Acta est fabula

Auge y caída del "Rey Sol" Gilmer Viloria

Las advertencias acerca del peligro que significaría la entrega de la dirección del proceso revolucionario bolivariano en el estado Trujillo al abogado Gílmer Viloria fue hecha temprano, a tiempo, y fue insistente, firme, aunque la marea triunfalista que envolvía a las masas en esos momentos dejó que ese llamado pasara por debajo de la mesa, y que quienes lo esgrimieron engrosaran la lista negra de esa chocante desviación política, ética y, en fin, conductual –aun persistente- que se dio en llamar “gilmerismo”.

No había en esta tierra de santos y de no tan santos, de sabios y de no tan sabios, nombramiento, propuesta, idea o proyecto con alcance colectivo, aún enmarcados dentro del nuevo movimiento encabezado por el comandante Hugo Chávez, que no pasara por la lupa inquisidora de Viloria, especie de nuevo Torquemada del patio a quien le salieron de inmediato acólitos que competían por ser más cerreros, más pedantes, más ufanos contra el pueblo, que él mismo. Los nombres y figurines abundaron: Armando Contreras, Benita Ramos, “El Zorrito” Martorelli, Luis Calderón, Octaviano Mejías, William Briceño (recordado compadrito del “Aquí estamos y aquí seguimos”, Orlando Castro) y otros de menor rango que esperaban plusválicos y malasangrosos turnos estelares.

Pero no era de extrañar, que a pesar de las posturas jalamecatéricas de los nuevos acomodados, acomodadores y por acomodarse, el humor, la chispa y la tizona lengua de los trujillanos comenzaran a tejer en torno a Gílmer, esa imagen de “Gómez Único” con la que sus servidores y servidos quisieron ensalzar al mandatario, a pesar de sus rabietas, de sus malcriadeces y grocerías hacia esas “nobles (y no pobres) almas” que el novelista Mariano Azuela llamara “los de abajo”.

Por eso, cuando el poeta Antonio Pérez Carmona madrugó y bautizó en su columna Calidoscopio como “El Marrajo” al pomposo gobernador, la queja de “los notables” gilmeristas fue al unísono, pero la sabiduría popular adoptó el mote con gracia, sin dejar a un lado la amargura por constatar la enorme metida de pata en que cayeron quienes se tragaron el cuento del Gílmer bolivariano, del Gílmer sencillo, del Gílmer amable, solidario y popular.

Y vaya que le hizo mal ese círculo de corifeos a la gestión del endiosado Gílmer, pues una micro inquisición, una mala copia del Comité de Salvación Pública francés, se fajó en el maquiavélico juego del “divide y vencerás” con la zancadilla y la trampa para los arreglos, los pases de facturas por expedientes hábilmente endilgados, burdamente amañados a quienes osaran levantar su voz crítica ante los desmanes de un Gílmer Viloria mimetizado en el “Rey Sol, Luis XIV”, en el “Yo, El Supremo”, en el “Incorruptible” Robespierre o en el “Petit Gobernador”, así como ante las tropelías de sus exégetas sinvergüenzones.

Viloria no solamente alcahueteó tal oprobiosa situación, sino que estimuló (nadando en los efluvios discurséricos, cuando se creía todo un Demóstenes, por poder y gracia de los jugosos contratos con los circuitos Rasimca y Globo) una baja y descarada retaliación contra la advertencia, la denuncia, la asepsia gubernamental, a favor del absurdo, del puntapié a la Constitución Bolivariana, del aprovechamiento de la figura del Comandante-Presidente y de la expansión de la marrajería generalizada de sus principales funcionarios en el maltrato hacia la gente, mientras otros pocos trataban de enmendar el capote.

Asimismo, a pesar del enfoque gilmerista en la construcción de escuelas, a lo Marcelino Domingo, y de las audiencias públicas, donde igualito el pueblo no tenía acceso al Gobernador Radial, su empeño en convertirse en el personaje principal de Mario Puzzo, apadrinando las vagabunderías de más de uno de sus funcionarios querubines, ayudó a empañar su mandato, tan igual como en el caso del poeta Pedro Ruíz, cuyas arbitrariedades y cobardes exclusiones hacia quienes no comulgaran su con jefecito, ensombrecieron su esfuerzo de darle ímpetu a las artes en nuestra entidad.

OCTAVIANO NO


Al arquitecto Octaviano Mejías le tocó hacer el papel de ungido, de continuador de la escuela gilmerista, luego del largo “tin marín de do pingüé” ensayado por Viloria, en su ambiguo deshojar de la margarita para entregar el ansiado testigo, en un lapso que dejó a más de uno con los crespos hechos, incluso a personajes que como sombras chinescas hoy se cuelan en la campaña de Hugo Cabezas, candidato del pueblo y del presidente Chávez para tratar de enderezar los no pocos entuertos existentes en la región, y quien seguramente esperará el momento oportuno para ubicar a cada quien en su santo lugar.

