Si los hijos de Baltazar Porras hablaran

Los pecadillos del obispo Lugo se han puesto al descubierto sencillamente porque cometió la locura de conquistar la Presidencia de la República del Uruguay. Si se hubiera quedado tranquilo, convertido en un dulce pastor de ovejitas (descarriadas o no), allí estuviera tranquilo, en su dulce trono recibiéndolas a todas y convertido en un hombre curador de almas, dispensador de sanaciones para las atribuladas niñas o damas que siempre necesitan algo de fe, de consuelo en sus soledades y de “ayuda” del Señor. El pobre Fernando Lugo se pasó de listo y no calculó bien su desafío. Convertido en el político más poderoso de su país, todas aquellas hazañas suyas se iban aponer al descubierto. Y el peor crimen que cometió fue además, aparecer como un hombre de izquierda. Si el obispo Baltazar Porras se hubiese declarado hombre de izquierda la tierra, desde Calabozo hasta Mérida hubiera temblado del mujerero que se habría sublevado reclamándole la paternidad de sus hijos. Los besos y halagos recibidos, los derroches de locura desatados por durante su juventud.

¡Dios mío, si se conociera la verdad!

Nada santo fue ese fastuoso sauna para dos personas que se hizo construir, en el palacio Arzobispal de Mérida.

El tutor del obispo Baltazar Porras Cardozo, fue don monseñor Miguel Antonio Salas, quien tuvo unos desvaríos con una señora de Valle de la Pascua. (Mérida es un infierno de perdición de curas. Al cura de San Rafael de Mucuchíes lo mató un pleito horrible que armaron sus amantes, (invito a que se lean el libro “Obispos o Demonios”).

Quien inició a Baltazar en sus calaveradas fue, digo, monseñor Salas quien lo conoció en Calabozo (Estado Guárico) y le vio y le midió sus temibles y densas agallas; el joven Baltazar llevaba allí una vida nada recatada. Calabozo es un pueblo infernal por lo caluroso, y el llamado “burro llanero” vuelve loco a los hombres. Allí hizo muchas locuras con esas fogosas muchachas campesinas, y a él se le conoce un hijo que hoy tiene 27 años y que regularmente va y le hace visitas en su palacio Arzobispal de Mérida. A Baltazar, por su vida nada santa, lo tuvieron que sacar de Calabozo y lo mandaron para Salamanca, siempre muy bien protegido por don Miguel Antonio Salas. Allá en España desató Baltazar todas sus pasiones, empinando el codo y viajando a lo grande. No se perdía una sola corrida de toros y se hizo muy experto en las fiestas bravas, y hasta estuvo en los campos de Andalucía aprendiendo algo como La Lidia del toro bravo, el asunto de la variedad bovina de los lances con el capote: La Verónica y la Media Verónica, Largas, Gaonera, Faroles y Chicuelinas.

Cuando volvió a su bella Venezuela, andaba con esa fiebre de torear y un día en una de esas haciendas de ricos (al parecer en las de los Grisolías) se puso a torear un novillo y el animal lo cogió por una nalga y lo revolcó muy feo. Anduvo un tiempo descalabrado. La insólita croniquilla salió en un diario del Táchira y se le atribuyó al padre Ecio Rojo Paredes, director del diario El Vigilante. Don Ecio Rojo, muy inteligente por cierto, tenía un hermano obispo de Calabozo y quien conocía el personaje al dedillo. Baltazar le hizo la guerra y la cruz a don Ecio y hasta que no le vio el hueso y bien enterrado, no lo dejó en paz.

En Mérida, siendo obispo auxiliar de don Miguel Antonio Salas, Baltazar se dedicó a orgías y bacanales, en las que se le unían amiguetes del rectorado de la ULA y de la Gobernación. Yo, por aquellos años de finales de los ochenta y principios de los noventa conocí y fui amigo de una de sus amantes. Bien pendejo que fui que no recogí todas aquellas historias, que la muy bien dotada (de pechuga) dama quiso contarme. Años de intensas locuras. Ay, si esas paredes del palacio Arzobispal, hablaran. Téngase en cuenta que un grupo de cursillistas estuvo completando una serie de procedimientos para acusar a don Baltazar en Roma. Tenían hasta vídeos sobre el asunto. Por estas debilidades monseñor Porras perdió la amistad con los padres Anzil y Ramón Flores.

