La cuestión de los países independientes está cada vez más a la orden del día. Por una parte, porque el ascenso revolucionario ha permitido conquistar su independencia política a un gran número de países. Y, también, porque la contraofensiva imperialista plantea en forma acuciante la necesidad de defender a esos países contra la agresión, manteniendo en alto, a la vez, las banderas de la clase obrera y el socialismo.
Ha sido un acierto de las Tesis del Segundo Congreso de la LIT-CI, haber definido a Nicaragua, Libia, Angola y otros como países independientes.
Estamos retomando una vieja clasificación o definición de la época leninista, que había sido perdida durante décadas por el movimiento marxista y trotskista.
Trotsky, Lenin y la gran mayoría de los dirigentes de la Tercera Internacional veían la lucha antiimperialista de los pueblos coloniales como el proceso de su transformación en países capitalistas avanzados. Es decir, en esos países todavía no estaba planteada la revolución socialista. Nuestros maestros consideraban a los movimientos que luchaban por mantener o conquistar la independencia política de los países coloniales como aliados del proletariado mundial.
Distinta era la cosa cuando esos movimientos tomaban el poder, es decir, cuando pasaban a gobernar la nación y dirigían la policía y el ejército contra los trabajadores, aunque se mantuvieran independientes del imperialismo. Es muy ingenioso desde el punto de vista teórico lo que hacen algunos autores: cuando los revolucionarios independentistas llegan al poder, esos autores aplican al país la definición que antes le daban al movimiento y dicen que es una “nación aliada”.
El punto de vista de Trotsky era distinto. Trotsky, por ejemplo, se negó a concederle a la China independiente de Chiang-Kai-Shek un ferrocarril de propiedad rusa instalado en territorio chino. Su negativa tenía un carácter de clase: si pasaba a poder de China serviría para la explotación del proletaria-do chino; en cambio, si seguía en manos de la URSS no habría explotación capitalista de ese proletariado.
A pesar de ello, Trotsky estaba de acuerdo en tener una relación privilegiada con China para enfrentar al imperialismo y defender la independencia china. Pero era enemigo de tratarla como nación amiga en el problema del ferrocarril, sino más bien como nación adversaria o enemiga de clase.
En la revolución china de 1927, Trotsky precisó y agregó un nuevo elemento a la definición marxista de los procesos en los países coloniales. Señaló que la lucha contra el imperialismo en los países atrasados es inseparable de las tareas anticapitalistas. Es decir que, para consolidar la independencia política, es necesario avanzar hacia el socialismo.
El trotskismo tiene como una de sus marcas de nacimiento la defensa de esta definición de la lucha colonial como parte de la revolución socialista nacional e internacional. Pero, de tanto poner el acento en el carácter socialista de la revolución colonial, el movimiento trotskista había dejado de lado durante décadas otras definiciones sobre la lucha antiim-perialista, incluyendo la definición leninista de los países independientes.
Hay países independientes políticamente, lo demuestra el hecho de que el imperialismo los ataca. Si fueran dependientes obviamente EE.UU no lanzaría campañas de agresión como las que sufren Libia, Angola, Nicaragua, etcétera.
Y no es casual que nosotros hayamos redescubierto esta clasificación últimamente, porque es cuando ese fenómeno más se ha dado, y lógicamente, hemos vuelto a teorizar sobre estas cuestiones.
La clasificación de Lenín adquiere una gran importancia en el contexto de la nueva oleada revolucionaria en la que muchos países han conquistado su independencia política.
Pero otra cosa es decir que esos países son aliados permanentes de la revolución proletaria.
“Alianzas” limitadas
Plantear que los países independientes son “naciones aliadas” permanentes trae contradicciones insal-vables. Por ejemplo, Irak es un país independiente pero nosotros no podemos ser aliados de ese país en su ataque militar a Irán. Mientras lo dominante en la guerra del golfo era la agresión de Irak nosotros éramos aliados de Irán. Pero cuando el ejército iraquí fue expulsado y Khomeini continuó la guerra para apoderarse de territorio de Irak, entonces dejamos de ser aliados de Irán.
Esto muestra cómo podemos tener alianzas con determinados estados capitalistas, pero siempre por un tiempo limitado y con objetivos también limitados.
Además, las alianzas temporarias no se dan sólo con países independientes. Por ejemplo, nosotros fuimos aliados de la Argentina semicolonial, con su dictadura agente del imperialismo, contra Inglaterra y EE.UU. en la guerra de las Malvinas. También somos aliados del Perú, cuando Alan García se resiste a la agresión económica del imperialismo y reduce los pagos por la deuda externa.
Tampoco los estados obreros burocráticos son aliados permanentes y en todo sentido del movimiento obrero revolucionario mundial. Por ejemplo, cuando China ataca a Vietnam, nosotros no somos aliados de China. Cuando la URSS invade Checoslovaquia no somos aliados de la URSS.
