Necesitamos de veras un tirano, y no hablo pendejadas

" ¡Dios   mío,   entre   que   gente   vivimos! "

                                      Simón  Bolívar

No hago sino hablar conmigo mismo, en soledad, y como se sabe: estar solo, es andar en mala compañía.

La cabeza me da vueltas como un elefante loco buscando tantas explicaciones, como por ejemplo, cómo es posible que en este país existan unos cinco millones de come-mierdas, que voten a María Corina Machado, a la Evelyn, al Julio Borges, al Mazuco, al William Dávila Barrios,….

Revuelvo los papeles de Bolívar porque yo sé que él dijo una vez al general Urdaneta: "- El único que ha tenido carácter en este país he sido yo, y por eso se ha conseguido lo poco que tenemos...".

Ese poco era la independencia y la conformación de uno de los Estados más grandes (territorialmente) del mundo.

         Sin carácter no hay gobierno.

         No sabemos cómo ocurrió el despelote último de la IV república.

El presidente Rafael Caldera se lanzó como loco a buscar la presidencia para competirle al gocho cochocho, y cuando se sentó en la Silla quedó petrificado y sin aliento.

No sabía qué hacer, temblando ante el horror que se había desencadenado con la crisis bancaria y otras mil catástrofes, alimentadas durante 40 años; el pobre viejo Caldera no tenía una espada para desenvainar, lo que tenía era una horrible chochez que lo aplastaba como una losa.

Al anciano iban los empresarios y le increpaban, le insultaba, se le desafiaba del modo más violento y descarado.

El anciano tembleco y con la mirada fría y muerta, balbuceaba dos o tres palabras y se echaba en la poltrona de su despacho, con la mente nublada y el corazón galopante

Tentaba a medias, el terreno de las conchas de mangos regadas por todas partes, anonadado, confundido, desolado.

         El anciano sabía que aquel monstruo de mil cabezas no se había formado, de repente.

Que fue una bestia alimentada por los pechos derrochadores y opulentos de un Estado tarado y alcahuete.

Que se envileció primero al pueblo para luego acostumbrarlo a vivir de migajas y de los restos de las palaciegas francachelas.

         Antes que el anciano Caldera se metiera en Miraflores, hacía poco, el pueblo nuestro, altamente esclavizado desde hace 500 años, se había echado encima otra vez al purulento canalla de CAP, para que le devolviera las vacas gordas de su primer mandato.

Carlos Andrés conocía mejor que nadie la naturaleza de una nación entregada toda al juego de las loterías y de las carreras de caballo, al negocio ilegal de las alcabalas, los peajes y aduanas, de la jaladera de caña, del manguareo, de las jodederitas de las huelgas con sus sindicaleros con fueros supra-constitucionales, de las trampas fabulosas y el manoseo frenético de los dineros del Estado.

         Así como Bolívar dijo durante la guerra de la independencia que en cada venezolano había un tirano, podemos asegurar hoy, serenamente, que en aquella época en cada uno de nosotros había un "vivo", un flojo, un ladrón, un follón.

         Pero apenas comenzaba a gobernar CAP (el Visir de las Mil Maravillas), el país comenzó a buscar por todas partes las fulanas Vacas Gordas: la ilusión de que muy pronto volverían los dólares baratos (que le permitiría otra vez  comprar la botella de whisky fina a cinco bolívares); en que cada cual podría estrenar carro nuevo cada año; la ganga de recibirlo todo del exterior sin hacer el menor esfuerzo por merecerlo; lograr hacer un crucero por el Caribe cada año, adquirir exquisitos manjares a precios de gallina flaca...

Todo este mundo que se aspiraba y por el cual había depositado un voto tan utilitarista, se vino al suelo cuando se escuchó hablar de aumento de la gasolina, de incrementos extraordinarios de los pasajes, de inalcanzables precios en los vehículos y en las casas.

Ya no se podría tener una casa en Miami y llevar a los niños a Disneylandia durante diciembre y las vacaciones de verano.

Cuando CAP montó su coronación en el Teresa Carreño, la clase media y baja, los ricos se rechupaban los labios, pensando que muy pronto ellos también serían invitados a tomar parte del derroche con que inauguraba su gestión.

Y vino claro, el GRAN CARAJAZO del 27 de febrero.

Fue cuando se inició el vertiginoso descalabro de CAP, y para justificar los muertos, salieron una cuerda de sicólogos, economistas y habladores de pendejadas, diciendo que nada había sido en vano, pues había llegado el momento de "reflexionar".

La manía de la "reflexión" fue cursilísima.

Muchos dirigentes aumentaron excesivamente de peso, mientras "reflexionaban". (Hubo uno que sufrió una congestión intestinal, de la cual no se ha repuesto todavía).

Y mentaban la tal palabrita con esa respiración asmática de cínicos altamente pervertidos. Y el pueblo no se tragó la píldora de la "reflexión" y hubo que inventar esa vaina de la beca alimentaria para que corriera el ron mientras se continuaba con los  saqueos de lo poco que había dejado doña Ibáñez.

         La excusa para "repelar la olla" fueron las malditas partidas secretas.

         Apenas acabábamos de salir de la augusta "carajada" - según Lusinchi -  de José Angel Ciliberto, quien manipuló a su antojo su partida secreta, (produciendo el gozo inefable de un escandalazo), cuando al llegar el otro, volvía a meter la mano hasta desfondar el saco.

         Claro, CAP quería echar por delante, el argumento de que los constantes rumores de golpes y las intrigas contra él le estaban dando una imagen deplorable de Venezuela.

¿Pero no era él  mismo acaso, quien más estaba alimentado aquella pavorosa situación?

