El 19 de abril de 1810 y la guerra cultural de los imperios

(ENSARTAOS.COM) El 19 de abril de 1810 es el acontecimiento revolucionario más importante del Nuevo Mundo: es el paso ya definitorio que va a romper, sin retorno posible, con una esclavitud de trescientos años; va a ser la gesta que creará una nueva conciencia universal que aún nos quema y nos llama. Uno de sus geniales parteros, Juan Germán Roscio, dirá: “Yo me desnudé de los errores que me enseñaron mis preceptores y los libros erróneos de la tiranía española. Así desnudo apelé al libro santo de la naturaleza”. Porque además Roscio descubre algo esencial para dar inicio a esta revolución y es que los usurpadores poseen un lenguaje “que en el diccionario de todo el mundo imparcial quiere decir todo lo contrario”; que en el vocabulario de la tiranía todas las voces están trabucadas, y todos los conceptos trastornados; que en definitiva había que luchar también contra “una gramática feudal por la cual se envisten hombres divinos y se genera temor servil, base y fundamento de sus tronos”; todo esto que perfectamente se puede inscribir dentro de la eterna Guerra Fría Cultural que desatan los imperios contra los pueblos.

Así desnudos entraron aquellos patriotas al mundo, en medio de tan desafiante determinación; carecíamos de un solo punto de apoyo para dar aquel paso con la seguridad de que no fallaríamos; por el contrario, cuanto nos rodeaba preludiaba un fracaso inminente. No podíamos contar con Estados Unidos que había perturbado todos los planes de Francisco de Miranda para golpear en las propias costas venezolanas al imperio; Inglaterra por sus cálculos mercantiles anunciaba que sus fuerzas se volcarían para salvar al mequetrefe de Fernando VII; a lo interior carecíamos en gran medida de sentido de patria, de cohesión social, de justicia, de leyes. Vivíamos en el supremo limbo de la desolación. Los españoles nos echaban en cara: “¿De qué podrían independizarse si todo nos lo deben?” Argüían por otro lado: “¿Pretenden ustedes independizarse de España o de Francia que ha ocupado la península? ¿De Fernando VII o de Manuel de Godoy (a quien Carlos IV había nombrando Presidente del Consejo de Estado, el amante de la reina María Luisa)?”

Como si fuesen vivencias de la Guerra Fría Cultural de hoy día en el que abrumados todos por la tiranía de las mentiras que trasmiten los medios de comunicación, Juan Germán Roscio refiere: “cuanto más esclavizado me hallaba, tanto más libre me consideraba; cuanto más ignorante tanto más ilustrado me creía; cuanto más preocupado más adicto a mis errores; tanto más ufano y contento más negado a la virtud con que debía salir de mi cautiverio, tanto más me vanagloriaba del fiel vasallo y buen servidor del déspota que nos oprimía. Con tal de que mi degradación fuese calificada de lealtad en el juicio de mis opresores y compañeros de mi servidumbre, yo no buscaba ni estimaba en nada la opinión de los ilustres.[1]

Sólo las contradicciones del capitalismo jugaban a nuestro favor: entraron en conflicto el devastador egoísmo de los poderosos mercantilistas europeos y del Nuevo Mundo; iniciaron sus personalistas guerras cargadas de miserias, mirándose entre sí con recelo, y tratando con desprecio a las clases más desposeídas. Cuando la Junta Central de España convoca las Cortes, para los quince millones de habitantes de nuestro continente sólo se le conceden una representación de veinticuatro diputados, porque “los ochos millones de indios y los cuatro millones de negros” no son personas, no cuentan.