Por otra parte, aunque nuestro enemigo central es el imperialismo, en la Segunda Guerra Mundial era justo hacer una alianza militar con los EE.UU. e Inglaterra contra Hitler.
A nivel internacional los únicos aliados permanentes del proletariado son las direcciones y los gobiernos obreros revolucionarios consecuentes como el de la URSS bajo Lenin y Trotsky. Con todas las demás direcciones y estados, el proletariado revolucionario puede hacer alianzas a nivel internacional, por un tiempo y con objetivos limitados, que le sirvan en su camino hacia la destrucción del imperialismo, el capitalismo mundial y la construcción socialismo.
Los países independientes son estados burgueses
El concepto de “nación aliada” intenta trasladar al plano internacional lo que sucede dentro de un país. Para luchar contra los capitalistas en una nación, la clase obrera hace alianza con el campesinado, la pequeña burguesía y demás sectores populares. Supuestamente correspondería entonces que a nivel internacional, el proletariado hiciera alianza con los países independientes.
Pero esto es olvidar que el estado nacional es el representante de la burguesía en los países capitalistas, sean independientes o no del imperialismo, y que tiene, como misión fundamental, mantener la explotación y el sometimiento de los trabajadores, principal-mente con el ejército y la policía.
Tomemos un país como Colombia. Allí podemos plantear la necesidad de la alianza de la clase obrera con los campesinos y otros sectores populares. Los campesinos no explotan a los obreros, ni dirigen el estado, ni el ejército, ni a la policía. Son nuestros aliados contra el estado burgués.
Tomemos ahora cualquier país in-dependiente y veamos si puede ser aliado de la clase obrera como lo es el campesinado. Kadafi es el representante de una burguesía que explota a los obreros libios y de otros países árabes que trabajan allí. Por ejemplo, en cuanto esa burguesía vio caer sus ganancias petroleras, Kadafi no vaciló en expulsar a más de cien mil trabajadores extranjeros de Libia, condenándolos a la miseria y la desocupación. Difícilmente podemos hablar aquí del estado libio capitalista como un aliado de la clase obrera.
Pero hay más. El estado libio de Kadafi es dueño del 15 por ciento de las acciones de la Fiat Italiana y tiene participación en muchas otras empresas europeas. Es decir, Kadafi es gran explotador del proletariado italiano y europeo.
Una dirección revolucionaria en un estado obrero libio tomaría las ganancias petroleras y las invertiría en el desarrollo de su país y para apoyar la lucha de los trabajadores por el socialismo. En vez de explotar a los obreros de la Fiat utilizaría ese dinero que hoy está invertido en el 15 por ciento de las acciones de la empresa en impulsar la lucha de los trabajadores italianos y de otros países. Y de ese modo los obreros de la Fiat serían los mejores defensores de Libia contra el imperialismo.
Lejos de ser un “aliado” de los trabajadores y la revolución, Kadafi representa los intereses de la burguesía y por eso prefiere utilizar los ingresos del estado para participar en la explotación de obreros árabes y europeos.
Kadafi dirige el Estado burgués libio a su ejército y a su policía, al servicio de la explotación de los trabajadores por la burguesía libia. Nosotros somos enemigos mortales del estado burgués de Kadafi y, por lo tanto, del gobierno de Kadafi. Y buscamos la alianza de los trabajadores y el pueblo libio contra Kadafi, su estado y su gobierno.
Caballos de Troya de la independencia
Nosotros defendemos a Libia independiente frente al imperialismo, defendemos el derecho de los libios a tener en el gobierno de Kadafi si ellos lo votan, aunque estamos convencidos de que debe haber un gobierno obrero y popular. Al mismo tiempo, denunciamos el hecho de que en Libia no hay libertad para el movimiento obrero y popular, afirmamos que la política de Kadafi es un crimen contra la revolución y que Kadafi no hace nada para ganar el apoyo del movimiento obrero europeo y de EE.UU. Pero, por sobre todas las cosas, decimos que Libia no va a poder seguir siendo independiente si allí no triunfa la revolución obrera. Hay que echar a Kadafi, que ha sido en sus orígenes pro-yanqui y después se vio obligado a girar contra el imperialismo. Kadafi es un caballo de Troya contra la independencia. Porque, mientras no se avance en la expropiación de la burguesía, mientras no se implante un estado obrero y la economía planificada, siempre estará rondando el peligro de que la crisis lleve a la burguesía independiente a someterse a la dependencia política del imperialismo.
En todas estas revoluciones que nosotros llamamos democráticas o de liberación nacional, se produce una combinación político-económica muy interesante. Hoy día, ya a los seis meses de que un país logre su independencia nacional, tiene planteadas inmediatamente tareas nacionales e internacionales de tipo socialista como la única manera de defender su independencia.
