Los amores de Betancourt por Nelson Rockefeller

Nelson Rockefeller murió de un infarto a los setenta años. De los hombres más ricos pero también de los más infelices. Siempre cargó un aspecto de muermo, aunque se le mentara de gran seductor. Bueno, era capaz de seducir personas y políticos como Rómulo Betancourt. Fue muy amigo de los “demócratas” de su país, pero se convención de que por ser muy rico, su tendencia tenía que ser republicana. Trató de ser Presidente de la República, pero sólo podía serlo radicalizándose hacia la derecha, y lo intentó a través de la masacre en la cárcel de Ática. Betancourt lo adoraba y lo consideraba un hombre único, un hombre valiente, un hombre terriblemente seductor., y lo trataba con tal confianza que le llamaba Mister Rocke.

Ya Betancourt había concido al actor de cine John Wayne, metido en el negocio petrolero, en Venezuela, pero para él Nelson era incomparable. Durante todo el régimen de Pérez Jiménez Diego Cisneros, íntimo de don Rómulo, mantuvo estrecho contacto con Nelson Rockefeller. A través de don Diego es como Rómulo se hace gran amigo de Rockefeller, y en la mansión de Terry Town (de don Nelson), se donde se planifica la vuelta a un “Estado democrático” en la que se alternen en el poder AD y COPEI. .

Era puro cuento que Betancourt mantenía una posición antiimperialista. Eso era bagatela para alimentar la leyenda y una cierta posición nacionalista dentro de su partido. Fue en Terry Town, y estando presente Diego Cisneros quien servía de traductor, cuando Betancourt le ofreció a Nelson Rockefeller la solidaridad de su partido Acción Democrática, desde el exilio, para apoyar la política de EE UU en lo relativo a la guerra de Corea. ¿No fue acaso Rómulo Betancourt quien mantenía grandes negocios y acuerdos con el régimen de Muñoz Marín, con su Estado Libre Asociado de Puerto Rico, y donde Diego Cisneros era recibido cada vez que iba a cuerpo de rey?

Había dos cosas que Betancourt admiraba, y que la política le malogró: la carrera militar y los negocios, aspiraciones que se las llegó a contar en varias ocasiones a don Diego. América Latina era un campo propicio para hacer grandes capitales, y para promover una lucha independiente, pero unida al progreso norteamericano. Un día le dijo a don Diego:

- El error del Libertador fue no concebir una América unida bajo los preceptos mercantilistas de EE UU.

Pero don Diego sabía que esa era también la posición de Pérez Jiménez: el dictador en un esfuerzo competitivo con su adversario por halagar a la administración de Washington, rompió relaciones con la URSS en junio de 1952, y tenía entre sus planes entregarle a los magnates estadounidenses todo lo que quisieran de los recursos de Venezuela. Cuánta rabia histérica que se tragó como pudo y disimuló con una amarga sonrisa, cuando Rockefeller le dijo a Betancourt: “Estoy impresionado por el desarrollo económico de su país. Yo pienso que ya que ustedes fueron grandes amigos (Pérez Jiménez y Betancourt), mi amigo Diego, puede conseguir ciertos ajustes y acuerdos para que se produzca en Venezuela un cambio que no resulte en pernicioso para su situación política. Hay informes que revelan que Venezuela se encuentra en el ojo del huracán comunista”.

Aquella reunión estuvo llena de divagaciones porque Rockefeller no podía entender los grandes recelos y envidias que se anidaban en los corazones del mandatario venezolano y su mayor opositor, residenciado en EE UU.

Cuando se firma el Tratado de Comercio con EE UU que obligaba a Venezuela a obtener del Norte el 82% de sus importaciones, quienes arman todo ese tinglado son don Diego y Betancourt, en connivencia con Rockefeller. Por allí es como se montan numerosas empresas dominadas exclusivamente por tres familias venezolanas, quienes acaparan casi todo el negocio de la importación.

Cuando Betancourt vuelve al poder, día tras día, recibía informes de don Diego de lo que se podía estructurar económicamente con Rockefeller. Betancourt le pidió que se encargara de arreglar todo los detalles para una visita a Washington, y por supuesto otra a la mansión Terry Town, para recordar bellos tiempos.

En noviembre de 1962 viajó don Diego con su hijo Gustavo a EE UU, especialmente para arreglar la visita del presidente venezolano y su encuentro con Nelson Rockefeller, la parte que más le interesaba, fue cuando don Diego le dijo a su hijo que él estaba llamado a pertenecer al imperio de los Rockefeller.

