70 años del asesinato de Trotski

El mundo fue conmovido en agosto de 1939 con la noticia del asesinato, en México, de León Trotski, uno de los líderes de la revolución rusa en 1917, fundador del Ejército Rojo, que por sus rivalidades y acentuadas e insalvables diferencias con Stalin fue, primero, expulsado del partido comunista, después preso, y en 1929 desterrado.

Fue un peregrinar por varios países; ninguno quería darle asilo. La Unión Soviética los presionaba y los partidos comunistas lo perseguían en todas partes, mientras el líder ruso Liev Davidovich Trotski, su verdadero nombre, trataba de reunir en torno a la IV Internacional a sus partidarios de la revolución permanente en todo el mundo.

Un día en los fríos de Noruega, Trygve Lie, quien después fue Secretario General de la ONU, lo visitó en un recóndito paraje: México lo recibiría, le dijo. El presidente Lázaro Cárdenas escuchó las demandas del famoso muralista Diego Rivera.

Trotski tuvo dudas, se sentía perseguido por la checa, la temible policía secreta soviética. Apenas tenía idea de América Latina y del México de la revolución. El 9 de enero de 1937, Frida Kahlo, la mujer de Rivera, lo esperaba con unos amigos en una estación del tren y lo alojaron en la casa del pintor, especialmente acondicionada para protegerlo. La policía montó una especial vigilancia.

Trotski tuvo un activo trabajo político. Estudiaba y escribía, recibía a partidarios, respondió a sus amigos y simpatizantes. Apenas salía de la casa de Coyoacán. De poco valieron los servicios de protección. En mayo de 1940 un grupo de 20, entre quienes estaba otro famoso pintor, David Siqueiros, penetró en la casa, y a pesar de cuanto dispararon el exiliado ruso salió ileso.

El catalán. En plena Guerra Civil española, en la sierra de Guadarrama, le llegaron al catalán Ramón Mercader del Río, fiel militante comunista a quien los agentes soviéticos estaban observando hacía semanas, y lo reclutaron para misiones especiales. Lo llevaron a una aldea cerca de Moscú, fue conocido como Ramón Pavlovich y después el Soldado 13, sometido a rigurosos entrenamientos, incluida su formación para soportar aislamientos, torturas, presiones de todo tipo. Fue exitosa su preparación, tanto, que lo premiaron con una semana en Moscú, donde supo cuál era su verdadera misión en beneficio de la revolución y la Urss. En algún momento, el mariscal Koniev le comentó que Stalin había dicho que esta misión no admitía fracasos.

"El hombre que amaba los perros" es el título de una novela histórica y biográfica que escribió el cubano Leonardo Pardura, donde relata todas las incidencias de Trotski desde que fue desterrado, su actividad política, la persecución, hasta que llega a México. Es allí donde entra en juego el catalán Ramón Mercader con el nombre de Jacques Monard, supuestamente belga, quien logra penetrar la confianza del entorno del líder ruso y prepara minuciosamente el asesinato.

Lean esta página de Padura: "Intrascendente. Por unos segundos casi había olvidado su misión, aunque la conversación le había servido para desplazar definitivamente a Jacques y que su mente ahora sólo estuviera ocupada por Ramón. No obstante, unos punzantes deseos de leer aquellos papeles lo hicieron pensar en la posibilidad de llevárselos consigo en su intento de fuga: sería como alcanzar el último grado de la perfección al apropiarse del cuerpo y también del alma de su víctima".