Muy tranquilo y sin nervios estaría hoy el arquitecto (y así lo ha comentado), contabilizando lo que hizo y dejó de hacer en la gobernación, si Viloria no lo hubiera designado a última hora como el candidato del gilmerismo en las elecciones internas del PSUV; pero el hombre dio la orden y su lugarteniente fue incapaz de desobedecer, y de eso, en honor a la verdad, nadie lo va a culpar, por que Octaviano está en lo suyo, buscando sumar y sumar, y no adeptos precisamente.

Lo que no deja de causar sorpresa y risa, como diría Rafael Pinto, es esa “tontalgia” de Gílmer, de Octaviano y de no pocas personas a quienes considerábamos más analíticas, más sensatas, al creer que, en realidad, Octaviano Mejías (vale decir Gílmer Viloria) se alzó con la victoria en el proceso interno del PSUV en el estado Trujillo.

Y no estamos diciendo que Octaviano perdió al final por no pasar del 15% de los votos frente al segundo lugar, sino simple y llanamente, que los votos “obtenidos” por Octaviano en esa justa no aguantaban la más mínima auditoría o revisión. Por eso lo que a uno le provoca es echarse una carcajada cuando hablan de Octaviano como “el gobernador de las mayorías”. Por Dios!!!

¿Quién no recuerda que ese domingo 1 de junio hubo uno de los más descarados despliegues de dinero, de triquiñuelas, de abusos de autoridad en pro de las candidaturas de Gílmer Viloria? El atolondramiento era tal, el desparpajo, la desvergüenza, que dejaron en pañales a muchos adecos expertos en tales lides.

Los centros electorales estaban tomados a la sazón por una reserva militar cuidadosamente seleccionada en aras de favorecer al gilmerismo. Y la mascarada mayor, el teatro impensable se llevó a cabo: A las 6:00 de la tarde el pueblo fue “sacado” de los centros de votación “para evitar problemas” con la anuencia del CNE regional y la triste complicidad de personas que manifestaron (de la boca para afuera) su desacuerdo con ese bonche de la indignidad. Es decir: el pueblo tras las rejas de dichos centros y las máquinas de votación solas ante la arremetida digital de los bárbaros y sus cómplices. Ante esta “comedia humana” que habría hecho palidecer a Balzac, quedaban enanas las abiertas violaciones a la ley electoral que repitieron una y otra, vez desde tempranas horas de ese domingo, los guapetones y apoyados “cerebros” billetéricos del gilmerismo.

Pero como no hay mal que dure cien años, la venidera derrota electoral de Octaviano, este 23 de noviembre, se cerrará el ciclo del tristemente célebre gilmerismo trujillano, período que de haberse teñido de humildad, de humanismo, de participación democrática, de pueblo, se habría alejado de las larga lista de mediocridad que ha caracterizado las gestiones gubernamentales contemporáneas en este territorio de los cuicas.

HUGO SIN OTRA OPCION

Sin acudir a referencias de terceros, de Hugo Cabezas podemos resaltar su disposición para el trabajo, su apego por el estudio y por la lectura en todos los órdenes, su don de mando y su sana manía de dar seguimiento a cada tarea hasta que a la misma se le dé solución. Y si bien físicamente estuvo alejado del suelo trujillano en los últimos años, fue preparándose académicamente y asumiendo papeles en los que debió embraguetarse para no salir chamuscado en pleno ojo del huracán gubernamental. Pensamos que esa es una razón más que valedera. Se da el caso de otros que se quedaron en Trujillo, pero sinceramente le hubieran hecho un favor a su terruño manteniéndose bien lejos.

No obstante, Cabezas deberá estar muy atento para que no le metan gato por liebre una serie de personajes que están prestos a colarse en su gabinete y quienes que no le harían ningún bien a su gobierno, pues sus rayas tigreras son harto conocidas, y más que beneficios, le traerían malestar y enredos, y el valioso tiempo que invertiría en resolverlos se le restaría a la enorme tarea de empezar a poner orden en Trujillo.

El pueblo chavista o no, sabe que Cabezas no se conformará con una “gestioncita” más o menos, “humildemente”, como dice Gílmer en sus monólogos radiales, sino que impulsará ese Trujillo que bajará del discurso a la praxis creadora, humanista, engrancededora.

A Hugo Cabezas le tocará destrozar, sin concesiones, sin metáforas, el balde de alacranes en que lastimosamente se convirtió el poder en nuestro estado, para construir, junto al pueblo, la esperanza palpable, el sueño tangible del Trujillo pujante, hermoso, floreciente, fuerte, moderno, honesto, que muchos se han cansado de esperar. Mientras, los alcaldes que resulten electos deberán olvidarse de la parcela, del reducto, de la pantallería, y pisar tierra para ponerse a la altura del compromiso general con Trujillo, o el pueblo les pasará por encima.

Hugo no tiene otra opción que liderar con firmeza este enorme reto. Él tiene las credenciales, el carácter y la conciencia para cambiar esta historia. Como dijo Julio César antes de cruzar el Rubicón: “Alea jacta est”, o “La suerte está echada”. Enhorabuena.



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