La España bajo el poder de Manuel de Godoy y su prostituida vida junto a la reina María Luisa, resume en sí el estado de la Nación junto con sus reinos. Todo esto lo penetra Bolívar con agudo análisis crítico durante su estancia en Madrid, entre 1804 y 1806. La sociedad de este imperio pervertido, le provoca repulsa y tristeza: que nuestro pueblo, que nuestra gente, que nuestra tierra provenga de esa casta de desalmados, que llevemos algo de ellos en nuestra sangre; que tengamos que depender de una Corte tan degradada humanamente, poblada de escoria y de vileza. Si de él dependiera haría lo imposible porque no hubiese en su sangre un solo átomo de tamaña especie. Parte de esta carga de dolor la estampará en el Decreto de Guerra a Muerte en 1813.

Ya en 1808, cuando Napoleón invade España, en su cerebro no bulle otra cosa que cortar con esa tierra procreadora de infames colonizadores y plagada de seres tan crueles e insensibles. Pronto va a escribir: “Si alguna vez vimos grande a España fue porque lo hicimos de rodillas”. Sin esta visión profunda, neta y formal habría sido imposible emprender la colosal guerra, como se hizo, contra tamaño imperio y además derrotarlo en todos los frentes.

Quien conoce al enemigo tiene el poder para destruirlo.

La política en Europa no se movía entonces como ahora sino por el interés del capital. Cuando Napoleón invade a España, Inglaterra entra a galantear a la Corte que hace poco era la propia degeneración de todo lo impuesto por Manuel de Godoy. Por estas veleidades capitalistas, Francisco de Mirada recibe la mortal puñalada al enterarse que el parlamento de la Gran Bretaña ha proclamado que está decidido a asegurar la independencia y la integridad de la monarquía española.

En qué gran mar de soledad y desamparo, insistimos, se encuentran aquellos que asumen el 19 de abril de 1810 la dirección de la Suprema Junta de Caracas, quienes estaban contando para liberarnos de España, con el apoyo de Inglaterra (la pérfida Albión).

No obstante, la invasión de Napoleón a España fue un gran respiro a la espantosa esclavitud que a sangre y fuego los españoles venían manteniendo desde hacía trescientos años. Por aquella pequeña hendidura el pueblo pudo al fin ver una pequeña luz de libertad, jamás concebida ni imaginada. Francia había intentado una revolución contra todas las miserias políticas y humanas que en España se mantenían intactas; Francia detestaba la Inquisición y en su seno se habían formado genios de la categoría de Voltaire, Diderot, Rousseau, y en general todos los enciclopedistas. Esto tenía que producir una positiva impresión en hombres como Andrés Bello, Juan Germán Roscio, Vicente Salias, José Félix Ribas, Fernando del Toro, Francisco del Toro, José de las Llamosas y Martín Tovar Ponte, quienes dan los primeros pasos para la conformación de la Suprema Junta de Caracas. Aún cuando sabemos que ya Napoleón había pasado de ser, de un general revolucionario a un déspota imperial.

Los más recalcitrantes realistas de Venezuela se inclinaban por su adorado Fernando VII, y los revolucionarios mantenían una posición entre ambigua y vacilantes, todavía. Faltaba el hombre que encendiera la pradera, ese hombre a quien España odiará por los siglos de los siglos...

Salvador de Madariaga, el gran detractor de Simón Bolívar, dice: “Pero en el apego del pueblo de las Indias a Fernando VII [qué podía saber nuestro pueblo de este rey a quien ni en la propia España conocían sus súbditos] había algo más específicamente americano: la Corona de España había sostenido tradicionalmente los derechos del pueblo frente a los excesos de los encomenderos y en general de las clases altas criollas[2]”.

Como si ambas no fuesen la misma cosa.