"Ramón Mercader recuperó el control cuando, desde su posición, volvió a ver la cabeza, la piel blanca entre el cabello escaso que, pensó fugazmente, siempre parecía necesitar un corte en la nuca. Casi sin percatarse, su mente empezó a funcionar de manera automática, con razonamientos simples, encaminados a un único propósito: por más que se esforzara, durante varios años no recordaría haber pensado en otra cosa que en la mecánica destinada a ubicarlo detrás del hombre sentado, a su merced. Ni siquiera recordaría si los latidos en las sienes y la asfixia lo atenazaban en ese instante. Días más tarde comenzaría a recuperar detalles y hasta creyó haber acariciado, en algún momento, el sueño de lograr escapar y ponerse a salvo. Quizás pensó también en África y su incapacidad de amar. Tal vez en el modo estrepitoso en que, en cuestión de segundos, iba a entrar en la historia. Si no era un juego de su memoria, por su mente pasó la imagen de una playa por donde corrían dos perros y un niño. En cambio, siempre recordaría con asombrosa nitidez la sensación de libertad que comenzó a recorrerlo cuando vio que el renegado se disponía a leer los folios mecanografiados. Percibió cómo una especie de ingravidez invadía su cuerpo y su cerebro. No, ya no le latían las sienes, ya no sudaba. Entonces trató de recuperar el odio que debía provocarle aquella cabeza y enumeró las razones por las cuales él estaba allí, a unos centímetros de ella: aquélla era la cabeza del mayor enemigo de la revolución, del peligro más cínico que amenazaba a la clase obrera, la cabeza de un traidor, un renegado, un terrorista, un restaurador, un fascista. Aquella cabeza albergaba la mente de un hombre que había violado todos los principios de la ética revolucionaria y merecía morir con un clavo en la frente, como la res en el matadero. El condenado leía y, otra vez, tachaba, tachaba, tachaba con gestos bruscos y molestos. ¿Cómo se atrevía? Ramón Mercader extrajo el piolet. Lo percibió caliente y preciso en su mano. Sin dejar de mirar la cabeza de su víctima, colocó la gabardina sobre el estante bajo, a sus espaldas, junto al globo terráqueo, que se tambaleó y estuvo a punto de caer. Ramón notó que sus manos se bañaban otra vez de sudor, su frente ardía, pero se convenció de que para terminar con aquella tortura sólo necesitaba levantar la pica mecánica. Observó el punto exacto donde golpearía. Un golpe y todo habría terminado. Volvería a ser libre: esencialmente libre. Aunque los guardaespaldas lo mataran, pensó, la liberación sería total. ¿Por qué no golpeaba ya? ¿Tenía miedo? se preguntó. ¿Esperaba que ocurriera algo que le impidiera hacerlo? ¿Que entrara un guardia, que acudiera Natalia Sedova, que el viejo se volviera? Pero nadie acudió, el globo terráqueo no se cayó, el piolet no resbaló en su mano sudorosa y el viejo no se volteó en ese momento, pero dijo en francés algo definitivo:

- Esto es basura, Jacson- y cruzó con su lápiz la cuartilla, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha.

"En ese instante Ramón Mercader sintió que su víctima le había dado la orden. Levantó el brazo derecho, lo llevó hasta más atrás de su cabeza, apretó con fuerza el mango recortado y cerró los ojos. No pudo ver, en el último momento, que el condenado, con las cuartillas tachadas en la mano, volvía la cabeza y tenía el tiempo justo de descubrir a Jacques Monard mientras éste bajaba con todas sus fuerzas un piolet que buscaba el centro de su cráneo.

El grito de espanto y dolor removió los cimientos de la fortaleza inútil de la avenida Viena".

Más de 300 mil personas se dice que asistieron al entierro. Trotski murió el 21 de agosto de 1939 en el Hospital de la Cruz Verde; Monard fue preso, enjuiciado, y encerrado en Lecumberry; de nada valieron torturas, aislamiento, amenazas, halagos, nadie le sacó una palabra más de lo que contó en una carta explicando por qué lo había matado, que no hubo interferencia externa y que era Jacques Monard. Su abogado fue Octavio Medellín Ostos. Fue condenado a 20 años, lo máximo que establecía la justicia mexicana. Cuando salió en libertad viajó al puerto de Riga, y tiempo después a La Habana, donde murió, y supuestamente entregaría papeles que contaban secretos de su vida.


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Eleazar Díaz Rangel

Periodista egresado de la UCV. Ganador del Premio Nacional de Periodismo y menciones en diversas especialidades. Es Director del diario Últimas Noticias desde el año 2001. Profesor titular jubilado de la universidad central de Venezuela, cuya escuela de comunicación social dirigió (1983-86). Presidente de VTV 1994-1996. Presidente de la asociación venezolana de periodistas.

 edrangel@grupo-un.com

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