¿Donde se ha visto un país donde hasta los prefectos disfrutan de partidas presupuestarias secretas?

Ahí se vio que CAP no venía a arreglar esta vaina sino aprovecharse de ella como muy bien lo habían hecho todos quienes le antecedieron.

Luego vino una mariquera de guerra contra la droga y el presidente se autonombró el Primer Capitán de una partida de fantasmas.

La cosa daba risa y el pueblo seguía con la mosca en la oreja porque no acababan por llegar las Vacas Gordas.

Multitudes de jalabolas querían tener una oportunidad de meter la mano en el Tesoro Público, y después coger en estampida para el extranjero. Nada es tan fácil como robar en este país, coño de la madre.

         Sin pendejada, que entonces, cada venezolano quería tener, con tanta o más razón que el presidente, su propia partida secreta.

         Era una mentira atroz, aquello que comenzó a declarar CAP, que el presidente de la república, de que todos los gobiernos anteriores, disponían de partidas secretas.

Sencillamente A.D. Y COPEI disponían a placer delirante de todos los dineros del Estado sin darle cuenta a nadie.

A medida que el país se hundía sin remedio posible, se desató la gran habladera de pendejadas de que estábamos en crisis.

La palabrita la mascullaba Uslar Pietri, Ramón j. Velásquez, Escovar Salom, y una miriada de esclarecidos cerebros que jamás se fugaron de esta apaleada patria.

Para estar en crisis es necesario tener una conciencia profunda de las desgracias que nos rodean. Es necesario estar dispuesto a sufrir y mostrar imperiosos esfuerzos para cambiar los males que arruinan al país.

Deberíamos mantener un estado de preocupación constante y evitar así la diatriba enfermiza, la idiotez paralizante, la pereza y la ambición por cargos públicos.

Es imprescindible haber disfrutado alguna vez de bienestar social, de serenidad y armonía política, económica, humana para uno poder concebir los desastres de una crisis.

Pero cuando uno ve que en hospitales, en escuelas, en dependencias universitarias y otras instituciones fundamentales del Estado, que por cualquier nimiedad, en horas de trabajo, se improvisan mesas para jugar dominó; se hacen reuniones de empleados para seleccionar prendas, zapatos o vestidos y ellos mismos montan sus tarantines comerciales en oficinas y pasillos (y no es por mantener la situación económica, sino por el vicio de la frivolidad, de la irresponsabilidad, de la disipación, del vacío inmenso que nos aplasta) entonces nos damos cuenta de que no es crisis de nada lo que padecemos sino un ambiente de feria, criminal, donde cada cual frotándose las manos, o bostezando, pregunta: "¿Para donde cogemos cuando esto se acabe, compadre?".

         Para hablar de crisis es necesario que nos duela Venezuela, es vital que nos tengamos que hundir en bibliotecas procurando conocer nuestro pasado y entender cuál es nuestro lugar en este horror tan especioso; es esencial que desarrollemos otra sensibilidad, y comencemos a callar e intentar hacer las cosas por nosotros mismos sin esperar nada de nadie.

         Un distinguido sabio me contó algo, que pinta de modo total la esclavitud que aún causa estragos entre nosotros. Iba él por el pueblo de Biscucuy cuando, a un lado de un riachuelo, observó como un grupo de personas se concentraban cerca de un río, y había un autobús que los transportaba de una a otra orilla. Mi amigo constató que la profundidad del río le daba más abajo de las rodillas. Preguntó a alguien del grupo por qué usaban aquel sistema tan engorroso, y le contestaron al unísono: "- Tenemos treinta años esperando que el gobierno nos haga un puente".

         Ningún gobierno de mundo puede arreglar todo cuanto aspiramos; ¿en dónde radica el mal del gobierno cuando nuestros hospitales están como están, y que las universidades sean tan derrochadoras, y los sindicatos promuevan el ocio, la maldad, el vicio de la desidia y de la irresponsabilidad?

         El mal está en la falta de carácter; pero un carácter que debe forjarse sobre la rectitud, sobre el amor a la patria, sobre un sentido del sacrificio que nos haga sacar sangre y lágrimas cada vez que veamos injusticias, algo que degrade a nuestra propia gente; la urgencia por hacer el bien y reparar nuestras calamidades.

         Y CAP, por supuesto, estaba inhabilitado para ejercer la autoridad, como en el fondo todos los partidos y sus dirigentes estaban envilecidos para poder llevar a la práctica el ejercicio de hacer algo loable por la patria.

Lo horriblemente triste en aquella época, era ver a un hombre con las estrellas doradas del mando, con las bandas alucinantes del poder cruzándole los pechos, y carecer del carácter para poder gobernar, para hacerse oír, dirigir y hacerse respetar.

         No puede ser que en Venezuela sean sólo unos pocos los que lleven sobre sus hombros la tarea de ser honrados, de ser trabajadores, de ser útiles.

         Y en aquel entonces, el noventa por ciento de la Nación estaba echada en un sillón, viendo la televisión, esperando un Golpe como quien esperaba el inicio de un campeonato mundial de fútbol.

No tenía una idea clara de lo que nos sobrevendría, y en los más hondo de sí pareciera no importarle si íbamos o no hacia el despeñadero; acostumbrados a que el estado fuese siempre quien resolviera todas nuestras vainas, se esperaba que el azar nos sacara del marasmo, del tedio de las discusiones estériles y sobre todo…

         Se debe saber hoy ya, que nada que no se haga conscientemente y por voluntad propia y con el esfuerzo sostenido, con disciplina y seriedad, podrá traernos los bienes perecederos y la estabilidad social que todos ansiamos. Sí señor...

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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