Profesores universitarios pequeños burgueses gracias al comunismo de Chávez

Viaje al Macondo Capitalista

ESCAPÉ POR UNA SEMANA de las diarias ocupaciones, y me interné en varios mundos a tres mil millas de Mérida. Iba en una misión especial, siempre tentado de lanzarme a comer y a beber de lo bueno y de lo caro porque mi chequera iba sobrada.

Paseaba la mirada por las relumbrantes vidrieras y estanterías de los finos bulevares, con mi gran pinta de profesor universitario, autónomo y autonomista por antonomasia. Por allá, en Monotilandia, me topé con un canadiense quien al saber que era venezolano, exclamó en perfecto delincuencial español: “¡Coño! ¿tú ser profesor universitario? ¿Venga, cómo pudiste escapar de Chávez?” El tipo era un economista, experto en dictaduras bananeras, y periodista; le parecía haber hecho un gran hallazgo topándose conmigo. De entrada se horrorizó al verme sano, fuerte y con aparente cordura humana. Me preguntó, cómo era posible que si Chávez vivía regalando nuestro petróleo, pagando la deuda de países pobres, comprando millardos de dólares en armas, helicópteros y submarinos, “viajando y robando como un loco”, comprando bonos a Argentina, Ecuador, Bielorrusia y Bolivia, y si PDVSA estaba totalmente corrupta y quebrada, todavía pudiesen quedar criollos como yo (y que había otros millones además) con capacidad de cargar una tarjeta de crédito para manejar a su antojo 5 mil dólares al irrisorio cambio de un dólar por 2.150 bolivaritos. “¿Cómo, amigo?, ¿cómo lo hiciste? ¿Por qué no aprovechas y pides asilo? ¿Te puedo hacer un reportaje?” Yo le contesté que soy muy ignorante en estos temas y le sugerí que para que conociese más de cerca el Mar de la felicidad en el que nos debatíamos que se arriesgara a hacer un tour por ese Corazón de las Tinieblas, llamado Venezuela.

El canadiense tenía muy buena información sobre nuestro país: “docenas de estudiantes torturados; un culto y aventajado alumno de la ULA, asilado en la Nunciatura; varias estaciones de televisión y de radios cerradas; manifestaciones diarias pidiendo libertad de expresión y en defensa de los derechos humanos; fraudes en todas las elecciones; un presidente dueño de todos los poderes y de todos los medios de comunicación; pobreza creciente, asesinatos en cada esquina, pavorosa inseguridad, latrocinios,…”

Lamentaba que el canadiense no se hubiese enterado de lo que yo ya estaba cansado de ver en mi viaje: hordas de escapados de las ergástulas del rrrrégimen con dos y tres cámaras colgándoles de los hombros, con dólares hasta los huevos, llevando niños, ancianos y hasta alguna que otra mucama, doblegados todos por los descomunales bojotes de cachivaches que habían comprado.

Cachivaches que además se ven por montones en nuestras más humildes y simples ciudades. La misma comida rápida, los mismos CD’s, grabadoras, celulares, computadoras, dictáfonos, DVD`s; las mismas revistas, electrodomésticos, perfumes, libros, souverniers, estampas, cuadros, estatuillas, bolsos, maletas, franelas, calzones, bragas, sostenes… que se ven en cualquiera de nuestras tiendas y hasta muchos más caras que en nuestro país. Las mismas jóvenes bellas con las rebosantes tetas asiliconadas y apologéticos rabos trenzados. Ya no queda nada diferente en el mundo. Todo es igual, todo es ramplón, trivial y rupestre, sin imaginación. Lo que queda es gastar, consumir, vender, comprar. Nacemos sólo para eso: Viva la autonomía universitaria.

Pero reconozcámoslo, qué deprimente es tener que gastar sin sentido para darle algún consuelo moral a un viaje, y decir al final que nos hemos divertido. Eso hace la gente. Que incluso se ve obligada a tragar sin hambre, que camina sin ganas, deambula sin aliciente ni rumbo por avenidas y callejas.

Pero lo más insólito lo vine a ver en Cúcuta: camiones cargados de labriegos (e incluso algunos indigentes) venezolanos que jamás en su vida se habían tomado una foto, descendiendo en la Plaza Santander. Corrí a saludarlos. Estreche sus manos costrosas y relumbrantes. De andar garboso y cambembo, porque muchos eran ancianos, totalmente despistados. Ellos mismos me confesaron que habían sido “sabaneados” por la Agencia “Colombian Tour”; unos provenía de la lejana Barinas, de Barinitas, Santo Domingo; otros de Socopó, Libertad, Capacho, Táriba, La Grita, Coloncito, Los Araques, El Vergal,… que venían atrás muchos más camiones cargados con otros “turistas sabaneados”. Conciudadanos que tenían viáticos pagados, comidas incluidas, paseos por centros comerciales y que finalmente recibirían un millón en efectivo para que regresasen como les diese la gana a sus tierras de origen. Todo el tinglado de la fulana Agencia con ellos tenía que ver con sacarles el pasaporte y luego solicitarles una tarjeta en un banco, y usar sus divisas. El agente colombiano luego de extraerles toda la plata en dólares, les daba a cambio un millón de bolívares. Si yo tuviese talento para la literatura, con estos datos habría escrito una novela como la de Gogol, “Almas Muertas”. Pero sobraban por ver muchas cosas más: la historia de los pimpineros en la frontera. Como bandadas de pájaros corren estos trabajadores hacia los carros para pedirles un galón de gasolina a cambio de 25.000 pesos (50.000 Bs). Sobran las historias de los llamados “Pilin León”, que son carros broncos con grandes tanques (cuyos dueños y que son Guardias Nacionales) que repasan tres o cuatro veces la frontera para contrabandear con gasolina.

Quedé tentetieso cuando supe que casi todos los comerciantes, dueños de taxis y hasta miembros del gobierno pagan vacuna a los paramilitares en San Cristóbal.

Puedo finalmente decir, que no hay país en el mundo como mi querida Venezuela a pesar de los escuálidos que nos gastamos. He vuelto a la patria gritando: PATRIA, SOCIALISMO O MUERTE, CARAJO!!!!!!

jrodri@ula.ve



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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