Así era la Cancillería venezolana

Historias ocultas de la despreciable élite que le jala a la burguesía

1.- En primer lugar, nuestras investigaciones nos conducen a que ciertamente Marianela Salazar sí era virgen a los dieciocho años. Estudiaba en el Internado San José de Tarbes de El Paraíso, y cuando se graduó de bachiller creía fehacientemente que si decía una mentira el diablo se la llevaba. Tuvo suerte, porque de su promoción casi todas se mantuvieron vírgenes hasta los veinte y pico. No se le veía nada de “felina” como luego lo fue desaforadamente de adulta. Más bien era la mujer tipo manzana: muy gorda de las caderas hacia arriba y las piernas muy flaquitas.

2.- En ese colegio -como buen colegio católico de monjas francesas para aquella época-, había chicas privilegiadas. Privilegios tontos pero que significaban mucho cuando se es niña: llevar la fila; cuidar la disciplina en la clase; participar en los actos de fin de curso; bailar la cuadrilla y nunca jamás ser castigado; todos eran privilegios reservados, por ejemplo, para la esposa de Marcel Granier: Dorothy Phelps y su hermana Anita, quienes también estudiaban allí; su prima María Cristina Punceles; su otra prima Ignacita Fombona (hija de Jacinto Bombona Pachano); su otra prima: Helena Hernández Tovar, casada después con Alfredo Travieso; Matilde Azpúrua Capriles, sobrina de Capriles el de la Cadena; las Arráiz, las Mandé Paul. Marianela Salazar no tenía privilegios. Sencillamente no era de la “high”, por lo que después trató de volar alto relacionándose con el poder presidencial y mediático. Aún así no le dejó llegar lejos. Los de alcurnia no perdonan ni aceptan melindres en sus propios ámbitos.

3.- En ese colegio no se aceptaban hijas de padres divorciados ni hijas ilegítimas. No fue cierto lo que se corrió por esos lares de que Johnny Phelps no deseaba que Marcel Granier se casara con Dorothy. Nada de eso. Marcel fue tremendo partido para ella, porque las Phelps son más feas que escupir en la Iglesia, y era archisabido no levantaban ni con poleas. Cualquiera hubiese sido bienvenido como yerno, sobre todo en aquella época que si no estabas casada a los veinte ya eras una solterona. Además, él tenía apellido francés, y eso gustaba mucho en aquella época. Fue, pues, un tipazo para Dorothy.

4.- Cuando la Cancillería estaba en manos de Arístides Calvani, dominaba el Opus Dei, y se prohibió terminantemente que las mujeres funcionarias usaran pantalones. Entonces, eran figuras centrales allí, los Rodríguez Iturbe y los discípulos de Calvani: Oswaldo Páez Pumar, Pedro Paúl Bello, Gabriel Ruán Santos y también Roy Chaderton. El Embajador Julio César Pineda hizo su aparición por los años 80. Este lacayito de elevada jeta, se casó con Dubravska Purkarevick quien fue representante de Venezuela en el Miss Internacional, en 1972. Ella fue la autora de una tira que se publicaba en “El Universal”, llamada: “Amor es….”, y después de recopilarlas todas, publicó un libro que fue bautizado con más gala que Don Quijote.

En ese Ministerio nadie trabajaba. Los almuerzos eran en restaurantes de lujo y los empleados se echaban en ellos toda la tarde. Quien trabajaba era castigado, y además muy mal visto. Enviar a un diplomático a los países de la OPEP constituía un castigo político, y no importaba si hablabas el idioma o no, si sabías de petróleo o no. Era un simple castigo. Los políticos y palanqueados ingresaban a los cargos más altos y a los países que llamábamos de la Línea Revlon: USA, Reino Unido, Italia, Francia, España, Holanda, Argentina, Chile. El Cardenal Quintero -quien suscribió en 1964 el Convenio de las relaciones entre la Iglesia Católica y la República de Venezuela-, envió a toda su familia al servicio exterior. Uno de ellos fue Marcos Gil Torres, esposo de una sobrina del Cardenal: Graciela Quintero de Gil, que pasó toda su vida de Cónsul en Génova. Su hija, María Milagros Gil Quintero también ingresó en la Cancillería y todavía continúa allí.

La gente se presentaba con “cartitas” de Blanca Ibáñez y había que designarlos para el destino que ella exigiera o el que ellos mismos escogieran y con el rango que fijaran. A Curazao llegó como Embajador (rango que no podía existir en esa isla, pues es una ciudad de los Países Bajos), Pablo Márquez Gil, por cierto un llanero del Edo. Apure, casado con la Consultora Jurídica del Banco Latino de nombre María Isabel. Este orondo “Embajador” sólo asistía al Consulado los días miércoles y el resto de la semana vivía en Caracas.

El Instituto Venezolano para la Cultura y la Cooperación en Curazao vivía cerrado y el “Embajador” ordenó que no lo abrieran porque él de cultura no entendía ni pito. Que eso era lo más fastidioso del mundo. Lo suyo era descansar y rumbear. “Un diplomático –aclaraba- debe ante todo dedicarse a hacer estómago”. El Instituto quedaba en una casa ubicada en Perseusweg que ni se veía pues el monte la cubría completamente. Llevaba dos o tres años cerrado.