En su viaje a Washington, en febrero de 1963, efectivamente Betancourt visita a míster Nelson en su mansión de Tarry Town. Este señor, presidente de la Standard Oil Co. (quien había dicho a los cuatro vientos que su filial, la Creole Petroleum Company of Venezuela era la más preciada joya de su corona) no podía ser tocada por ninguna reforma que hiciese el gobierno venezolano.

Poco antes, en 1958, ante la brusca caída de los precios del crudo (y como represalia a la expulsión de ciertos capataces petroleros por parte de don Edgar Sanabria), Betancourt debe ver cómo detiene la fuga de divisas, y palea la recesión económica. Bastó una llamada de Cisneros, para que variase su posición de aumentar los impuestos a las grandes compañías. Se dirigió el Presidente a su ministro de economía, y le dijo. “No nos queda más que rebajar los salarios”, y luego dirigiéndose a su ministro de Relaciones Interiores: “que se prepare el ejército y la policía para actuar sin contemplaciones contra las huelgas y los perturbadores del orden público”.

Cualquier huelga debería declararse ilegal. Cualquier cosa, menos molestar a las compañías petroleras. El colmo de la desfachatez la llevó a cabo el ministro Juan Pablo Pérez Alfonzo cuando corrió a la televisión para demostrarle al pueblo que las empresas explotadoras del oro negro no estaban en condiciones de pagar más impuestos.

En aquellos meses cuanto exigió Rockefeller en unión con sus testaferros de los Cisneros se cumplieron de manera expedita y casi perfecta: Se le entregó a la Panamericana la ruta internacional de la Línea Aérea Venezolana; se le entregó nuestra energía eléctrica a la Reynolds Metals por 50 años, proyecto para dar al consorcio Koppers Co., la Siderúrgica de Matanza, las minas de carbón de Naricual a la Powell Co., las minas de cobre de Aroa a la Denver Co., a los consorcios navieros norteamericanos de ALCOA, la Venezolana de Navegación, ... Todo esto al tiempo que las compañías petroleras comenzaron a despedir a obreros para ahorrarse capital variable. Con razón Camilo José Cela decía que Venezuela no pertenece a Sudamérica sino a Sub-América.

El 17 de febrero de 1963, Betancourt inicia una gira por varios países, como “Campeón de la Democracia Latinoamericana”, bajo un formato de trabajo totalmente preparado por los Rockefeller y sus testaferros criollos. El 18 llega a Puerto Rico donde lo recibe el mayor pro-norteamericano que ha parido aquella isla, Luis Muñoz Marín, miembro de la Internacional de las Espaldas (al igual que Betancourt) desde 1933. Entre la comitiva del Presidente van dos miembros de la Organización Cisneros. Luis Muñoz Marín vivía entonces en el castillo La Fortaleza. Muñoz Marín dijo en su discurso de bienvenida: Puerto Rico se siente honrado y orgullosos de recibir a este campeón de la libertad humana, a este líder de la democracia americana. Puerto Rico, como entidad jurídica, independiente, sus trabajadores, sus estudiantes y sus campesinos, le dice: Bienvenido a nuestra patria. Betancourt le respondió: “He dicho siempre que pocos hombres públicos han luchado con más agónica devoción por su pueblo, por la independencia, por la democracia, y por la justicia social que Luis Muñoz Marín...”

Venezuela entonces, por sugerencia del Centro Rockefeller, se hizo miembro del Comité Anti-Colonialista, llamado de los 24. Muñoz Marín contaba con el apoyo de Betancourt para que Venezuela no plantease ante los 24 la independencia de Puerto Rico.

El 19 de febrero de 1963, Betancourt con su séquito de empresarios se encontraba ante el pórtico de la Casa Blanca para recibir el abrazo de John F. Kennedy. Llovía, el aire estaba gélido. Había nevado toda la mañana. Betancourt parecía un oso envuelto y un gruesísimo abrigo. La cara cruzada por manchones morados. El “Campeón de la Democracia” que había matado para entonces más estudiantes que Stroessner, Duvalier y Somoza juntos, extremadamente ridículo con aquella abultada pelambre, ante un Kennedy sin abrigo, apenas enfundado en un sencillo saco. Aquella escena era lánguida, y los gringos celebraban a sus superhombres, comparándolos con los monos latinoamericanos que visitan la Casa Blanca. Betancourt, castañeteándole los dientes, dijo: He experimentado mucha emoción al regresar a Washington después de largos años de ausencia. Nuestros gobiernos están luchando por detener la infiltración soviética en esta parte del hemisferio y especialmente en el área del Caribe...

