El imperio mediocre

En los Estados Unidos cada año se descubre que muchos productos
preferidos por la sociedad de consumo son dañinos para la salud, producen
cáncer, provocan accidentes o crean problemas de lo peor. Entre los gringos
tiene plena vigencia el apotegma de que todo lo que es sabroso o es pecado o
engorda y, posiblemente, ambas cosas.

Uno supone que la potencia militar y económica más apabullante del
planeta, la que lleva astronautas a la luna y tiene la estratosfera surcada
de satélites que lanzan cohetes o rayos desintegrantes, constituye una
comunidad de gente inteligente, perspicaz y, sobre todo, culta.

En realidad es posible que ello ocurra en los campus
universitarios, laboratorios científicos y en los directorios de algunas
corporaciones, pero a nivel del ciudadano raso los estadounidenses son en
definitiva ingenuos y, para mayor desgracia, bastante ignorantes.

En su descargo podría alegarse que de los 300 millones de nativos
o nacionalizados que integran la ciudadanía, 40 millones califican como
tercermundistas, es decir, son tan pobres y pela-bolas como cualquier
marginal criollo. Sin embargo se pudiera presumir que los 260 millones
restantes son personas de alto vuelo mental, hombres y mujeres apercibidos
de lo que pasa, no solo en su nación, sino en el resto del universo.

Por alguna perversión no es así. La mayoría de los estadounidenses
no tiene la menor idea de las maniobras y triquiñuelas que realizan sus
candidatos políticos para salir electos. Éstos son expertos en disfraces y
cuando están frente a los electores latinos pronuncian dos frases en
castellano, se ponen penachos de plumas con los aborígenes y usan
repertorios similares frente a los votantes de diversos orígenes.

Solo así se explica que hayan elevado a la presidencia a un
espécimen como George W. Bush, al lado del cual Manuel Rosales luciría como
un dechado de ingenio y locuacidad.

Estoy entre quienes opinan que ello se debe a la televisión gringa
y a su industria cinematográfica, que crean los modelos a seguir por un
auditorio cautivo cuyos valores son el lucro, el consumismo y, desde luego,
la Coca Cola, sea con cola o sin ella.

augusther@cant.net


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Augusto Hernández


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