La impunidad al poder

"No queremos gente de países de mierda. Somalia es un lugar sucio y asqueroso".

Donald Trump

"No queremos gente de esos malditos países que han estado inundando la nación [estadounidense] de asesinos, sanguijuelas y adictos a los subsidios".

Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos,

Para el campo popular, para las grandes mayorías de todo el mundo, los tiempos están cambiando para mal. Cada vez más, en forma penetrante, se va imponiendo una cultura de atropello hacia los más débiles, de ensoberbecimiento de los poderosos, de aplastamiento de las diferencias y de todo tipo de protesta. Quienes ejercen los poderes cada vez se tornan más desenfrenados, impunes, violentos, mostrándolo sin el más mínimo remordimiento. "¡Aquí mandamos nosotros, y punto!" El esclavismo no se quiere ir de la historia de la humanidad.

Lo que algunas décadas atrás dominaba buena parte de la agenda política en el planeta fomentando una cultura contestataria, de búsqueda de cambios, hoy día ha cambiado radicalmente de signo. Lo que se podría haber llamado una "una cultura de la rebeldía" pasó a ser hoy, predominantemente, "una cultura del sometimiento, de resignación". Y en quienes ejercen los poderes, en una "cultura de impunidad", abierta y descarada.

Una suma de factores provocó ese cambio. Por un lado, el sistema capitalista en términos globales, siempre capitaneado por Estados Unidos como su potencia hegemónica, percibió esa rebeldía generalizada como una peligrosísima afrenta a su estabilidad. O más aún: a su permanencia en el tiempo como sistema. Por cierto que, como modo de producción, el capitalismo no es eterno, pero su aspiración (radicalmente imposible) es mantenerse por siempre. Por eso, al haber percibido el peligro en ciernes -el socialismo avanzaba-, reaccionó. Y lo hizo en forma feroz, muy profunda, brutal.

Las represiones sangrientas que vivimos en Latinoamérica, los planes neoliberales que, a nivel mundial, empobrecieron más aún a las ya empobrecidas masas y fomentaron un individualismo extremo, la desarticulación de los movimientos populares y de izquierda y la criminalización de toda forma de protesta, el avance de ideas conservadoras, el predeterminado auge de religiones fundamentalistas (neopentecostalismo en Latinoamérica, fundamentalismo islámico en Asia y África), todo eso, combinado, posibilitó este giro a la derecha que hoy estamos viviendo.

La historia humana tiene algo de pendular. Inclinada hacia la izquierda como estaba décadas atrás, ahora pasó a su antípoda, a una profunda derechización generalizada. El interés por lo político-social y un espíritu de cambio que flotaba en el ambiente se trocó en la actual apatía por estos temas, por un brutal "sálvese quien pueda" egoísta. En medio de esa marea, desde hace unos pocos años asistimos a un avance cada vez más grosero del pensamiento de derecha. Dicho de otro modo: las conquistas históricas logradas por el campo popular con interminables luchas y sacrificios son crecientemente pisoteadas por los capitales.

Con la llegada de Donald Trump a la segunda presidencia de Estados Unidos, esa tendencia se potenció de un modo alarmante. Hoy, lo que se va imponiendo, es una apología insultante de la impunidad. Quien manda lo dice de forma abierta, sin atenuantes. Cayeron las máscaras de lo "políticamente correcto", y lo que años atrás se consideraba -por cierto, con una inmensa cuota de hipocresía- las normas de convivencia en democracia, hoy ya son pura quimera, humo vano que se desvanece. Los valores de un capitalismo liberal mantenidos por dos siglos, como democracia, libertad, fraternidad, derechos humanos, se demuestran ahora como lo que realmente son: un engaño bien pergeñado. Ese presunto orden social, que enmascaraba la monstruosa explotación económica y el consecuente odio de clase, postergando siempre al Sur Global y favoreciendo solo a un puñado de élites del Norte enriquecido, ahora ni siquiera busca ser maquillado. Con absoluta impunidad y agresividad desbordante, se expresa altisonante. "Por las buenas o por las malas", dijo sin miramientos Trump refiriéndose a la forma en que Washington se quedaría con Groenlandia.

Ahora la impunidad manda en forma grosera, descarnada. "El mundo real se rige por la fuerza, se rige por la violencia, se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos", manifestó el asesor de seguridad de Estados Unidos, Stephen Miller. Y, por supuesto, sin ocultarlo, más aún: haciéndolo evidente y vanagloriándose de ello, lo practican. "El mundo real se rige por la fuerza bruta", y quien la tiene en grado superlativo, habría que agregar, se aprovecha de ello: el dueño del capital en las relaciones laborales, el amo mundial en las relaciones internacionales. Insistamos con la idea: el esclavismo no se quiere ir de la historia de la humanidad.

En esa lógica, demencial si se quiere, porque nos puede llevar al holocausto como especie, pero descarnadamente real, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitri Medvedev, expresó que "Solo las armas nucleares garantizan la soberanía de un país ¡Que vivan las armas nucleares!" Sin dudas, el mundo real se rige por la fuerza bruta, y las normas de convivencia, las leyes, vienen a organizarlo. Pero siempre las leyes las hace el que gana, no olvidarlo.

