El primer palo de whisky que se echó Rafael Caldera, por culpa de Miguel Otero Silva

En 1953, se encuentra sorpresivamente entre nosotros un personaje harto repugnante, el presidente de la Creole Petroleum Corporation, mister Arthur Proudfit. Este señor, había llegado a Venezuela en 1945, para sustituir a mister Henry J. Linam, a quien Isaías Medina Angarita había expulsado del país por patán y muy grosero.

Mister Proudfit se movía como pez en el agua, unas veces en tratos con las Fuerzas Armadas, otras con la Iglesia y con los empresarios. Ocasionalmente, visitaba a don Diego Cisneros quien estaba prosperando inusitadamente, y quien buscaba expandir sus negocios hacia áreas del entretenimiento, con una gran idea que era hacerse con el canal de televisión, Televisa. Para todo en este mundo del capital hay que estar en muy buenas relaciones con la Iglesia. Puede decirse que mister Proudfit se tenía ganado el cielo. Se llevaba muy bien con monseñor Jesús María Pellín y sobre todo con el Nuncio apostólico del momento. Algo muy gordo se estaría buscando del gobierno cuando un día llega al conocimiento del Presidente Pérez Jiménez, que a mister Arthur Proudfit, el Sumo Pontífice, a través del Nuncio, le va a conceder la Orden San Gregorio Magno; una Orden que sólo puede otorgarla el Papa, probablemente la más alta distinción en la relación de la Iglesia con la sociedad.

A Pérez Jiménez tenía que inquietarle, que la más alta jerarquía eclesiástica mundial le estuviera haciendo un gran reconocimiento a un golpista y espía, dependiente de la CIA; al jefe de una compañía ya había tenido tratos para provocar guerras civiles, crímenes y espantosos caos en diversos países del oriente medio.

Cuando le colocaban la Orden a Arthur Proudfit, el Nuncio dijo: “Es un estímulo de muy alta valía que el Santo Padre, Vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la Tierra. Concede a quienes sobresalen en el tráfago de la vida, por su corrección y sus virtudes[1]”.

Andaba un poco alborotado el continente por aquellos días. El dictador recibe en palacio a Milton S. Einsenhower, embajador de EE UU en Venezuela. Se le hacen a este personaje una serie de homenajes, entre ellos se le otorga en la UCV, un Doctorado Honoris Causa y es declarado Ilustre Huésped de Venezuela[2].

¿Por qué tantos movimientos inusuales? Ah, claro, se está en los preparativos de la X Conferencia Interamericana.

Al doctor Rafael Caldera, se le veía también muy agitado, mezclado con el mundo de los periodistas para ver qué de nuevo se sabía sobre la presencia de una numerosa delegación del Norte, para sancionar a la díscola Guatemala. Le era imperioso estar al tanto, igualmente, de cada uno de los movimientos del gobierno en sus fallas y en sus éxitos, en medio de las estrategias hemisféricas, sin las cuales un político avezado como él no puede vivir. Pasaba Caldera largas horas conversando con Miguel Otero Silva, quien le podía ayudar en sus afanes, como asiduo visitante que era de Miraflores; don Miguel hasta había sido condecorado por el dictador, quizá por su estrecha amistad con Laureano Vallenilla Lanz. Ya Miguel no era de ningún bando político, comunista no podía serlo porque el PCV lo había expulsado de sus filas, precisamente por aceptar esa burda condecoración[3].

A don Miguel ya eso del comunismo le importaba un comino. Él hasta le escribió unos versos al desinflado fantasma del comunismo, que para él ya no asustaba ni a los chicos: “No vales un comino, comunismo/ encogido como estás en tu nido…”; lo suyo eran los negocios y el humor. Escribía poesía humorística, noticias guasonas, ensayos mundanos y cuentos satíricos y “pecaminosos”. Caldera, era un poco ladino y remolón para estas cosas, pero le tocaba tener que cultivar un poco la amistad con ese hombre que contaba con tan buenos amiguetes en Miraflores. Además, a Laureano Vallenilla Lanz le molestaba la falsa facha de joven delicado y la pose curera de Caldera, y le conocía algunos de sus inmundos pecadillos; se evitaban, pues. Un día, entra Caldera al despacho de Miguel en El Nacional y lo encuentra catando un buen whisky escocés que le acababan de regalar. Invita a Rafael a un trago, Caldera se resiste, porque él sólo toma coca-cola. Yo no sé cómo piensas tú hacerte escritor si no tomas de lo bueno y de lo caro, chico, le espeta Miguel, y es cuando Otero Silva se transforma en todo un bardo y le lanza la mejor composición que había hecho hasta entonces: un canto a la más rica bebida que hombre alguno haya creado. Dice así: “Llegó de etiqueta negra,/ montado en caballo blanco,/ con una pea de tres filos/ y de chivas ataviado./ Abrió su inmensa bucana/ de presidente tumbado/ y así le gritó a los monjes:/ ¡tomen Old Parr, que yo pago!/ y con antiquary estilo/ pagó con un checkers falso./ Qué hombre tan rarity es ese,/ me dije con gran cuidado,/ le encuentro somenthing special/ de embassador anglicano,/ y le descubrí el ancestro/ de black and white trinitario/ al verle los chicharrones/ de escocés enrosquetados”.

Y fue así como por primera vez en su vida Caldera se echó un palo de whisky, que él cuenta: me descoyuntó.

Aquella Venezuela parecía no tener realmente problemas, sino que estaba sencillamente circundada por las maldades y las inquinas que anidaban en los oscuros corazones de unos tipos como Caldera, como Betancourt, como Villalba. Bueno, Miguel Otero hacía menos daño, hacía el papel que les corresponde a los periodistas del capitalismo, el de ser un pobre peón al servicio de los que más tienen. No hay que olvidar, que su padre, Enrique Otero Vizcarrondo, después del golpe contra Gallegos pasó a ocupar un distinguido lugar entre los más protuberantes aduladores de la nueva Junta de Gobierno. El periodismo era tan vil como siempre lo ha sido; entre las figuras entonces más descollaban en esta profesión, además de Miguel Otero, cabe mencionar a José Ramón Medina (Director del Tribunal Disciplinario de Colegio de Periodistas), Vicente Gerbasi (Secretario de Cultura y Propaganda de este mismo Colegio), José Vicente Fossi (Adjunto), el clérigo Jesús María Pellín y el potentado Juan de Guruceaga. Pérez Jiménez para mantenerlos contentos les hizo edificio que, claro, lo bendijo monseñor Pellín. Y ese era el ambiente que regularmente rondaba Caldera, quien gracias a ellos estaba bien informado.

[1] Revista Billiken, Nºs 1061, 2001, noviembre 1953.

[2] Ibidem.

[3] Esta es una información transmitida al autor de este trabajo, por el historiador y comunista J. E. Ruiz Guevara.


jrodri@ula.ve


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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