No quiero desentonar; no es mi intención perjudicar lo que se está construyendo entre el actual gobierno de Donald Trump y mi gobierno legítimo de Venezuela.
Debo decir que, desde que Chávez asumió la presidencia de Venezuela hace 26 años —durante sus tres periodos completos: uno de un año y dos de seis—, siempre hubo disposición de venderle petróleo a los EE. UU. Hubo disposición para que viniesen a extraerlo ellos mismos e, inclusive, hubo la disposición de revisar las condiciones de la Ley Orgánica de Hidrocarburos del año 2001.
No las tengo contadas, pero son muchísimas las veces que Chávez dijo que quería las mejores relaciones con los "gringos". Fueron tantas las veces, que el día que les gritó: «¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!», puede compararse con aquel que se cansó de "jalarle bolas" a quien sencillamente no le da la gana ceder y lo que quiere es pelear.
Lo mismo puedo decir del gobierno de Nicolás Maduro. Catorce años continuos como presidente y siempre dijo: «Aquí está mi mano, estamos listos; si tú quieres, yo quiero. Vengan, que aquí hay gente seria; solo exigimos respeto». Tanto fue así que, teniendo las costas bloqueadas, los barcos secuestrados, el espacio aéreo limitado y su cuerpo valorado con una recompensa de 50 millones de dólares, la última vez que le escuché decir frases conciliadoras para los estadounidenses fue el 31 de diciembre de 2025. El primero de enero estuve descansando, el 2 visité a unos amigos entrañables y el 3 en la madrugada asaltaron su casa; así que no sé si volvió a decirlo después de la entrevista en el pódcast con Ramonet.
El 3 de enero de 2026, los EE. UU. —pues ni siquiera podemos restringir la actitud al "anaranjado" Trump— demostraron que, cuando están derrotados, optan por no parecerlo. Esta vez no se fueron sin despedirse, como en los casos de Vietnam y Afganistán, sino que optaron por entrar haciendo ruido, con un estruendo de muerte, pues asesinaron a más de 80 personas. Hemos visto a un derrotado —pues lo estaba, aunque en Venezuela viviéramos con restricciones importantes— que ante el mundo demostró todo su poder militar para mimetizar la derrota, mostrando soldados bajando de helicópteros en rapel.
Ayer, el Air Force One aterrizó en Maiquetía para traer al Secretario de Energía del Gobierno de los EE. UU. Viene por petróleo: viene a ofrecer, viene a pedir, viene a negociar y viene a imponer. Todo junto. Vino 30 días después del bombardeo y secuestro, y en las escaleras de la casa de Misia Jacinta dijo:
«...Traigo un mensaje del presidente Trump: él está apasionadamente comprometido con transformar absolutamente la relación entre Estados Unidos y Venezuela. Esto es parte de una agenda más amplia para hacer a las Américas grandes otra vez, trayendo comercio, paz y empleos… ¡Viva Venezuela! ¡Viva Estados Unidos!».
Sabemos que al imperialismo no se le puede creer «ni tantito así», y menos a 30 días de invadir Caracas sobre la base de la mentira estrafalaria del "narcoestado" (palabras de Maduro). Así que ese apasionamiento para transformar la relación EE. UU.-Venezuela no es diplomático, es impositivo; no es tutelar, es imperialista. Pero también debemos decir que es una transformación interna dentro de los mismos EE. UU.
Recordemos que el gobierno de Trump eliminó, o al menos limitó en su acción, a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), lo que equivale a dejar de lado la herramienta de intervención que utiliza a las ONG y demás grupos opositores a los gobiernos que no obedecen o les llevan la contraria. El argumento de Trump para acabar con la USAID, dicho por él mismo, es clásico de los ricachones: «La ayuda exterior debe ser pagada de alguna forma».
Démonos cuenta de que también ha cambiado la extorsión de las "sanciones" por el cobro de aranceles, otra actitud típica del comerciante; pues no le interesa castigar sino cobrar, no le interesa competir sino eliminar la competencia.
Con ambas acciones, más la acción militar, Trump se ha liberado de esa fracción de la oposición conformada por niños malcriados, vividores, mentirosos, incompetentes y estúpidos, hoy circunstancialmente nucleados sobre la figura de MCM. Listo. Trump, ricachón al fin, se cansó muy rápido de no ver retorno en la inversión y decidió actuar por sí mismo. Invadió, encaró y negoció con el adversario, y a los que no le cumplieron la tarea, simplemente los despidió.
A nosotros, a los venezolanos, nos toca hacer lo que dice el capítulo 9 de El Oráculo del Guerrero, libro con el que Chávez llegó al poder por primera vez. «El Guerrero se Agazapa»:
«Debes medir con cuidado los próximos pasos a dar. El camino te conduce hacia un sitio peligroso. A fin de salir inmune, debes poder observar sin ser visto. Agazápate, fúndete con el suelo y mantén los ojos bien abiertos. Flecta tus patas traseras, reúne tu energía, contrae tu cuerpo y luego libéralo de un brinco. Salta sobre él. Sin notarlo, estará perdido…»