"El orden mundial basado en normas ya no existe", expresó recientemente el canciller alemán, Friedrich Merz, apesadumbrado, al constatar esa altanería suprema del hegemón norteamericano, viendo cómo la arquitectura global post Segunda Guerra Mundial va quedando al margen. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, escuchando al dirigente teutón, comentó luego que "estamos en nueva era en la geopolítica". Evidentemente, este capitalismo exultante que vivimos, luego de la caída -esperemos que temporal- del ideario socialista, se ejerce con una crueldad inaudita, haciendo apología de la impunidad. Sin dudas, como dijo Rubio, estamos ante una nueva era las relaciones internacionales, donde Estados Unidos, viendo su declive, intenta mostrar con fuerza inaudita que aún pretende seguir siendo el amo victorioso. La reciente acción delincuencial en Venezuela saltándose todas las normas de convivencia internacional envía ese mensaje. Lo cual se complementa con el impresentable delito de lesa humanidad como es el embargo petrolero contra Cuba socialista, que busca matar a toda una población. Pero ¿quién le pone hoy el cascabel al gato? Las palabras de Medvedev son muy gráficas.

Incluso en Europa, otrora el pretendido centro de la civilización universal -léase: imperialismo desbocado-, ahora triste perrito faldero de Estados Unidos, ese espíritu de impunidad se impone. Según un acertado editorial del diario La Jornada, de México: "La ultraderecha ni siquiera ha necesitado ganar elecciones para hacer realidad su agenda, pues la derecha tradicional ha hecho suyas las banderas neofascistas mediante el debilitamiento del derecho al asilo, la aceleración de expulsiones, el envío de migrantes a campos de concentración eufemísticamente llamados "centros de retorno" y la criminalización feroz no sólo de los propios migrantes, sino de cualquiera que les preste algún tipo de asistencia".

Años atrás eran impensables las groseras e insolentes demostraciones de poder de la clase dirigente, expresadas a través de sus operadores políticos (los funcionarios profesionales). Ahora, cada vez más, se muestran sin tapujos. La reciente aprobación de una nueva ley de trabajo en Argentina (menor protección contra el despido, indemnizaciones más bajas, reducción en los derechos de huelga, retroceso en las conquistas históricas de la clase trabajadora) permite ver esa impunidad. Dicha normativa legal puede ser una guía, un globo de ensayo para futuras leyes similares en otras latitudes. El poder se impone, y si a alguien no le gusta… ¡que se vaya a Cuba! La impunidad está desatada.

En esa línea demostrativa de lo que puede hacer quien manda, algunos políticos de las derechas, ahora enseñoreadas y con soberbia, se permiten decir cosas años atrás impresentables: "Zurdos hijos de puta, tiemblen. Vamos a ir a buscarlos hasta el último rincón del planeta", o "La justicia social es de ladrones", expresó el extravagante mandatario argentino, judío converso, Javier Milei.

"Es momento de entrar en una nueva etapa, otro reto, y ¿por qué no?, sacar a los zurdos de mierda y mandarlos a chingar a su madre", dijo Ricardo Salinas Pliego, millonario y futuro candidato presidencial en México.

A Gustavo Petro, presidente de Colombia, Trump lo calificó de "hampón, tipo muy malo que le ha hecho mucho daño a su país".

Zohran Mamdani, recientemente electo como alcalde de Nueva York, fue considerado como "inmigrante islámico de África y yihadista comunista", por la activista de ultraderecha Laura Loomer, agregando que debería ser "desnaturalizado y deportado". Nadie la castigó por esas insultantes declaraciones.

El italiano Roberto Vannacci, miembro del Parlamento Europeo y ex militante de la ultraderechista Liga (ahora fundando su propio partido) dijo que los homosexuales "No son normales", y hay que cuidarse de la "dictadura de estas minorías" y de un "lobby gay internacional". Por supuesto, nadie lo castigó.

El eurodiputado francés Jean Paul Garraud, de extrema derecha, expresó sin ninguna vergüenza que "Es hora de acabar con la migración masiva ahora. Protejamos a nuestras mujeres y niños de esa amenaza existencial para nuestra civilización, para nuestra gente y para nuestras hijas".

"Nicolás Maduro puede correr la misma suerte que Mohamed Khadaffi", expresó el secretario de Estado Marco Rubio, antes del secuestro del mandatario venezolano, sin inmutarse por la demostración de insensibilidad, haciendo apología de un crimen sanguinario como el ocurrido en Libia. ¿Alguien lo va a castigar por esa agresiva declaración? Nadie, en lo más mínimo.

Luego de la sanguinaria muerte de la ciudadana Renée Nicole Good, en la ciudad de Mineápolis, Minnesota, a manos de un agente del ICE, las propias autoridades nacionales, en cuenta el propio presidente Trump, defendieron con descarada impunidad la acción del miembro de esa guardia pretoriana, argumentando que la mujer, que no era una activista, que solo pasaba casualmente por el lugar donde manifestaban, representaba el "terrorismo doméstico".

El mundo actual, más que encaminarse hacia una sociedad planetaria de concordia y entendimiento mutuo, se va radicalizando en forma creciente. Quienes detentan el poder, sin la más mínima consideración ni empatía, golpean impiadosos, mostrando ese acto de impunidad como la norma vigente. El sadismo descarnado al poder. ¿No es hora de despertar ante tamaña monstruosidad?



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Marcelo Colussi

Psicólogo. https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33 https://www.facebook.com/Marcelo-Colussi-720520518155774/ https://mcolussi.blogspot.com/

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