Ante la prensa internacional Betancourt fue obsesivo en el punto de que debía segregarse al comunismo de la colectividad americana. Betancourt sentíase seguro y sereno en las entrañas de aquel monstruo que confiaba en él y le protegía. Betancourt entonces había solicitado permiso al Departamento de Estado para difundir su Doctrina, la cual ciertamente no podía encajar del todo en el programa que Washington por lo de la Guerra Fría. En todo caso, siendo cosa de poca monta, y conociendo al personaje que la encarnaba, fiel a las decisiones que en estos puntos mantenía la CIA, se le permitió hablar todo lo que le viniera en gana. Betancourt era un personaje que nunca ni por asomo podía decir la friolera más inofensiva contra la EE UU. De modo que eso de la Doctrina Betancourt fue también siempre parte de un ardid que se armó en Terry Town, en los años cincuenta, cuando era un connotado exiliado con cierto ascendiente en las decisiones que tomaba el Departamento de Estado en todo lo que tuviese que ver con América Latina.

Ante el Club Nacional de la Prensa en Washington, por cierto conformada por homosexuales (de la CIA), Betancourt, para referirse a las acusaciones de peculado por parte de la oposición, soltó esta prenda: “Yo no cargo preso amarrado.” Añadió suspirando profundamente: Cuando entregue mi gobierno al legítimo sucesor, yo volveré a mi profesión de periodista. Sacaré mi vieja Underwood que aún conservo y trabajaré con ella para mantener a mi familia.

Ya Betancourt conocía los efectos de los medios de comunicación, y procuraba sacar de ellos el mayor partido, y o hizo allí sobre todo ante Club Nacional de la Prensa: para que se viera cuán humano era (incapaz de mandar a matar a alguien ni mucho menos ordenar que sus cuerpos represivos torturasen), agregó: “Por eso causó sorpresa que me produjera un colapso físico, atendido por mi médico aquí presente – el doctor Valencia Parpacén – la muerte hace dos meses, de un foxterrier de no muy excelente pedigrí, el cual me acompañó durante catorce años de mi vida.” Hubo gestos enternecidos entre los periodistas presentes.

En este Club Nacional de Prensa Betancourt fue enfático: En Venezuela no está planteada la nacionalización del petróleo. TAMPOCO EL AUMENTO DE LOS IMPUESTOS A LA INDUSTRIA PETROLERA...

Reafirmó: Tal es así que mi gobierno no ha querido aplicar el impuesto aprobado hace un año por el Congreso Nacional y que se hizo extensivo a la industria petrolera, por considerar que ella ya está en el límite de su capacidad impositiva. Cómo no iban a adorar a este hombre en Washington, sobre todo Rockefeller junto con los Cisneros. Esto lo dijo Betancourt ante 500 periodistas.

Cuando la Junta de Gobierno, durante la transición electoral, presidida por Edgar Sanabria dictó un decreto limitando a un 45% la participación de las ganancias de las compañías petroleras, los poderosos trusts pegaron el grito en el cielo; Betancourt, con su consabida versatilidad, se reunió en secreto con unos magnates dirigidos por Diego Cisneros y solicitó dinero para su campaña electoral, prometiéndolo como ya lo había en el año 47, que la mayoría analfabeta estaba con ellos, los adecos. Que no temieran nada. Las filiales petroleras en Venezuela de aquellos monstruos obtenían utilidades superiores al 20% y no estaban dispuestas a ver disminuidas sus ganancias. Y téngase en cuenta que la Standar Oil, por ejemplo, matriz de la Creole, no podía obtener en EE UU utilidades más allá de un 10% sobre el capital. Allá sí se podía cotizar de manera gorda al Estado, aquí no. Fue así como Betancourt les dio seguridades de que el fulano decreto de Sanabria sería hecho añicos en cuanto él llegara al poder. Y el 1960 las compañías petroleras en Venezuela lograron recuperar la tasa de ganancia hasta el 17%, para llegar al 19,8% en 1961 y exceder al 22% en 1962. Estas ganancias se hicieron a costa del pago que se le hacía a los trabajadores venezolanos, porque en 1959 laboraban en la industria petrolera 42.413 personas, pero ya para diciembre de 1962 había disminuido este personal a 33 mil; ya en 1963 llegaban solo a 30 mil. Es decir que Betancourt estaba haciendo las cosas iguales o peores que Gómez, pagándole a las compañías para que se llevaran el petróleo como les diera la gana. Todo esto, por su puesto justificaba con creces el fastuoso agasajo que el presidente de la Standar Oil le ofreció en febrero de 1963 en la mansión de Terry Town.

jrodri@ula.ve


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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