Traemos a colación este texto de Salvador de Madariaga[3], porque ha sido el más empecinado en tergiversar los hechos de nuestra historia patria, por mandato del propio imperio norteamericano, quien a partir del proyecto panamericanista, iniciado a finales del siglo XIX, inició la primera Guerra Fría Cultural contra Latinoamérica. Esta guerra fría cultural penetró hondo en todos los cimientos de nuestra historia, deformándola gravemente. Comenzó la quema de cartas del Libertador, el retoque de su correspondencia, de sus ideas de unidad continental y en general de su visión y pensamiento alrededor de su anhelado Congreso de Panamá. Los textos de estudios, las valoraciones sobre nuestra gesta de independencia fueron convertidos en farsa copiada de otros hechos que nada tenían que ver con nuestra lucha: a Bolívar se le redujo a meros conocimientos memorísticos sin alma ni espíritu, petrificada su grandeza en mausoleos y aletargados discursos. Fue cuando brotaron oleadas de intelectuales, profesores y estudiantes presentando a Bolívar como un mero e inútil recuerdo del pasado. Toda la oligarquía neogranadina con el historiador Germán Arciniegas[4] a la cabeza proclamó que la gesta de Bolívar era un mito y que fue catastrófico su error de inclinarse más los proyectos de la Ingleterra que a la de los Estados Unidos. Principalmente Madariaga trató de manipular todo lo relativo a los hechos que condujeron al 19 de abril de 1810.

Fue por ello por lo que la CIA convirtió a Madariaga en Presidente del famoso Congreso por la Libertad de la Cultura[5]. Como Presidente de este Congreso, Madariaga le hizo excelentes trabajos al Departamento de Estado, entre ellos viajó además, por el interior de EE UU, financiado por la Foreign Policy Association de Nueva York y la League of Nations. Trabó en el Norte fuerte relación de amistad con el potentado Thomas Lamont, banquero, “era uno de esos norteamericanos cuyo rostro inteligente y abierto se me presenta siempre que oigo alguna crítica excesiva o malévola contra sus compatriotas, porque era hombre que habría honrado a cualquier país por el mero hecho de pertenecer a él. Pronto me había dado cuenta de sus dotes de corazón y de cerebro y nos hicimos buenos amigos. Su situación de primera en el Banco P J Morgan, le permitía consagrar sumas considerables a fines públicos, sobre todo de caridad y cultura[6]”. No olvidemos que la CIA fue creada para proteger a los banqueros yanquis en el mundo, y que en particular este personaje del P J Morgan fue de los primeros en ser enrolados.

En su libro sobre Bolívar, hasta la gloria de haber independizado este continente americano pretende arrebatársele Madariaga, cuando escribe: “habrá pues que considerar la emancipación de la América española como una de las obras históricas de más fuste que llevó a cabo Napoleón. Pero es una obra que jamás entró en sus planes”. Quisiera saber uno, si tal empresa hubiera sido posible, con esa carga tan dramática de lucha y de creación política, de dolor, de tragedia y de lírica pasión soberana, sin Bolívar. Pasarán mil años, y España no conocerá entre sus políticos, entre sus estadistas, un hombre como Bolívar, y por el contrario le sobrarán Godoys, Fernando VII, y doñas veleidosas como la reina María Luisa.

Para 1809, cuando España no encuentra qué hacer con sus esclavos, rendida y humillada como se encuentra ante su secular enemiga de Inglaterra, vejada por una Corte que se arrastra ante Napoleón (el padre Carlos IV y su hijo Fernando VII), en Bolívar bullen los trescientos años del ultraje de esa casta de asesinos. Sabía ya a principios de 1810, que España jamás admitiría retirarse de estas tierras sin tratar de ahogarla en sangre. No podía ser sino el indio y el negro que clamaban justicia cuando dijo: “Un continente, separado de la España por mares inmensos, más poblado y más rico que ella, sometido tres siglos a una dependencia degradante y tiránica […] Tres siglos gimió la América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido a la especie humana […] El español feroz, vomitando sobre las costas de Colombia, para convertir la porción más bella de la naturaleza en un vasto y odioso imperio de crueldad y rapiña [..] Señaló su entrada en el Nuevo Mundo con la muerte y la desolación: hizo desaparecer de la tierra su casta primitiva, y cuando su saña rabiosa no halló más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos que tenía en el suelo que había usurpado”.