Por ejemplo, para defender la independencia de Nicaragua, el mejor camino sería, en el plano nacional, la expropiación de la burguesía que es toda aliada de la “contra” y, en el plano internacional, apoyar y lograr el triunfo de la revolución en El Salvador. Estas son medidas que van hacia el socialismo. Los sandinistas debilitan a Nicaragua frente al imperialismo al negarse a tomar estas medidas. Y justamente se niegan a tomarlas porque son caballos de Troya pequeño-burgueses que no han querido pasar los límites del capitalismo, hacer una revolución que avance hacia el socialismo, si no quiere ser derrotada.
Toda la política de la pequeña burguesía o de la burguesía nativa al frente de estos estados, siempre lleva a la pérdida de la independencia, a un callejón sin salida: para mantener la independencia hay que avanzar al socialismo, pero no quieren ir en esa dirección.
Históricamente, son direcciones contrarrevolucionarias, aunque lleguen a expropiar a la burguesía como lo hizo Castro en Cuba. Castro frenó toda extensión de la revolución en el plano internacional y mantuvo un dominio totalitario dentro de Cuba. Al hacerlo, Castro actúa como un burócrata que defiende los privilegios que obtiene del estado nacional cubano. La consecuencia es que, con el control burocrático de las masas y el freno de la revolución internacional, Cuba se debilita frente al imperialismo.
Una política de crítica y exigencia
De todo esto se desprende que, para defender consecuentemente a los países independientes, necesitamos desenmascarar a estas direcciones históricamente contrarrevolucionarias, ante las masas. Lejos de considerar a Nicaragua o Libia, incluyendo sus gobiernos, como “naciones aliadas”, tenemos que lograr que los trabajadores y los pueblos de los países independientes vean’ con claridad que sus gobiernos pequeño-burgueses o burgueses los llevarán tarde o temprano a una derrota.
Pero es obvio que nuestra táctica hacia los sandinistas o Kadafi no puede ser la misma que hacia los gobiernos agentes del imperialismo en las semi-colonias. Planteamos un enfrentamiento total con los agentes imperialistas. En cambio, mientras tengan el apoyo de las masas, a los gobiernos independientes los criticamos por inconsecuentes y les exigimos que tomen las medidas revolucionarias imprescindibles para hacer avanzar o defender la independencia del país. Planteamos un programa transicional, permanente, en la perspectiva de que el país sea cada vez más independiente.
Por ejemplo, en Nicaragua, tenemos que criticar al gobierno porque no expropia a toda la burguesía que, de hecho, apoya a la “contra”. Y tenemos que exigir a los sandinistas que lleven a cabo esa medida de expropiación, imprescindible para acabar con la agresión imperialista.
Ahora, Contadora ha mostrado su verdadero carácter, al exigirle a los sandinistas que reduzcan su armamento sin el correspondiente desarme de la “contra”. Tenemos que criticar a los sandinistas por haber llamado al pueblo a confiar en Contadora, cuando nosotros venimos denunciando el papel de ese instrumento imperialista desde que apareció en escena. Tenemos que criticar a los sandinistas porque aún hoy se niegan a romper con Contadora y exigirles que lo hagan ya.
Tenemos que criticarlos porque se negaron a apoyar al Farabundo Martí para que tomara el poder en El Salvador y exigirles que empiecen a apoyar la revolución centroamericana.
La defensa del movimiento obrero
Hay un aspecto fundamental para el que no planteamos una política de exigencias, sino de enfrentamiento. Llamamos al movimiento obrero a no aceptar ningún sacrificio mientras Nicaragua siga siendo un estado capitalista. Exigimos el pleno derecho de huelga y demás derechos de los trabajadores. Todas las luchas del movimiento obrero son sagradas por darse dentro de un estado capitalista, aunque sea un país independiente. Nuestra política frente a la crisis, es que la paguen los ricos. Nos oponemos a los sacrificios que los sandinistas, líderes de un estado burgués, le reclaman a los trabajadores.
En síntesis, no aceptamos la definición de “nación aliada” y la política de “alianza” permanente con los gobiernos burgueses independientes. Mantenemos, en cambio, la definición leninista de país independiente y la política de defensa de los países independientes frente al imperialismo, de crítica y exigencia a las direcciones pequeñoburguesas y burguesas en la perspectiva de ampliar y profundizar la independencia y de llamar a los trabajadores a oponerse a toda explotación y a decidir democráticamente su camino en la movilización permanente hasta la derrota total del imperialismo, es decir, hasta que se logre la revolución socialista.
El proletariado y una dirección revolucionaria pueden hacer a nivel internacional todas las alianzas temporarias y con objetivos limitados que les sirvan para avanzar en ese camino, dándole fundamental importancia a la defensa de los países independientes sin capitular ante ellos y sus gobiernos. Sin dejar tampoco de reconocer en nuestra táctica y teoría la diferencia cualitativa que hay entre un gobierno que resiste al imperialismo y uno que es su miserable agente.
*Artículo publicado en 1986