Como los escuálidos no pueden, Marcaco clama a los brujos

Adriani Azzi prometía en el 2002 mucha sangre en las calles de Venezuela. Su bola de cristal se volvía roja, se encendía, cuando le preguntaba por el futuro de Venezuela. Ella no veía la situación del país oscura sino muy sanguinolenta. Pero estos brujos siempre tienen clientela, acierten o no en sus memeces. En estos momentos los negocios de la brujería se han disparado brutalmente: polvos, ungüentos, bebedizos, oraciones negras y rezos del tabaco a millón entre la gente de la oposición. Ya casi no sacan a la Virgen María o la Betamia en las marchas sino al Negro Felipe, a Guaicaipuro, José Gregorio Hernández, María Lionza, Machera (el santo malandro), ánima del Taguapire, San Alejo, Don Juan del Volteo, Padre Nuestro Al Revés, Ánima Sola, San Miguel Arcángel, … no importa que muchos de esos santos, curanderos o brujos, sean hoy chavistas. Maraco reza todos los días. Maraco quería matar a Chávez, y se lo pedía todos los días a sus “santos” pero éstos no le cumplían sus plegarías. Maraco practicaba tiro al blanco, trotaba y se leía los manuales de la guerra irregular para cuando lo llamara Robert Alonso a tomar el palacio de Miraflores. Ahora sus santos parecen haberle olvidado. Él fue el que soñó un día que con una huelga de hambre de estudiantes, podría salir a la calle y se lo mandó a decir a Bobolongo. Y Bobolongo dio la orden, y aquello se fue de culo, y a Maraco lo dejaron en su cuartico, en La Planta (Resguardo 1), preso y esperando otros sueños. Ya no sabe en qué creer Maraco, y en su tiendita, echado desde hace 257 días, está adornada con una tela azul estampada con la inscripción "Happy" que dicen trae buena suerte. A esas tiendita les dicen Buggy, también. “Me han dejado solo con los santos”, le dice a su compañera Norma Vidal. Desde su tiendita estuvo siguiendo la transmisión, por un video, de la última marcha de estudiantes. Allí vio los culos de sus muchachos, aquellos a los que él tanto acompañaba. Algunos los reconoció en el acto. “Sí, ese es el de Carlos Antonelli, aquel el de Juancho Río Prato, ese otro es el de Carlitos Salvatierra y cómo se ha puesto,…” Podía identificarlos a casi todos. Su verdadero nombre es José Dacre, y se toca en el pecho la medalla con la imagen de José Gregorio Hernández, ya bastante gastada. Él no la pasa nada mal: tiene toda la prensa nacional, libros de brujería, música y ciertas exquisiteces que ni la clase media de gasta: buenos quesitos, dulces importados, ricos enlatados. Pudo colocarle cerámica al piso, tienen un baño limpio, una cocinilla eléctrica, una nevera pequeña y ventiladores. Qué más. Y por supuesto, un altar de santos criollos y restos de las ofrendas: “caramelos para el Santo Niño de Atocha, un tabaco a medio consumir para Francisca Duarte y un velón blanco derretido para María Lionza”.

“Ay –dice- esas marchitas no eran como las de antes, como aquellas que dirigíamos Cabeza e´ Motor y yo. Les hace falta arrestos, empuje, metralla. Yo siempre iba al frente, con el camión de sonido que manejé desde que entré a la lucha política al lado de Leopoldo López. Toda mi vida conduje vehículos pesados. Así levanté a mi familia y eso era lo que podía hacer contra este gobierno autoritario. Yo era el que agarraba un megáfono y le decía a los muchachos que se sentaran en el piso y levantaran las manitas blancas. De esas primeras experiencias surgió la mano abierta como símbolo del movimiento estudiantil pacifista. Desde entonces, cada vez que los muchachos necesitaban el camión de sonido me llamaban. Siempre traté de evitar la violencia e intercedí por los estudiantes ante la PM. Hablaba con el comisario Corona, por ejemplo, para ponernos de acuerdo sobre la ruta y el lugar de destino de una marcha. Ellos mandaban un funcionario de inteligencia que vigilaba el camión y me decía: "Cualquier cosa me pegas un grito". Nadie me puede acusar de blandir un arma o algo por el estilo… Estuve en Primero Justicia y me fui; estuve en Un Nuevo Tiempo y me fui... Ya no sé a dónde meterme para también irme, porque aquí todo está muy mal. Parte del reto es lograr una dirigencia política de oposición que esté en sintonía con la gente. Y al que amo de verdad, y lástima que esté muerto, es a Rómulo Betancourt. Ese sí era un cuate arrecho: Para mí Rómulo, fue un político excepcional, de los cuales ya no hay. Bueno, escampará, como dicen, pero después de todo no me siento mal; yo como estoy mejor que cuando libre. Así son las vainas de la vida.”


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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