La política económica venezolana vista desde un libro que no vio la luz en los ’90

Lo primero que hay que decir es que la fecha de edición de libro, 2007, está lejos de los días en que fue escrito. El autor se refiere a un contexto de mediados de la década de los 90, es decir, posterior al Caracazo y previo a Chávez; y como el tema es de una actualidad pasmosa, bien vale la pena acercarse a esta divulgación de la materia económica que bien cumple dos de las funciones que se le piden a todo aporte científico: revelar y predecir.  

Cuando lo leí, hace unos poquitos meses, lo subrayé pensando en una breve nota que expusiera parte de lo que en 1995 eran una propuestas económicas que, como todos sabemos menos la oposición, caían en saco roto, toda vez que éstas pedían algo de soberanía que para los políticos de entonces (los mismos que hoy siguen a la vista y diciendo lo mismo aunque ya no lo puedan hacer al menos de manera directa) eran los encargados de vender al país por partes, «beneficiado», como a las reses. Los acontecimientos recientes de alguna manera precipitan esta nota.

Para la conciencia histórica bien se puede decir –como decía Pablo Rafael González en el 95- que «toda la realidad del país ha estado vinculada directamente a la crisis monetaria del 18 de febrero de 1983» (9), el famoso «Viernes Negro», provocada según él por una suerte de mala o perversa lectura de lo que entonces se llamó «recalentamiento» y que obligó (¡?) al Estado a diseñar un plan de estancamiento y depresión de la economía para enfriarla, afectando entre otros factores de crecimiento el «pleno empleo», acción que podría «homologarse con la de un médico que considera necesario enfermar a un paciente sano, porque cree que una persona no puede gozar de buena salud» (81).

Este enfriamiento vino acompañado además de un endeudamiento feroz, pues la deuda externa aumentó «casi diez veces en un periodo de sólo cinco años» (81), deuda además totalmente injustificada porque «Venezuela tenía suficiente dinero en el Fondo de Inversiones que podía ser usado para financiar» las actividades productivas, mas los gobiernos de entonces, ancilares del FMI y el Banco Mundial ¡prestaban dinero para no usar los dineros de este Fondo!, sirviendo como lacayos a la estrategia de la mafia económica internacional que favoreció a las trasnacionales y a los «funcionarios públicos que en sus países tenían la autoridad para controlar los créditos. Cada crédito contratado representaba una comisión posible para el o los funcionarios que lo contrataran» (90).

La lectura de la crisis y las acciones para salir de la misma o al menos enfrentarla siguen vigentes. Recomendaba el especialista: «establecer una paridad fija y estable y, si las circunstancias lo permiten, crear una nueva moneda con respaldo suficiente para que todos los ciudadanos confíen en ella» (14).

En el lenguaje propio de la época y por cierto, no sin cierta audacia (¿repercutió la misma en la no edición en su momento del libro?, Maza Zavala dice de las ideas de González que eran «controvertibles pero sostenibles») y llamando siempre no a la neutralidad sino a la sensatez, nuestro autor se plantaba de cara a las incertidumbres del libre mercado pero también, de cara a una planificación centralizada que «mantendría la economía en una estabilidad relativa, escondiendo las tendencias reales de la economía y reprimiendo la inflación en forma artificial» (17).

