El bufón que atemoriza al mundo: Donald Trump y la Historia Universal

En los anales de la historia, los líderes que inicialmente parecen caricaturas grotescas han terminado por sumir al mundo en el caos.

Hace años, Donald Trump era visto por muchos como un mamarracho: un empresario de reality shows con un ego inflado y un peinado ridículo, más apto para memes que para la Casa Blanca. Sin embargo, aquí está ahora, atemorizando al planeta entero con su regreso al poder. Esta transformación no es única; evoca ecos inquietantes de figuras como Adolf Hitler y Benito Mussolini, quienes también comenzaron como chistes ambulantes antes de convertirse en pesadillas colectivas.

Recordemos a esos hombrecillos de físico precario: Hitler, con su bigotillo ridículo y su mirada perdida en horizontes de grandeza aria; Mussolini, con su pasmoso cabezón y su pecho hinchado como un pavo real, posando con seriedad ante cámaras que capturaban su megalomanía y ahora Trump con su piel anaranjada, su patético peinado y su ridículo baile.

Hitler y Mussolini daban risa al principio, Hitler era un pintor frustrado que arengaba en cervecerías bávaras, ridiculizado por su voz chillona y sus gestos histriónicos. Mussolini, un periodista oportunista, que se pavoneaba como un actor de ópera bufa, dos personajes que, la verdad, nos darían muchas risas si la historia no nos hubiera enseñado a tenerles espanto.

Sus ascensos no fueron accidentes; surgieron en sociedades fracturadas, donde el miedo al cambio, la crisis económica y el nacionalismo exacerbado pavimentaron el camino para el autoritarismo. Trump fue una sorpresa en su imposible ascenso a la casa blanca con su discurso nacionalista extremo, su carga procesal por su vinculación al depredador sexual Epstein y las pruebas ciertas en su contra.

Cuando la humanidad se lanza en manos de estos payasos (con el debido respeto a los verdaderos payasos que son seres excepcionales, que dedican su vida a hacer reír y repartir felicidad), es señal de que ha perdido antes muchas cosas: la racionalidad, la empatía, el sentido común. Los pueblos, nos lo enseña la historia, a veces se enloquecen y se suicidan colectivamente.

Roma cayó no sólo por invasiones bárbaras, sino por la decadencia interna; la Alemania de Weimar, ahogada en hiperinflación y humillación post-Versalles, abrazó a Hitler como salvador. Italia, fragmentada y resentida tras la Primera Guerra Mundial, encontró en Mussolini un mesías de cartón piedra. Estos saltos atrás hacia lo elemental, lo primitivo, son reacciones al terror: ante conflictos globales –guerras, migraciones, desigualdades– las sociedades se repliegan en la barbarie, prefiriendo el puño fuerte al diálogo incierto.

Hoy, Trump encarna esta regresión. Como mandatario del imperio más poderoso del mundo –aunque en caída libre, con deudas astronómicas, polarización interna y pérdida de influencia global–, su narcisismo psicopático y posibles signos de demencia frontotemporal indican un delirio societal más amplio. Estados Unidos, cuna de la democracia moderna, ha perdido referencias: fake news erosionan la verdad, redes sociales amplifican el odio, y el miedo a lo "otro" –inmigrantes, minorías, aliados internacionales– impulsa un repliegue aislacionista. Trump no es sólo un hombre; es síntoma de una nación aterrorizada que, ante el polycrisis (cambio climático, inteligencia artificial desbocada, guerras proxy), opta por el showman en lugar del estadista.

Estos bufones cuando cayeron lo hicieron dejando tras de sí una estela de destrucción, muerte y miseria. Hitler y Mussolini terminaron en ruinas, arrastrando a sus naciones al abismo. Trump, por su parte, podría ser el catalizador para un despertar a tiempo, su manejo interno con el terrorismo de estado causado por su fuerzas ICE, que se mueven como lo hizo la Gestapo de Hitler, los asesinatos de ciudadanos en plena vía pública, frente a las cámaras, haciendo alarde del poder supremo sobre la vida que emana directamente del presidente, el acto desproporcionado de invadir Venezuela sin declarar una guerra y sin justificación para ello, el secuestro del presidente de un país, la amenaza sobre Groenlandia, la creación de una junta de presidentes serviles para decidir sobre Gaza, sus marcadas apariciones ridículas en su cuenta de Red Social, con memes fabricados por él, vestido de Papa, como presidente de Venezuela, lanzando mierda desde un avión a quienes lo protestan, con un pingüino en Groenlandia, la acción de quitarle el Premio Nobel de la Paz a María Corina (quien siguiendo su papel en esa opera bufa fue a arrodillarse ente él), la ridícula carta que envió al Primer Ministro de Noruega y así un sin fin de apariciones que demuestran claramente una serie de problemas mentales.

Si el mundo político y la sociedad norteamericana aprendió algo de los precedentes (Hitler y Mussolini) y son capaces de actuar ante lo evidente, quizá el mundo pueda evitar el suicidio colectivo que significa la permanencia de Trump en el poder .

La clave está en recuperar lo perdido: educación crítica, solidaridad global y rechazo al culto a la personalidad, de lo contrario, el chiste se convertirá en tragedia, y el mundo pagará el precio, ¿O ya será demasiado tarde?.


 



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Oscar Jiménez


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