La diplomacia de paz de Venezuela no es para Venezuela, es para el planeta completo

En la historia de Venezuela hay momentos de suma gravedad y trascendencia. Si nos detenemos a revisar los robos que ha sufrido la República, destacan dos: el robo del territorio Esequibo mediante el Laudo Arbitral el 3 de octubre de 1899 y el robo de Citgo mediante la sentencia de un tribunal norteamericano el 30 de noviembre de 2025, cuando un juez estadounidense aprobó la oferta de 5.900 millones de dólares presentada por unos inversionistas buitres. Por supuesto que hay otras fechas significativas pero, desde mi punto de vista, estas son las más ignominiosas, pues fueron a espaldas de la República y labradas bajo un manto de legalidad chimbo y gringo.

Desde el punto de vista del ataque a la República —apartando la Guerra de Independencia, pues evidentemente fueron eventos de una patria en formación— destacan el bloqueo de las costas por las potencias extranjeras en 1902, una coacción para cobrar deudas y para apropiarse de territorio venezolano y, el más reciente, el 3 de enero de 2026: la incursión sobre nuestro espacio aéreo, el bombardeo sobre Caracas y otros puntos del país, y el ingreso de un comando militar en Fuerte Tiuna para secuestrar al presidente de Venezuela.

Hay otros eventos que están relegados al olvido, no por intrascendentes, sino tal vez por alguna intencionalidad de tapar lo ocurrido. Me refiero a los ataques navales en el Golfo de Venezuela, en las costas al norte de Paraguaná y en Isla Larga, frente a Puerto Cabello, en febrero de 1942 por submarinos alemanes, en plena Segunda Guerra Mundial. Atacaron y hundieron tanqueros que transportaban crudo desde Maracaibo hacia las refinerías de Aruba y Curazao, hundiendo los tanqueros Monagas, Tía Juana, San Nicolás, Pedernales, Arkansas, Oranjestad y Rafaela.

Ante el ataque alemán ordenado por Adolf Hitler, el presidente Isaías Medina Angarita se limitó a una protesta diplomática utilizando como intermediario al gobierno neutral de Suiza, pues en Venezuela no había embajada alemana activa; ya se habían roto relaciones diplomáticas en enero de ese año producto del ataque a Pearl Harbor por parte de los japoneses, la otra “potencia del Eje”.

Es obvio deducir que Hitler ordenó el ataque sobre los barcos tanqueros que se surtían en Venezuela porque nuestro país era el primer exportador mundial de petróleo. Rusia y los EE. UU. producían mucho más que Venezuela, pero todo era para su consumo interno; en cambio, la gran mayoría de lo extraído en suelo venezolano se exportaba a los países aliados. En consecuencia, Venezuela era la gasolinería de los enemigos del Eje (Alemania y Japón). Así que asusta tan solo imaginar que las Potencias del Eje hubiesen tomado la decisión de atacar la retaguardia y los suministros, es decir, a Venezuela.

Tal escenario sigue intacto, ya no entre Aliados y el Eje, pues los antiguos aliados, EE. UU. y Rusia, ya no lo son, y las potencias del Eje, Alemania y Japón, ahora parecen aliados de los EE. UU. Además, la coalición llamada OTAN, que surgió de aquella guerra, está siendo atacada por su líder fundador, pues al igual que el Tercer Reich, está segregando personas dentro de su territorio y pretende anexarse territorios vecinos sí o sí. De hecho, el 3 de enero recuerda a la ocupación de Checoslovaquia, no por la escasa resistencia, sino por la violación de todos los acuerdos y la creación de un protectorado.

Con los eventos mundiales de este enero de 2026, Donald Trump ha violentado, alevosamente, todos los acuerdos, normas y reglamentos internacionales. Ha iniciado una cruzada contra el mundo sobre la base de un manifiesto de intenciones que han denominado “Estrategia de Seguridad Nacional”, y han iniciado su ataque sobre nuestra patria para asegurar el petróleo de Venezuela en el caso de que ellos, los EE. UU., decidan ir a una guerra contra quién sabe quién.

