Aruba, Curazao y las tropas gringas

Los margariteños estamos entrañablemente vinculados, por la geografía, la historia y la actividad económica, a las islas ABC (Aruba, Bonaire y Curazao) y yo en lo personal por un exilio que me tocó vivir en las Antillas Neerlandesas.

Mi agradecimiento no me impide aclarar que la posesión holandesa de tales islas constituye un hecho absurdo, tanto como el que coloca a las Malvinas bajo jurisdicción inglesa.

Por infinitas razones Aruba, Bonaire y Curazao deberían ser venezolanas, pero los piratas holandeses, que saqueaban el Caribe a su conveniencia, las convirtieron en bases permanentes para sus actos de rapiña.

Hoy los ciudadanos de estas islas se sienten cómodos con la ciudadanía europea que les depara algunos privilegios, pero lo cierto es que han sobrevivido durante los últimos siglos, y hasta épocas recientes, gracias a la generosidad de los venezolanos, que tomaron medidas especiales para evitar que murieran de mengua.

La codicia imperial de las petroleras obligó a los anteriores gobiernos criollos a tolerar refinerías instaladas en Aruba y Curazao para procesar nuestro producto, creando empleos e infraestructuras que, por lógica, debían estar en suelo patrio.

Fuimos generosos, tal vez forzados por las circunstancias, pero aún así generosos.

Aruba, Bonaire y Curazao fueron llamadas por los españoles “Las islas inútiles”, en razón de carecer de agua. Durante muchos años vivieron del contrabando hacia Venezuela, buena parte de él transportado hacia Margarita o a las costas falconianas.

Durante mucho tiempo el agua les llegó de nuestros ríos, embarcada en gabarras que creo aún la llevan a Curazao.

Luego les instalaron las refinerías y más adelante se inició la corriente turística de nuestros ciudadanos hacia esas latitudes.

A estas alturas no está demás recordar algunas circunstancias especiales. Al iniciarse la década de los 80 la compañía anglo-holandesa Shell Petroleum, cerró de un solo plumazo su refinería en San Nicolás, Aruba, dejando a buena parte de la población sin empleo; poco después ocurrió la devaluación del bolívar (1983), lo que redujo sustancialmente el turismo venezolano, perdiendo con ello dos fuentes básicas de subsistencia. Los arubanos debieron iniciar un plan de extrema austeridad.

Poco después le tocó a Curazao donde la Shell cerró la refinería local. Esto desató una ola de violencia y saqueos, comparables al 27 de febrero en Caracas. El gobierno de Lusinchi intervino para asegurarles que Venezuela tomaría a su cargo la refinería, manteniendo la fuente de trabajo, lo cual calmó los ánimos exaltados.

Hoy en día viven del turismo internacional, particularmente Aruba, cuyas playas, hoteles y casinos han sido bien publicitados en los Estados Unidos.

Si bien los turistas venezolanos ya no mantienen de manera preponderante los hoteles y restaurantes de las tres islas, siguen proporcionando una clientela numerosa.

Ahora Aruba y Curazao reciben otros visitantes que quizás son más pródigos. Son los tripulantes de la IV Flota gringa, que las usan como puertos de abastecimiento y pistas de aterrizaje para aviones con parafernalia electrónica capaces de hacernos la vida muy difícil.

Supongo que los arubanos y curazoleños no permitirán que se agreda a Venezuela desde sus territorios e instalaciones.


augusther@cantv.net


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Augusto Hernández


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