La Idea de Mérida en Tulio Febres Cordero

"Si la belleza es algo así cual el brillo

Resplandeciente de la Idea"…

Plotino, Enéada sexta, VI,18.

Entendió Tulio Febres Cordero (Mérida: 1860-1938) la necesidad de dotar por exigencia divina (o por el reclamo de su inteligencia) a su ciudad nativa, junto al connatural entorno andino, de su ser. No bastaba —sería perezoso— conformarse con la hermosura física de su paisaje urbano y montaraz, no bastaba resignarse —sería negligente— con la solidez de sus instituciones basales: la Universidad, la Iglesia Católica. Por cuanto a ellos una realidad esencial mayor los sostenía, la profunda, la íntima, la singular en el espacio venezolano: la Idea de Mérida. Percibió Tulio Febres Cordero al través de sus exhaustivos saberes de historia regional, de la claridad de su pensar, por la vocación de libertad expresiva de su escritura, por la musicalidad de su prosa, para así discernir esta categórica afirmación: la poesía es el ser, significa la poesía —más allá de los versos— la artística creatividad literaria, la transcripción en melos (música), en pictoricidad, en voces, en la nitidez del mýthos, en lo emotivo, en lo artístico de la elocución, del almaespíritu tanto de las cosas como la de su único testigo presencial, el escritor. Sólo la poesía ilumina, revela la Idea, la realidad perfecta cual una aspiración retante, ineludible, un hado, un destino. Para don Tulio el ser de Mérida es la Idea de Mérida en su permanente hacerse hacia la excelencia (pese a las veces insoslayables caídas, errores, absurdidades). La Idea de Mérida conduce de la mano a la urbe en la búsqueda de la perfección, de la gracia, de la bondad, de la belleza, señalando su salvación, lejana de cualquier caos posible en los caminos del tiempo.

Concibió siempre Tulio Febres Cordero a Mérida —sobre su sereno piso social con relaciones étnicas nunca tan disímiles— cual una polis griega, valga decir una urbe centro político, gerencial, religioso, intelectual, con definitiva fuerza administrativa sobre el ámbito geográfico cordillerano, la parte alta del estado en su expandido verdor, con sus aldeas, villorrios, alquerías, de su andina gente; constituirá éste el territorio con destacada presencia en sus escritos. Nomino yo a este singular espacio, en uno de mis libros de poesía, el País de las Nubes. Ahora bien, en las investigaciones de sus anales, de sus décadas, en su dilatado narrar tan imaginativo (novelas, cuentos, tradiciones, leyendas) a este mundo de los Andes lo concibió dentro de un orden clásico: equilibrado, fúlgido, sano, transparente, optimista, virtuoso, donde las manifestaciones del mal nunca poseen opción de subsistencia. Cuando hay referencia al futuro éste cual un devenir se ofrece, preferible alternativa al presente circunstancial de la contingencia o al pasado. Para don Tulio el tiempo no fue ni será ni es, el tiempo está, extendido cual una divina fortuna democratizada al alcance de cada uno por sus actos de valía. Afincó en ello la exigente fidelidad del testimonio de su reflexionar en la concepción del ser de la polis de Mérida. Para don Tulio la historia no es pasado sino historia, un tiempo vivo pero en otro horizonte, en otro estrato del existir. Indentifícase el vocablo "pasado" con las cenizas, con el silencio, con el olvido, con el polvo de los sepulcros, por el contrario la energía de "lo sucedido" en la historia tiende a aflorar constantemente en la realidad, en el hacer y rehacer de lo contemporáneo; así don Tulio lo entendió.

Desarrollarán las inéditas páginas algunas afirmaciones guías de esta breve disertación: con respecto a la validez de lo nominado nitidez del mýthos, usó el recurso de la mitificación Tulio Febres Cordero para fortalecer el descubrimiento del ser, de la Idea de Mérida. De su leyenda LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS el párrafo tercero se transcribe:

"Eran aquellos los días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, la primera mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes del Ande empinado. Era hija del ardiente Zuhé y de la pálida Chía; y remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina y jugaba como el viento con las flores y con los árboles".