Por eso hoy Baltazar busca protegerse ardientemente con los desaforados medios de comunicación como Globovisión, porque todo lo que pudiera salir a flote sobre su vida, entonces él podría declararlo como parte de una campaña perfectamente ejecutada por el régimen dictatorial de Chávez, que criminaliza toda disidencia y toda protesta. Estos curas, como el Ugalde, sí es verdad que pueden hacer todos los delitos que les venga en gana, y nadie tocarles un pelo…

Pues, bajo la dirección de Salas, monseñor Porras se hizo un artista del disimulo; se fue empapando en esa manera admirable de entrometerse en las cuestiones del Estado y de los partidos para recibir buenas y jugosas donaciones y apoyos financieros. Monseñor Salas era atrevido y audaz a la hora de entrometer a la Iglesia en cuestiones partidistas: En 1988 cuando se hizo la primera elección de gobernadores en Venezuela, monseñor Salas se cuadró con el candidato de Copei, doctor Jesús Rondón Nucete; los curas recibieron la orden de hacer en sus homilías proselitismo político a favor de este candidato, y lo más insólito fue que el día domingo cuando realizaban las elecciones y cuando estaba terminante prohibido por el Consejo Supremo Electoral que se hiciese propaganda por medio alguno, monseñor Salas ordenó encartar en la prensa nacional y local un escrito a favor de Rondón Nucete. Y aquel empuje fue determinante para que ganara El Reyecito (como llaman a Rondón Nucete) ganara.

La euforia arzobispal fue tal que para celebrar el triunfo ordenó Miguel Antonio Salas hacer un Te Deum. Todo esto de la manera más cínica y baja, porque pocos meses atrás yo le había solicitado a monseñor que se realizara en Mérida con la ayuda de la Iglesia una campaña contra el crimen por la manera horrible como había sido asesinado en Caracas el abogado Luis Ibarra Riverol (quien había denunciado a unos generales corruptos), y de la manera más tajante y soberbia me respondió: “- ¡LA IGLESIA NO SE PUEDE METER EN ESO!”

Estos curas sinvergüenzas se dan “la gran vida” precisamente porque son los que menos creen en Dios. Dicen estar contra el aborto, pero bajo cuerda son los que más mandan a abortar niñas que ellos mismos se cepillan en sus criminales cacerías.

Nuestros pobres países están repletos de víctimas de los desquicios de algunos curas. Qué crimen resulta que muchos de ellos vivan violando niños y niñas y no asuman ninguna clase de responsabilidad por sus actos. Por eso mismo tienen tantas mujeres, y sobre todo casadas que son las que por su condición están incapacitadas para reclamar nada. La Iglesia es el hombre que las acoge a todas. No saben después qué hacer con todos esos niños no deseados que procrean, con madres adolescentes que son víctimas de sus locuras repentinas. A esos curas les importa un pepino que vengan hijos como sea, y luego la Iglesia les pone a esas pobres mujeres condenas monstruosas por haberlos tenido: No se los quieren bautizar, humillan a las pobres con reprimendas morales y castigos espirituales. En algunos colegios católicos se les exige a los niños la partida de matrimonio de los padres para poderlos inscribir, y no se aceptan hijos de parejas divorciadas. ¿No es acaso esto un cinismo y una monstruosidad? Verdaderamente que no hay nada en el mundo más insensato que la teología.

La sexualidad, señores, no hay Cristo que la reprima. Si los obispos se reprimieran no tuvieran esos cuerpos que se gastan, esas naves “milagrosas” que ofenden a todo mundo ni a esos niños que los llaman “tíos”, y después tienen el valor de ir a marchas “Por la defensa de la vida”. No me jodan.

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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