Humanidad versus brutalidad

Al comienzo del artículo pensé en el término inteligencia como antónimo de brutalidad, pero dentro de mi pensadora algo me obligó a cambiar mi apreciación. En verdad, la palabra inteligencia tiene muchas acepciones, por ejemplo, un jugador de ajedrez podría ser un ser considerablemente genial en dicho juego, pero quizás para lo único que sirve es para vencer a su contendor en una competencia; posiblemente es un inepto para cambiar un bombillo. De igual manera me viene a mi caja de recuerdos un eminente oftalmólogo casado con una amiga, pero tal “lumbrera” no tiene empacho en agredir a su esposa por una insignificante discordia. Conozco un ilustre matemático, de quien no se puede dudar de su inteligencia para manejar abstracciones, un ser que busca su placidez entre modelos teóricos, axiomas y teoremas. Lamentablemente permanece por mucho tiempo en estado de embriaguez, intentando, una vez que se emborracha, resolver las discrepancias académicas a punta de trompadas con sus colegas. Como se ve, la inteligencia está restringida y solo sirve para atender situaciones muy específicas. No existe la inteligencia integral.

En política es frecuente endilgarles a ciertos presidentes o personajes el calificativo de inteligentes por la única razón de obtener un título académico en una prestigiosa universidad. No imagino a J. W. Bush escribiendo un teatro al estilo de Shakespeare; nunca leeré un párrafo proveniente de la mano de Aznar o de Feli-pillo González, algo parecido a la prosa de Unamuno; cuesta concebir a Piñera redactando una página afín a una misiva de Galeano; de ningún modo podré percibir en Obama, premio Nobel de la paz, el sosiego emanado del temperamento pacifista de Gandhi; Netanyahu jamás podrá redactar una cuartilla como el de las hermosas novelas de Lion Feuchtwanger; Ángela Merkel prefiere leer una obra donde se exalte el neoliberalismo que esas “pendejeras” escritas por Goethe y nuestro arzobispo Urosa Sabino, cuánto desearía ver al presidente NM vestido con su traje de san Benito y la coroza (el gorro puntiagudo) sentado frente al tribunal inquisidor en un auto de fe. La mayoría de los políticos contemporáneos citados en este párrafo están más cerca de la brutalidad que de la inteligencia y más aún, muy lejos de la humanidad y más próximos a la bestialidad.

Recién hemos visto por tv los actos racistas de la policía de EEUU contra los afroamericanos, concebidos estos, según la prensa internacional, como procedimientos fortuitos, individualidades de ciertos policías. Craso error, el uso de la violencia (brutalidad) racista es consecuencia de una concepción capitalista de mantener distanciados los grupos humanos entre seres superiores (los ricos, blancos y cristianos) y los inferiores (los negros, los latinos, los indios, los chinos y otros grupos humanos). La brutalidad es parte de la concepción capitalista para subyugar las minorías y si lo dudan, basta repasar la historia en la cual siempre descollaron los procedimientos inhumanos para lograr la sumisión de los vencidos. La lista es larga y como consecuencia, se puede deducir que estos procederes del imperio no son ocasionales. La brutalidad siempre estuvo presente en la forma de actuar del imperio español, el portugués, el inglés, el belga, el alemán, el romano, el francés y actualmente en el imperio de estadounidense.

Debajo de las capas de tierra de América, África, Oceanía y Asia están sembrados los huesos de millones de mártires víctimas de la brutalidad de sus opresores imperialistas. La ferocidad es la forma proverbial de actuar los imperios y ha sido causa de las masacres que hacen dudar de si los protagonistas de estos exterminios, además de piel, huesos y vísceras, tienen algo de sensibilidad humana que les permita sobrecogerse ante tantas ignominias. Para los capitalistas el corazón no es más que un músculo y el cerebro una caja registradora.

Los reportajes de la prensa del siglo XX y los del comienzo del XXI nos corroboran que la forma de actuar del imperio no ha cambiado. Nunca faltarán los ángeles de la muerte quienes dejaron y dejan sus necrófilas huellas para la historia. Los más destacados son Hitler, Truman, Mussolini, Dwight Eisenhower, Leónidas Trujillo, Franco, los Somoza, Nixon, Batista, Pérez Jiménez, los Bush, Pinochet, Obama, Netanyahu, Aznar, Sarkozy, Tony Blair, entre tantos que hicieron y hacen de la barbarie una forma enraizada de someter a los pueblos en la búsqueda de materia prima robada o barata y productos que les permita vivir a los burgueses de manera holgada. Pareciera que todos ellos están de acuerdo con el lema del Tercer Reich, quien aseveraba: “Una mano de hierro es mucho más convincente que los derechos humanos”.

El racismo, la esclavitud, la destrucción de los bosques, las guerras, la contaminación de los ríos, lagos, océanos y la tierra; las amenazas; la impunidad; la imposición por la fuerza a otras naciones de modelos políticos, económicos y financieros; el uso de armas nucleares; las torturas; el chantaje económico; la creación de cárceles clandestinas; el terrorismo; el apoyo a los gobiernos dictatoriales; las invasiones militares; el uso inadecuado de los medios de comunicación de masa; el espionaje; las masacres y la brutalidad policial; la inducción de epidemias; los delitos financieros; los bloqueos económicos; las imposición de monopolios; la imposición de sanciones a otras naciones y las torceduras de brazos a las naciones que se oponen a los lineamientos imperiales, entre otros, son los usuales métodos coercitivos empleados por el imperialismo para someter a los pueblos. La brutalidad en su mejor expresión.

El mundo se debate entre la sensatez y la locura; entre la moderación y la riqueza, entre los valores humanos y las posesiones individuales; entre la vida y la muerte; entre el ser y el parecer; entre la solidaridad y el egoísmo; entre el socialismo humano y el capitalismo depredador; entre la barbarie y civilización; entre la paz y la guerra y entre la humanidad y la brutalidad.

La barbarie que estamos viendo no son situaciones ocasionales, son los métodos habituales utilizados por el imperio desde que los poderosos se arrogaron para sí el derecho de gobernar el mundo, sin importar la sangre derramada de millones y millones de inocentes. Con el uso adecuado de la tecnología es posible lograr que los pobladores de este errabundo globo azul alcancen una mejor calidad de vida, una equidad absoluta en libertad, una elevación de los niveles educativos y la supresión de la violencia. Los habitantes del planeta tienen la opción para escoger entre socialismo o barbarie y entre humanidad o brutalidad.


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Enoc Sánchez


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