Palestina y el crimen que no cesa

Los sionistas de Israel, que en acto, sin igual en la historia, de entrega psicológica al enemigo asumieron el nacismo, descargan su odio, vesania y letalidad contra el acosado pueblo de Palestina casi las veinticuatro horas de casi cada día de casi todos los años de un conflicto creado por imposición y abuso de fuerza, basados en el apoyo imperialista, la complicidad vergonzante de los subimperios y el miedo de la mayor parte del mundo, que no se atreve a la protesta. Europa recela porque hace sesenta y tantos años los nazis asesinaron a millones de judíos --y también de rusos y de muchos otros pueblos y religiones-- y tiene complejo de culpa.

Los demás temen que se les acuse de antisemitas. Y el imperio yanqui utiliza a esa especie de minirréplica superarmada como su perro de presa en el Medio Oriente, y es a su vez utilizado por el sionismo, ligado a la quintaesencia del poder imperial, para su propósito de fondo. Los sionistas quieren para sí el territorio palestino completo –casi todos sus líderes lo han proclamado-- y desencadenan su transfiguración nazi con ese fin. Por un soldado capturado en acción de guerra, tras reiteradas provocaciones mortales, lanzan su descomunal maquinaria destructiva contra el pueblo de Gaza y quieren que ese pueblo no se defienda y acepte la muerte pasivamente, como los judíos de hace más de seis décadas frente a los nazis. No se perdonan a sí mismos esa debilidad o impotencia histórica y se la pretenden endosar al pueblo al que desean destruir y despojar, usando su inmensa superioridad material alimentada por los yanquis y su cieno espiritual de odio, racismo e inhumanidad.

El sionismo es en realidad expresión de la extrema derecha judía ultrarreaccionaria y proimperialista, pero aprovechando aquella actitud cómplice y temerosa ha logrado imponer una visión unívoca, la de que une en sí religión, nacionalidad, política y Estado de Israel. Algo como eso ha sido desiderátum del fascismo, y es lo que explica el nivel abrumador de intolerancia, de insensibilidad ante la muerte masiva, de rechazo a todo derecho ajeno y colocación del interés propio sobre cualquier consideración moral o ética. Esta mistificación debe ser despejada: una cosa es el pueblo, en este caso el judío, y otra el poder dominante erigido en su seno, tal como ocurre en todas las demás sociedades de clases.

Lanzadas ahora contra el Líbano como respuesta a la captura de unos soldados por Hezbollah, la desproporción inhumana de la violencia empleada, la indiferencia absoluta ante la muerte de inocentes civiles, el inaudito nivel de racismo, la declaración del primer ministro de que “no habrá piedad”, la niña enviando “mensajes” sobre la cabeza de un misil, son manifestaciones capaces de pasmar y suscitar asombro, aun cuando seamos contemporáneos de George Bush y veamos de nuevo el atroz renacer de hechos como los que simbolizaron las esvásticas.

El pueblo y las instituciones de Venezuela, encabezados por la palabra señera del Presidente Chávez, han comenzado a protestar y deben seguir haciéndolo. Los pueblos del mundo deben protestar y seguir protestando. Y hacia los que dentro de Israel luchan valerosamente por la racionalidad y la paz, la solidaridad mundial también debe desplegarse. Porque ambos pueblos tienen derecho a la vida, a la soberanía y a la autodeterminación y ello sólo es posible coexistiendo pacíficamente y respetando el interés, los atributos y la dignidad de cada quien. Por eso es necesario empinarse sobre la comodidad, la indiferencia y el dejar hacer, denunciar esta nueva escalada de agresión imperialista fascista y demandar por todos los medios el respeto al derecho ajeno, la insuperable fórmula de Juárez para la convivencia entre las personas y los pueblos.


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Freddy J. Melo


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