¿Por qué se ejerce la censura en las redes sociodigitales?

Un poder invisible incide en la construcción de las significaciones y en el perfil de lo que se define como verdad en las sociedades contemporáneas. No se trata del poder de los Estados, ni siquiera del poder de la clásica empresa industrial que hizo de Charles Chaplin –como en la cinta de Tiempos Modernos– un apéndice más de la máquina. Se trata del poder de un complejo militar/industrial/digital que tiene como puntal al capitalismo monopólico de las corporaciones de las tecnologías de la información y la comunicación. El poder de estas corporaciones no solo es financiero, sino que se extiende al control de la privacidad, la información personal y de la libertad de expresión.

Aunque más allá del manejo mercantil de los datos personales, las redes sociodigitales son parte de la infraestructura tecnológica que constriñe el ejercicio del pensamiento crítico y que instaura y generaliza el miedo a pensar. Una especie de policía del pensamiento, como la planteada por George Orwell en su obra 1984, se cierne sobre el neocortex y la metaconciencia. En ese ámbito se instala la construcción del poder a través de una especie de ministerio de la verdad.

Una élite global científico/tecnológica tiene raptadas las políticas públicas y las estrategias de los Estados. Estas plutocracias no logran pagar impuestos en sus países de origen ni ejercen una doble tributación, pero despliegan su poder en la plaza pública y en el mismo mercado. No bastándoles, su poder económico –como la apuesta de Elon Musk al comprar Twitter– se extiende a la construcción de lo que es asumido como verídico. El monopolio es también sobre la construcción y validación de lo que desde esas élites se define como la verdad y como información que define la agenda pública. La libertad de expresión no es un valor acorde con este carácter monopólico, por lo que no importa en ello la formación de cultura ciudadana, sino el incentivo de la emoción pulsiva y el predominio del sentimiento sobre el pensamiento y el razonamiento.

Al tiempo que se inhibe la libertad de pensamiento, las corporaciones digitales lucran con la propia información ofrecida voluntariamente por los usuarios. Esta concentración de la información y el poder económico no es compatible con los ideales proclamados por la llamada democracia liberal. Lo cual supone que ésta postergará o negará su propia realización conforme ese complejo militar/industrial/digital incida en la praxis política y en la formación de la opinión pública.

Los monopolios no solo se limitan al mercado, sino que estos escalan su poder hasta capturar el mismo poder e instituciones del Estado. De ahí que ese poder se disemina sin reparar en regulaciones estatales. Lo privado hace de la verdad una consigna que no se contrasta con la realidad, sino que se reduce a frases cliché que apelan a la emotividad de las audiencias, y con ello se ingresa en la era de la post-verdad o en el cinismo de la mentira encubierta. Pero ello no se limita a la misma lógica del mercado, sino que se extiende a la propia de la praxis política y torna a ésta en una parodia donde solo se expresa lo funcional, lo que no cuestiona las causas profundas y estructurales de los problemas públicos. Y cuando esas causas profundas intentan ventilarse, no solo cae la guillotina de la censura, sino que son ninguneadas, desacreditadas y estigmatizadas como ajenas, falaces y opuestas al pensamiento hegemónico y a sus supuestos incuestionables.

La censura digital recae, entonces, sobre aquellos que se distancian de ese pensamiento hegemónico y de quienes cuestionan a las élites plutocráticas. Pero se permite la supuesta libertad de expresión para infestar las redes sociodigitales de ofensas, insultos, mentiras y odio, que solo contribuyen a una funcional polarización que mantiene el debate público sobre cauces establecidos. Se particiona la realidad a partir de una postura maniqueista donde se divide a la sociedad en buenos o malos, derecha o izquierda, globalistas o nacionalistas. Entonces se desvía la atención sobre las causas profundas de las contradicciones sociales, y se sitúa la polémica en superficialidades pulsivas que solo encubren e invisibilizan el sentido de la política como praxis transformadora de la sociedad.

La censura es parte de una guerra cognitiva (https://bit.ly/3tAHZNP) que pretende ganarse en el terreno de la conciencia. Y en ella no se distingue entre lo que es verdad y es mentira, entre lo que es riguroso e incoherente. Simplemente la censura recae sobre aquello que es incómodo ante los ojos de los intereses creados. Pero la censura no la impone el Estado ni los regímenes contrainsurgentes como en antaño, sino que proviene de élites empresariales a disgusto con la misma soberanización del Estado y de su clase dirigente. De ahí que esa policía digital del pensamiento sea selectiva al coartar la libertad de expresión y las posibilidades de diversidad en las formas de ser, sentir y pensar.

El régimen cibercrático global (https://bit.ly/38tELk9; https://bit.ly/31hmV3f) está trazando contornos difusos entre lo público y lo privado, entre la verdad y la mentira, entre la permisividad ramplona y la censura. El gran problema es que no existe autoridad alguna en el mundo que, desde el sector público, regule y limite los alcances de ese régimen digital. De ahí la urgencia de arraigar el pensamiento crítico en las sociedades y de ejercerlo con responsabilidad y volcado al interés común y no a la pulsión y el individualismo hedonista. Más todavía: resulta urgente cambiar las prácticas en las relaciones sociales para ejercer contrapesos respecto a esa excesiva concentración del poder cognitivo.



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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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