Ciertamente estas palabras, estos sentimientos nunca hubiesen podido surgir de un español. De alguien que tuviese la más mínima consideración y respeto por el grueso tronco del que provenían sus antepasados. Como dicen algunos historiadores españoles, si Bolívar no hubiese tenido una fuerte presencia de sangre india en sus venas, estas palabras suyas hubiesen sido suficientes para declararle irremediablemente loco. Sin toda esta profunda visión de la miserable España y sus reinos condenados a la más cruenta esclavitud, hubiese sido imposible expulsar a las bestias colonizadores y buscar a costa de lo que fuese la libertad.

Por este mismo hecho las ideas y pensamientos del Libertador van a ser absolutamente genuinas, surgidas de su propia experiencia, de su inmenso dolor y angustia. Jamás se dejará engañar por los sucesos ni por lo que los sostengan los filósofos propios ni europeos. Por eso Bolívar llega a ser catalogado de anarquista, porque no quería ver sobre su tierra ninguna institución que no surgiera del poder y del ser profundo de su pueblo. Todo esto lentamente estaba surgiendo en él mientras el reino donde no se ponía el sol agonizaba en medio de la más tenebrosa oscuridad.

En cuando al 19 de abril, Madariaga en su afán por elevar los supuestos valores humanos de los colonizadores, sostiene: “Pero en el apego del pueblo de las Indias a Fernando VII había también algo más específicamente americano: la Corona de España había sostenido tradicionalmente los derechos del pueblo frente a los exceso de los encomenderos [terriblemente falso y cursi] y en general de las altas clases altas criollas […] Esta circunstancia vino a reforzar la lealtad de las clases humildes de las Indias para con lo que se imaginaban encarnaba Fernando VII”[7].

De modo que ese revestir con falsos nombres las cosas –como sostenía Bolívar- es el ardid que utilizan los imperios para dominarnos por la ignorancia. Es en definitiva, como sostiene Roscio, el lenguaje del feudalismo gramatical mediante el cual llaman tiranía a la “legítima autoridad”, a la esclavitud “obediencia”, a la adulación lealtad, a la virtud locura y a lo blanco negro. Toda una historia de mitos y falsedades, idéntica a la que vivimos desde entonces, y que sólo unos pocos genios han logrado realmente descubrir. Por eso toda lucha por la independencia, por la liberación de los pueblos, se reduce a estudiar, a leer, pensar, investigar incansablemente, servir, trabajar, las herramientas básicas de toda verdadera revolución.



[1] Tomado del libro “Juan Germán Roscio” de Adolfo Rodríguez, Ediciones de la Alcaldía del Municipio Juan Germán Roscio, San Juan de Los Morros, Estado Guárico, 2006, pág. 52.

[2] De su libro “Bolívar”, Ediciones Cultura, Santo Domingo, República Domincana, 1979, Vol. I, pág. 230.

[3] Don Salvador viajaba por el mundo con fondos de la Fundación Rockefeller o de la Fundación Kaplan, y por mandato de estos centros de la CIA se propuso “desmitificar a Bolívar”. La escritora Frances Stonor Saunders muestra cómo entre los planes de la CIA estaba ganarle la guerra también a Bolívar, en el plano intelectual. Para ello era necesario infiltrar ateneos, comprar periodistas, hacerse con revistas, periódicos, universidades, centro de investigación científica y humanística, y con una buena camada de vacas sagradas de las letras en el mundo hispano.

[4] Este personaje al igual que Salvador de Madariaga fue Presidente de Congreso por la Libertad de la Cultura, tapadera de la CIA, y paladín de la Guerra Fría cultural latinoamericana

[5] Véase Frances Stonor Saunders “La CIA y la guerra fría cultural”, edición en español de octubre de 2001.

[6] Ut supra, pág. 165.

[7] “Bolívar”, Ediciones Cultura, Santo Domingo, República Domincana, 1979, Vol. I, pág. 230-231.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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