Como vemos, los términos del debate siguen abiertos: en el mundo, el libre mercado causa los desastres que están a la vista mientras que en nuestro país el ejercicio de control sobre las diversas variables económicas mantienen un equilibrio precario bombardeado constantemente por las «tendencias reales de la economía» si asumimos como tales las presiones extraeconómicas de intereses muy privados, acostumbrados al manejo de la hacienda pública como su propia hacienda, y que hoy manejan sus negocios como si fueran trasnacionales o enclaves de intereses extranjeros, creando a lo interno –y sin que les importe un pito- inflación, especulación, ganancias exorbitantes, refinados latrocinios (en el sector bancario e inmobiliario), propias de economías enfermas, de modo que en nuestro país el «libre mercado» no significaría más que liberar los demonios, llevando cada vez más al extremo la lamentable imagen que se hizo tradicional del país: una economía petrolera desarrollada por las trasnacionales de la que una mínima minoría político-económica se beneficiaba mientras la televisión se encargaba de dar lo que nadie tiene, sueños y belleza, y la policía y el ejército de reprimir (como ocurre hoy a la vista de todos en Chile, en Inglaterra, en España) la rabia de los hambrientos. El color popular y sangriento del recordado Caracazo hoy sobrevuela los alabados cielos del primer mundo y de las economías modélicas –sobre todo el Chile de Pinochet/Piñera) en las garras del FMI y las recetas neoliberales. Ya el autor recomendaba otro camino (¿la «tercera vía»?): «un modelo que concilie, que reúna los aspectos útiles del modelo neoliberal con los aspectos útiles de la economía planificada. Eso es posible y aconsejable» (20). Recordemos que hasta Chávez palabreó en su momento la doctrina Blair, hoy nos encontramos en una situación bien distinta, pues el momento actual reclama acciones macroeconómicas o a nivel de Estado (por ejemplo las estratégicas relaciones con China, Rusia, Irán, Brasil, además de medidas regionales como el SUCRE, el Banco del Sur y la que ahora comienza a sonar: la creación de un fondo de reservas latinoamericano promovido por Unasur) mientras que, aguas abajo, construimos una alternativa real al capitalismo pues, como bien lo dice István Mészáros «solamente podremos hablar de socialismo cuando la gente tenga el control de su propia actividad y de la distribución de sus frutos para sus propios fines. Eso significa la autoactividad y el autoncontrol de la sociedad por parte de los ‘productores asociados’, como lo planteó Marx».[1]

Recuerda González que sólo fue a raíz del «golpe de Estado del 4 de febrero de 1992» que el sector privado «motu propio, sin ningún tipo de presión externa, decidió elevar los salarios de los trabajadores…» (18), medida de última hora que como ya sabemos no pudo detener la avalancha que llevó a Chávez al poder. Y el remedio a corto, mediano y largo plazo que propuso es el que hoy está dando resultado: «Incrementar la demanda efectiva» (35): «El aumento de salarios –decía, aun si viene con aumento en el precio de los bienes y servicios- traería como consecuencia inmediata el aumento del empleo y la producción» (39-40). En esta suerte de keynessiansimo la producción se puede ver incrementada «estimulada por la nueva capacidad de compra de la población» (59), medida que se debe acompañar de la «fijación de precios» (en vías como se sabe de instrumentación y atacada ferozmente por la oligarquía parasitaria, históricamente improductiva e importadora) efectiva sí sólo sí «se hace mediante el consenso del Estado y los agentes económicos privados» (59).

Y sigue nuestro autor exponiendo y explorando los escenarios para su idea, mismos que hoy podemos contemplar en pleno desarrollo:

El aumento del nivel de gastos en una economía subocupada puede generar al comienzo del proceso entrabamientos de diversa naturaleza. En algunas actividades productivas (y en algunas áreas geográficas) se pueden presentar situaciones de saturación de la capacidad de las plantas o déficit de mano de obra calificada, pero en la medida en que el proceso avance y se corrijan estos desequilibrios las dificultades deben ir disminuyendo.

El peligro mayor es que los entrabamientos se produzcan en actividades estratégicas que puedan afectar el resto de la cadena productiva, por ejemplo en el sector eléctrico, que es un insumo básico para el resto de las actividades de producción, a menos que el estado intervenga para evitarlo (40)

Ya sabemos entonces por qué para la oposición el sabotaje y el descalabro eléctrico es su sueño demencial y apátrida, acompañado del ataque continuado a las Empresas Básicas.