Cuando Lusinchi hizo su gira por el Caribe en 1987, en su comitiva iba Edmundo Chirinos, para entonces Rector de la UCV; Eladio Lares, Guillermo (Fantástico) González y Orlando Urdaneta. Estos tres últimos no asistieron a ningún acto sino que se la pasaron los tres días en la piscina del hotel comiendo y bebiendo de lo bueno y de lo caro a costa de los gastos de funcionamiento del Consulado. A estos tres histriones no se les vio más hasta la hora de la partida. Y en ocasiones se les veía furiosos por el calor y porque no había vehículos oficiales suficientes para atenderles, pues no estaban en la lista de la delegación presidencial.

En la pre-gira que hizo la Casa Militar, el Jefe de la misma se reunió con el Primer Ministro de Curazao para la fecha, Don Martina, su Director de Protocolo, el “Embajador” Pablo Márquez Gil, el Director de Protocolo de la Cancillería Moris Eiris Villegas, y el cónsul de Venezuela. El jefe de la Casa Militar extendió el plano del Hotel sobre la mesa y dijo: “la habitación 501 para el Presidente Lusinchi y la 503 con puerta de por medio para la Dra. Ibáñez”. Don Martina se levantó de un golpe del asiento y preguntó furioso: ¿Y ella va a venir? –Claro, es la Secretaria Privada del Presidente, respondió el Jefe de la Casa Militar. El Primer Ministro Don Martina le aseguró que ella no entraría a ninguno de los actos. No cedió para nada aunque el Jefe de la Casa Militar le pidió que la dejase a entrar a la Universidad donde Lusinchi recibiría el Honoris Causa de la Universidad de Las Antillas. Otro acto fue la inauguración de la Autopista.

Lo primero que hizo el attaché civil de Blanca Ibáñez al bajarse del avión, fue dirigirse a un funcionario diplomático con un papelito doblado y le dijo: “Vaya usted y le compra esta lista de quesos, que son para la Doctora. Ibáñez.” La encomendada para esta función, la cumplió de manera tan excelente que por orden presidencial, al día siguiente fue ascendida a Cónsul de Segunda. Esa era la meritocracia.

El descomunal lujo y protocolo imperial desplegado con lo de la visita del Sha Rheza Pahlevi supera todo surrealismo posible e imposible: la Casa Amarilla tuvo que alquilar objetos de lujo en las casas de las familias del Country para que los salones estuviesen a la altura y el esplendor del invitado. El vestido de Farah Diba era todo bordado en diamantes y esmeraldas. Fue allí al final de la fiesta cuando el copeyano Roberto Ackerman bajando las escaleras con más palos que una caja de fósforos, se cayó y de los bolsillos le salieron las cucharillas y otros cubiertos de plata que se habían usado en la cena. Fue en esa cena también cuando a Antonio Hernández Grisanti, Ministro de Minas de Lusinchi, lo picó una abeja en el paladar que estaba escondida en una cayena que decoraba un cócktail. Los alaridos pusieron en alarma a cientos de agentes que controlaban el sector.

-Ramón Escobar Salom fue despedido del cargo de Canciller por CAP, encontrándose CAP en Nueva York. Cuando Escobar Salom abandonó la Casa Amarilla juró que se vengaría de CAP, como en efecto lo hizo cuando fue Fiscal. No se trató de castigar al corrupto de CAP sino de una venganza personal que él había jurado cumplirla.

-Otra cosa de la IV eran los estrados, gradas y palcos especiales que tenían algunas instituciones. Por ejemplo la Corte Suprema de Justicia. Siempre se veía por allí a Víctor Rodríguez Cedeño, Mylos Alcalai e “Ignacito” Arcaya. Eran infaltables los hijos de Rafael Rodríguez Méndez (difunto) que para aquellas épocas siempre fueron Magistrados de la Sala Civil de la Corte. Eran sitios especiales que existían en todas partes. Hasta el Incret tenía palcos. Víctor Rodríguez Cedeño entró a la Cancillería por la super palanca de su papá que era adequísimo de Maturín.

Esos “Embajadores” siempre estuvieron en la Línea Revlon. En la Cancillería a todo el personal que jubilaban o despedían vivía metido en la Oficina de Jubilaciones del entonces MRE. Casi se morían en una silla de esa oficina, y vivían como fantasmas paseando por los pasillos de la Casa Amarilla o por el antiguo edificio del Banco Unión en la Esquina de San Jacinto, donde estaban algunas de las Direcciones del MRE como Servicio Exterior, Consulados y Política Internacional. ¿Cómo añoran aquellos tiempos Alcalay, Pineda y otros encumbrados sujetos de la IV, que viven sufriendo del síndrome de abstinencia?

Pura añoranza de la buena vida. El que tenga alguna hemeroteca en su casa, podrá ver a Alcalay en los actos Sociales de “altura” con un vaso de whisky en la mano. El “Síndrome del Embajador”. Más o menos lo mismo le pasó a Jorge Dáger, que lo sacaron de circulación como diplomático, se murió.

-Un familiar de Simón Alberto Consalvi: Armando Rojas Sardi, siempre fue funcionario de la Línea Revlon; se vino al Servicio Interno cuando ganó Chávez, pero la estela de sus negocios son casi mitológicos. El tipo tenía una mansión en Aruba y uno de los hoteles más caros en Puerto Cabello: “Posada Santa Margarita”, ubicada en la Calle Los Lanceros. No sabemos si aún continúa en la Cancillería, ¿pero cómo carajo, su salario le alcanzaba para montar tan descomunales “taguaras”?

Seguiremos recordando otros hechos del “Síndrome del Embajador”. Por hoy lo dejamos hasta aquí.


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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