Todo lo que puede esconderse bajo una sotana

No es cualquier cosa lo que los obispos llevan bajo sus sotanas. Ante todo la salvación eterna. La perpetua impunidad. Claro, imprescindible, sus enormes huevos negros condimentados (a la ranchera), campanas para los maitines, recetas para freír monos, boticas, mapas, escudos, tanques, misiles y radares. Con razón siempre pueden decir: “siempre tenemos todo tenemos bajo control”.

El kit de cada sotana incluyen lavadoras de dólares, de conciencia, de sueños y esperanzas. Y cuando son negras, transparentan aún más lo que llevan. Se les puede ver perfectamente el alma.

Después del 11 de abril de 2002, el obispo Baltazar Porras se trasladó de urgencia a Madrid para sacar muchos de los laboratorios que se le asomaban por las botas negras de la guerra recién abortada. Llevaba órdenes de la Coordinadora Apátrida, que le había dicho que el frente era ahora echar más gasolina, sobre los calcinados trastos dejados en Caracas, pero ahora por los contornos, es decir echarla desde fuera. Lo primero que aclaró al diario “El País” fue ratificar que en Venezuela jamás podría darse una reconciliación, porque la nación avanzaba sin control una tiranía a la cubana. Debajo de la sotana como un mango sonaba el gong de la guerra y de allí extrajo el cuento de que una manifestación pacífica había sido ametrallada por los sabuesos insaciables del régimen pro-castro-comunista. Mostró fotos, vídeos, reportajes que se regodeaban en mostrar charcos de sangre. Cabellos empapados en coágulos, y cartelones con hombres con boinas rojas que forman parte de los miles de círculos bolivarianos. Retrucadas imágenes que mostraban vírgenes rotas y quemando santos. Como la guerra civil española. Ni pío dijo que él había estado la noche del 11 en Fuerte Tiuna y que muy temprano, fresco como una lechuga había ido a dar su apoyo a don Pedro Carmona Estanca. Que se apareció en Miraflores como todo un gladiador victorioso al lado de Carlos Ortega y William Dávila Barrios, con la inmensa carpa negra de su sotana de cuyo interior sacó el decreto que luego sería refrendado por la CTV y Fedecámaras.

Allí estaba la Iglesia colocando la roca fundacional de aquel gobierno tiránico, La Iglesia que calló cuando los medios no informaban, cuando la policía represiva de los carajitos fascistas, pro-franquistas y ultra-católicos de Primera Justicia andaban llevándose por los cachos la Constitución, acosando a la Embajada de Cuba, apresando a un diputado y a un ministro con saña y sevicia, cargándose a los poderes, y ametrallando al pueblo. Todos los golpistas de abril y todos los saboteadores de diciembre, andaban metidos debajo de la sotana de Porras. Porras por debajo llevaba a Carlos Ortega y al Carlos Fernández. Porras se dirigía a su bunker de la Conferencia Episcopal, y debajo de la sotana llevaba las cabillas, los megáfonos y charrascas, las cacerolas de las viejas histéricas del Este. Debajo de la sotana iba Luis Ugalde, la vejuca inmunda de Marta Colomina, la beata Ruth Capriles, Néstor González González, Medina Gómez, Juan Fernández y el resto de los investigadores parapléjicos de Intevep, UCAB, USB, UCV y de la ULA.

Y se fue para Madrid, y debajo de la sotana azulada, embozando a su banda de mafiosos: iban coleados, media CTV, cuarenta cubanos gusanos de Miami (hijos de Carlos Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Mario Vargas Llosa); treinta y cinco marinos mercantes venezolanos, setenta y tres maricones periodistas jalamecateros de Cisneros, ocho mil gerentes de altura despedidos por el peo pretrolero; a ciento veinte ahijados malparidos del Gimoteo Zambrano, los cocaleros desheredados de Carlos Castaño que están invadiendo por la frontera con Colombia, a cinco mil marines acatarrados de la guerra del desierto con visa permanente para meterle lanzallamas por el trasero a los enemigos de Bush. Cuántas cosas caben debajo de una sotana azulada, acampanada, afaralada: mentiras del tamaño de catedrales. Batallones de frenéticos idiotas envenenados. Mares de aves de mal agüero. Conchas para los terroristas que buscan asilos. Manantiales de agua bendita para los que ponen bombas, para los que matan y masacran y dan golpes de estado. Marchas y re-marchas, vigilias y bailoterapias, camping y ciclopepas, con vírgenes en andas que lloran mares de sangre porque el “tirano en jefe” no se va. Vaya sotana, vaya befa, vaya karma. Y en el infierno donde quiera esté, allí pudriéndose en llamas está hoy también llorando los Cardenales Velasco y Rosalio Castillo Lara, sus carnales. Qué vida, qué horror.

jrodri@ula.ve



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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