El Papa Francisco y su homilía de hoy en Cuba. Los asalariados hacen trueque entre dinero y servilidad

“Debe ser muy duro quebrantar la Ley, la lógica y la conciencia para complacer a Estados Unidos"[1].

En toda sociedad clasista, es decir, donde una de ellas controla, domina, somete, condiciona, manipula, usa y desusa a la otra, en esas sociedades falsamente conocidas como civilizadas, la obediencia irreflexiva siempre ha caracterizado al trabajador, tanto privado como público porque sencillamente en ninguna de ellas ese trabajador tiene libertad de expresión. La censura siempre acompaña a ese tipo de civilizaciones, y, por consiguiente, sólo queda en pie la complaciente plataforma política servilista del Estado burgués, según la cual: "Yo ordeno y tú obedeces"; “No estás aquí para pensar”, cosas así.

Ese servilismo ha sido el camino más expedito para ganar un puesto importante* en tales sociedades, al punto de que se ha venido vendiendo y confundiendo la importancia técnica con la importancia social entre las personas de toda la sociedad, en este caso, fuera de los cenáculos fabriles y comerciales donde sólo priva la jerarquía del más capaz técnicamente y que ha solido desbordar la frontera de esos centros de trabajo particular para seguir siendo importante fuera de tales centros.

Así, pues, el mensaje de Jesús (póstumamente llamado Jesucristo), en la versión del Papa que nos ocupa, indica pedagógicamente que para ser el más importante hay que convertirse en servidor de los demás.

Ese “demás” es relativo: puede ser en tu hogar con tu familia, en tu barrio, en tu comunidad, en tu parroquia, en tu municipio, en tu estado, en tu país, etc.  Quede claro que en los centros de trabajo donde se opera en equipo, allí, no se presta servicios personales, sino servilismo, valga decir, funciones o tareas puntuales que cada trabajador debe cumplir a cambio de un salario, un trueque entre dinero y fuerza de trabajo.

Digamos que los trabajadores “burgueses”, de fábricas y empresas privadas no prestan servicios: admiten que se les compre su fuerza de trabajo; en eso consiste su servilidad, llamada explotación por Marx.

Hecho el contrato correspondiente, de hecho o de Derecho[2], ningún trabajador tiene voluntad propia ni es dueño de sus actividades dentro de la fábrica. En manos-no en la cabeza-de trabajadores, de proletarios sacados del barro o del infierno que supone la pertenencia a la clase proletaria, está el apoyo mismo de la clase que lo usa para sus fines sin importarle la vida de esos “sirvientes”.

Eso explica esas aberraciones sociológicas ,las burocráticas y privadas,  de jueces, de militares de "alto rango", de intelectuales, de científicos connotados, de todos aquellos pertenecientes a la clase trabajadora, inclusiva de miembros de la llamada "derecha" no trabajadora, o de la clase dominante-los de menor de menor rango ya que en esas sociedades clasistas algunos son más poderosos y dominantes que otros- , aberraciones que buscan trocar sus servicios por servilidad porque sólo así sobreviven, pero, desde ese momento dejan de ser importantes ante la sociedad porque no le sirven a nadie ni en su casa, ni en su parroquia, ni en su municipio, ni en su estado ni en ninguna patria porque sencillamente de ella carecen.

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* En la sociedad burguesa, primero se consigue un cargo político para ser "importante", en lugar de ser esto último  para luego conseguir lo primero.



[2] Los contratos laborales se concretan con la prestación de algún trabajo, al margen de cualquier contrato escrito. Por eso no hemos entendido todavía cómo ha estado funcionando la figura de los “tercerizados”.



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Manuel C. Martínez


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