Van a la guerra, tal vez contra Irán, pues no les caen bien los musulmanes; o contra la OTAN para arrebatarle Groenlandia al Reino de Dinamarca; o contra Corea del Norte, para desmontarles el poderío militar que exhiben en sus desfiles; o contra Nicaragua, para evitar que los chinos construyan otro canal interoceánico.

Jamás irán contra Cuba, pues los gusanos mayameros no quieren volver a La Habana; ni contra Colombia, pues no van a desmontar lo que tanto les ha costado montar: un país productor de cocaína que parece normal y feliz, dominado mediante la contaminación de sus estructuras, donde poco importa qué piensa o hace la presidencia. Con Cuba justifican sus leyes extraterritoriales contra el comunismo y con Colombia justifican sus leyes extraterritoriales contra el narcotráfico. Qué ironía: ni el comunismo existe y el problema no es para nada el narcotráfico; el problema es la adicción.

Se preparan para una guerra, fría o caliente, contra sus antiguos aliados: Rusia y China, con una ferocidad tal que parecen no temerle ni a los Oreshnik ni al Ejército Rojo. Al menos es la actitud petulante y guapetona exhibida por el actual secretario de Defensa, ahora descaradamente renombrado como secretario de Guerra.

Bajo este panorama, la diplomacia de paz de Venezuela no es para Venezuela, es para el planeta completo. Nos hemos convertido en bisagra entre el Este ancestral y el Occidente avasallante, entre el Norte desarrollado y el Sur empobrecido. Ya no se trata de desmontar a uno o cambiar a un gobierno incómodo; se trata de acallar una voz que resucitó la OPEP; que denunció la guerra preventiva y el bombardeo de niños con un “así no, señor Bush”; que dijo “huele a azufre” en el podio de la ONU; Una voz que propuso una moneda global, el Petro, que pidió salvar al mundo y no al sistema y que impulsó la creación de la CELAC, una OEA sin los gringos.

Hoy, con el brazo roto —pues Obama comenzó a torcerlo y Trump nos lo ha partido—, Venezuela demostró al mundo que el dólar podía ser echado a un lado para el comercio internacional. Hay quien afirma que nos convertimos en el laboratorio de los BRICS, pero lo realmente cierto es que sí se puede. Por lo tanto, la guerra, la que nadie quiere, lleva como casus belli el desmoronamiento de la hegemonía del dólar, y solo será posible el estallido de una conflagración si los EE. UU. se niegan a reconocer y aceptar que esa medida anunciada y ejecutada por Richard Nixon en aquel discurso de 18 minutos era, como lo dijo, una medida temporal. Aquí lo cito textualmente: "He dado instrucciones al Secretario del Tesoro para que tome las medidas necesarias para suspender temporalmente la convertibilidad del dólar en oro...".

Mirar hacia atrás es tan o más importante que mirar hacia adelante, pues el futuro es invisible; podemos suponer escenarios y conductas, pero es solo eso: suponer. En cambio, en el pasado vemos los hechos y obtenemos conclusiones, no suposiciones. Así que, si alguno de ustedes pregunta qué va a ocurrir, solo tenemos por respuesta un «no lo sé», sumado a la frase esperanzadora: «espero que no ocurra otra vez».



Esta nota ha sido leída aproximadamente 241 veces.



Manuel Gragirena

Profesor Universitario. Ingeniero Electricista. Especialista en Telecomunicaciones. Diploma de Estudios Avanzados en Educación. Ex Sidorista

 manuelgragirena1@gmail.com

Visite el perfil de Manuel Gragirena para ver el listado de todos sus artículos en Aporrea.


Noticias Recientes:


Notas relacionadas


Revise artículos similares en la sección:
Ideología y Socialismo del Siglo XXI