el negocio “mío propio”, el del cargo: “Usted sabe…, para vivir tranquilo”, el de la casita “donde jugarán los hijos con la luna”…, “porque mire, yo les quiero dejar lo que no tuve, yo los quiero mirar, poco a poco crecer y alcanzar una nube”, yo se lo voy a agradecer siempre… ¡Gracias a Dios y a …! Menuda deuda moral, miserable compromiso de “la ayuda”, dádiva mata derechos, despojo de ciudadanía y poder.

Bien, ese es el juego entre esclavos y servidores (prometedores) del amo: Simulación de “alternativa democrática”, de “libertad de elección”, de “sistema político perfectible”. Todo ordenado y previsto en la Constitución y las Leyes, aprobadas y promulgadas por los servidores-prometedores para que el crédito de la vida útil (en sus términos) sólo sea la fuerza de trabajo y un infeliz feliz, entretenido y anulado por el mercado. Cosa grave es presenciar en un proceso revolucionario, particularmente en el “proceso” de la Revolución Bolivariana, la perpetuación del vicio, el atropello, la indolencia y el delito, por temor y “evaluación desprejuiciada y objetiva” del costo político; preferida asignatura del maestro Istúriz , de sus discípulos Darío y Cilia.

El costo político es la moral del mal querido, de no perder hoy sino después, persuadirse de la carencia agregando más agua al caldo, aceptación de lo que no se quiso pues “viéndolo bien”, pueden considerarse “algunas cosas”, es no hacer para que las situaciones deshagan, prédica revolucionaria contemplando lo establecido y rendida a las condiciones porque “no están dadas las condiciones”. Por eso la cooptación tiene por excusa: el costo político.

El costo político es el coco, el riesgo del proceso, el argumento para “marchar poco a poco”, el “no está preparado para…”, el “vamos con calma” (unas veces) y “vamos con todo” (a votar, otras). Entre copas y piernas, el costo político es otro: “Ay, Bella, pase lo que pase aquí hay petróleo que jode”…, “vente mamita, así,así,así… Ay,ay, siii, muérgano, me vas a pagar el carro… Camioneta si quieres, pero ven, ven,ven… ¡Qué gordo está eso! ¿Camioneta, paaaapi?. En la familia la situación con el costo político es, en apariencia, otra: “Ay, mijo… ¿De dónde Usted está sacando tanto real? ¡Me muevo, Vieja, me muevo! ¿Te mueeeves? Pero Yonaique también se mueve y… ¡Vieja, Yonaique siempre ha sido un güebón! Pero mijo…, ¿no es como mucho…? ¡Vive, Vieja, vive! ¡En esta vaina hay para todos…, me tocó, Vieja, me tocó! ¡Mira, tienes una reservación en Margarita! ¡Y no se me venga sin la docena de guayaberas rojas marca Regata!

Mientras la lógica del falso costo político o peligro de no medrar en el poder, imperen; la cotidianidad en todas sus manifestaciones y acciones resultantes, obrará a favor del fascismo, abierto o por gotas. Pueden entonces proceder a sus anchas los que no se han ido, derecha y burocracia en el gobierno…, las penas y privaciones del mal vivir.

Mal vivir de vivir muriendo, cuando gracias a la cooptación, tienen los revolucionarios de jefes políticos a copeyanos y adecos; por ello, y según testimonios de papá Izarra, quienes te siguen, Hugo, lloran… Con poca o ninguna felicidad posible.



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Antonio Rodríguez


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