Ofrecen una justificación de su estar en un espacio de la tierra los remotos pueblos con sentido de sí mismos cuando identifican el útero de la mujer con la Madre Gea, de donde todos salimos al fin y al cabo, crean entonces el arcaico tema de "la primera mujer"; entre los indios Mirripuyes se le nombró Caribay pero ya conocíamos aquella "Eva" originaria de los israelitas. Tiene así pues Mérida el mýthos de su primera mujer, su primitivo vientre originario, la princesa Caribay de los antiguos pobladores del "Ande empinado". Ha constituido siempre el vehículo vocálico del mýthos la poesía, don Tulio bien lo sabía, por eso, en un horizonte más cercano, para elevar a la polis de Mérida —la urbe junto a su entorno andino— e insertarla cabalmente en la génesis de la Guerra de Independencia, en el nacimiento de la República de Venezuela, mitificó el vínculo indiscutible de Bolívar con Mérida desde los comienzos de la Campaña Admirable cuando el héroe arribó a esta villa el 23 de Mayo de 1813. Nárralo con gallardía en las conocidas páginas agrupadas bajo el rótulo de BOLÍVAR EN MÉRIDA. Transcríbense el párrafo seis, luego el párrafo once,

"En una hermosa mañana de Mayo, el mes de las flores por excelencia, la ciudad melancólica se alegra, sus desiertas calles se llenan de gente, las campanas se echan al vuelo y en los balcones y ventanas de sus casas semiarábicas, brillan ardientes y seductoras entre dulces sonrisas, los negros ojos de recatadas doncellas que esperan anhelantes el desfile de la vistosa comitiva, donde viene el guerrero afortunado, el caballero de la Torre de Plata y de la Celeste espada".

(…)

"Así habló el viejo Rivas, padre de Rivas Dávila, y enseguida aquella asamblea de próceres y todo el pueblo agolpado frente a la casa Consistorial gritaron a una: ¡Viva Bolívar! ¡Viva el Libertador! Quedando así ungido con este sobrenombre el futuro fundador de cinco naciones soberanas".

Nadie a Mérida puede arrebatarle la inteligente acción de haber ungido a Bolívar por primera vez con el cognomen de El Libertador. Enriqueciendo con ese acto el ser, la Idea de la ciudad sobre un episodio real convertido en poético mýthos por don Tulio. La identidad de Mérida con Bolívar, con la libertad, con la democracia, con el republicanismo, acá nació. Instituyó la insólita consecuencia de admitir entre el héroe y la polis andina, en término teológico, de una consubstancialidad, iniciada aquí por el otro héroe, el héroe intelectual, don Tulio, expandida por siempre por el lato país de la historia.

Se señaló en los comienzos de estas reflexiones el atributo de la pictoricidad, con ello se quiso destacar la naturaleza de artista del almaespíritu de Tulio Febres Cordero. Por diversas vías expresivas sus sentimientos hacia la pintura alegran su narrar, nombra él con júbilo los colores acompañantes de substantivos emblemáticos de los paisajes por donde se desplazan las acciones de sus fábulas, las rutas de los protagonistas de los episodios de sus contares. De su leyenda LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS estas frases se han extraído: "pálida Chía", "sombras errantes", "láminas de plata", "onda azul de Coquivacoa", "jaspeada de gris y esmeralda", "cuerpos resplandecientes", "el firmamento azul", "vago resplandor", en fin.

Se mencionó también, supra, la musicalidad de su prosa literaria para referirse al melos, ese recurso expresivo artístico de la vieja retórica mediante el cual el escritor logra la eufonía semántica, la armonía significativa en el fluir del discurso. El melos en Tulio Febres Cordero nunca representa un elemento estético aislado sino refuerza lo conceptual de su prosa sin restarle encanto sonoro a su narrativa. Léanse u óiganse los párrafos uno, siete, ocho, corroborantes de lo afirmado, prestados de LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS:

"Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas cuyos enormes cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas".