Con respecto a la moneda apuntaba la siguiente estrategia: a) revaluar la moneda (ya se hizo, como todos sabemos con la aparición del Bolívar Fuerte); b) establecer una paridad fija (que, como dijo anoche 18 de agosto en el debate en la Asamblea Nacional Aristóbulo Istúriz, «si no tenemos el control de cambio nos tumban»); y c) crear una nueva moneda con un «respaldo ampliado en divisas y en oro» (40), a cuyos primeros pasos asistimos hoy con la nacionalización del oro, lo cual según entiendo, se parece a lo que explicaba –sin llamar a esto nacionalización- el propio González: «adoptar una serie de medidas que obliguen a los productores nacionales de oro a vender la mayor parte de su producción a la autoridad monetaria» (47):

… bastaría con que el Estado venezolano evitara la salida del oro, su fuga hacia otros países como ocurre actualmente, y que parte del oro explotado en Guayana fuera llevado obligatoriamente al Banco Central de Venezuela para ser convertido en reservas internacionales, para que las reservas de oro de Venezuela alcanzará niveles excepcionales. Esto, por supuesto, implica la formulación de una política para la conservación del oro y el aumento de las reservas internacionales, política que ningún gobierno en Venezuela ha querido adoptar de manera seria y eficiente (66).

…Justo es decirlo, hasta la llegada de este gobierno.

Ayer el triste «diputado» Julio Montoya «argumentaba» que la medida de repatriar el oro debía haberse hecho antes, ladino disparate que intenta obviar lo que González explica en su breve libro, que tales medidas responden a un proceso complejo y delicado toda vez que los factores extraeconómicos en Venezuela son sumamente explosivos, acostumbrados como están al robo, la especulación [«La causa fundamental de la inflación en Venezuela es la especulación» (115), decía enfático Pablo Rafael González], a los juegos inflacionarios, al acaparamiento, al sabotaje, al contrabando, etc., amén del registro de un déficit fiscal histórico toda vez que el mismo es producto del déficit del propio sector privado «ya que el Estado se ve obligado a complementar y a hacer la inversión que no hace el sector privado para mantener la actividad económica» (55-56).

Salvo algunas lagunas, rodeos, o escaramuzas propias de no hacer frente a ciertos contextos demasiado espinosos, como por ejemplo una oportuna referencia al Caracazo que faltó a la altura de las páginas 90-93; una curiosa reivindicación del gobierno de Juan Vicente Gómez porque «Ayudado por la nueva situación creada por la explotación petrolera a partir de 1917, durante su mandato se pagó la deuda externa que había dado origen a la invasión de Venezuela en diciembre de 1902» pasando por alto que precisamente durante ese gobierno «Fueron entregados cerca de treinta millones de hectáreas o, lo que es lo mismo, trescientos mil kilómetros cuadrados (…) una extensión equivalente a una tercera parte del territorio continental venezolano y a dos veces los territorios de Inglaterra y Holanda juntos» (Luciano Wexell Severo, 2010: 27-28)[2]; o la asunción de la clásica doctrina económica cuando afirma que «Al término de la Segunda Guerra Mundial los países reconocieron la necesidad de buscar una fórmula que asegurara la estabilidad de las monedas» (124) consenso que hoy seguramente acompaña la impresión inorgánica y demencial de dólares para alimentar el aparato industrial militar pentagonista, el desastre económico-social de Europa y Estados Unidos, el robo descarado de las reservas de Libia y parece que próximamente las de Siria, actos que hacen dudar –o al menos deben ponernos más que alertas- en torno a las medidas internas y externas que garanticen la llegada de nuestro oro; salvando pues, decía estos y de pronto otros detalles, este libro de Pablo Rafael González es una urgente referencia para asistir mejor apertrechados a los actuales acontecimientos. «Vale la pena analizar esta obra y su oportunidad», decía en el prólogo, escrito en diciembre de 2004, Domingo F. Maza Zavala.



[1] István Mészáros, El desafío y la carga del tiempo histórico, Vadell Hermanos, Caracas, pp. 75-76

[2] Luciano Wexell Severo, 2010, Economía venezolana (1899-2008). La lucha por el petróleo y la emancipación, El Perro y La Rana, Caracas



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