"Aterida de frío volvió sus ojos al Oriente e invocó a Chía, la pálida luna y al punto detuvose el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas y un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte".

"Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna había aparecido y en torno de ella volaban las cinco águilas blancas refulgentes y fantásticas".

Se apuntó además líneas arriba la virtud de don Tulio llamada por quien esto explica la libertad de vocación expresiva, evidente en el ludismo del tejido fabulario de sus ficciones. Sabiamente este merideño soslaya en la prosa de sus novelas, de sus cuentos, de sus leyendas, de sus tradiciones la disposición habitual del discurso lineal cotidiano para optar el lujo de transferir al lenguaje escrito, a las metáforas, a las hipérboles, a las metonimias, la lógica de las emociones, de las sorpresas para crear el encanto poético en la aventura del maravillar, salvar al lector del aburrimiento de los quehaceres diarios. Súmase a ello cual refuerzo la decorosa hilaridad frecuente entre los hilos de su fabular, ese sutil humorismo suyo. La prueba más palpable de esta valentía composicional la enseña su novela Don Quijote en América o la cuarta salida del ingenioso hidalgo de la mancha. Atraviesa, pues, por toda la obra propiamente de literatura de don Tulio ese peculiar eje significativo conformado en su disposición por lo insólito, lo admirable, la ameneidad, la elegante eufonía, la luminosidad de su estilo: ello lo artístico de su escribir determina.

Resalta también entre las virtudes de la narrativa de Tulio Febres Cordero la elegante audacia de su escritura, la valentía del decir de las fábulas de sus cuentos, novelas, leyendas, tradiciones. Sorprende a los lectores por la gallardía de la expresión de su relatar sobre la adecuada eufonía de las frases. En la lid para abrirse un digno espacio interesante en la historia literaria sólo la osada creatividad, la original elocución ganan. Atrevo a asentar acá, finalmente, después de un siempre leer las historias, las narraciones de don Tulio lo siguiente: los autores pusilánimes, pacatos, mojigatos, nada aportan a la grandeza intelectual de su gente, por el contrario los escritores audaces, tal el caso de don Tulio Febres Cordero, la conciencia artística de su país elevan, la ejercitan en la estética del imaginar e inclusive les despiertan la pasión por la intrepidez, tan vital para la creatividad.

Precisaré así el párrafo final de este escrito: ante las múltiples definiciones racionalistas imposibles del ser yo me arriesgo a sumar una aunque de índole diferente: el ser un sentimiento constituye. Significa Tulio Febres Cordero un sentimiento esencial. Corporiza la Sierra Nevada un sentimiento existencial. Mérida es su Idea.

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Textos consultados:

Tulio Febres Cordero, Antología bolivariana, Mérida Biblioteca de Autores y Temas Merideños, 2013, pp. 33-37.

Tulio Febres Cordero, Archivo de historia y variedades, Caracas Editorial Sur América, 1930, tomo II, pp.40-41.

Tulio Febres Cordero, Don Quijote en América o la cuarta salida del ingenioso hidalgo de la mancha, Mérida Tipografía El Lápiz, 1905, 308 p.

Rosalba E. Mirabal S., Bibliografía de Tulio Febres Cordero, Mérida Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, 1983, 23 p.

 

*El autor nació en Caracas, Venezuela, en 1938. Poeta, ensayista, investigador y crítico literario venezolano. Licenciado en Letras en la Universidad Central de Venezuela (curso 1960-1964). Profesor Titular Jubilado de la Universidad de Los Andes. Director de la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades de la ULA (1975-1976). Director Fundador del Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres de la misma Universidad (1977-1979). Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Los Andes (1979- 1981). Miembro de la Academia de Mérida y Bibliotecario de su Directiva (1993). Miembro fundador de la legendaria revista literaria EnHaa. Cursó estudios de posgrado en España y Francia. 

 

lpoetajotape@gmail.com



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