Me fui demasiado

En el mes de agosto de 1981 yo me fui demasiado de Altagracia de Orituco. Me fui tan demasiado que aún no he regresado del todo. Pero sé que regresaré. Con mis huesos o con mis cenizas. Cuando me fui de Altagracia tenía varios discursos de mamá en el cerebro: estudia, estudia, estudia, estudia. Mamá lo decía con conocimiento de causa. Ella estudió, se graduó de “maestra normalista” en la hoy Unidad Educativa Gran Colombia. Y por eso yo nací en Caracas. Es decir yo nací en Caracas pero soy demasiado de Altagracia de Orituco. Eso no lo entiende la gente. Pero yo sí lo entiendo burda. Demasiado. O sea, ¿me entendieron?

Me fui a estudiar, les decía, pero no demasiado. Más bien estudié un poco demasiado de todo. Un poco de Metalurgia en el Instituto Universitario de Tecnología Región Capital. Del IUT recuerdo las colas que agarraba en el km 0, la tabla periódica y las mesas de ping pong. Estando allí salí en el listado del CNU para estudiar Ingeniería en la UCV, de donde me fui porque me rasparon demasiado Análisis I. ¡Qué manera de no entender algo! ¡Eso me marcó demasiado! Entraba a los exámenes y no escribía ni un arábigo número. Los profesores eran demasiado ratas. Tanto que la calificación menor no era cero uno, sino cero cero (así salía mi nota Chacín, Mercedes 0,0). En eso creo, a estas alturas, que me equivoqué demasiado. ¿Por qué quería yo ser ingeniera? Pero sobre todo ¿para qué?

Finalmente estudié, gracias al demasiado poder de convicción que tenía mi hermano Pedro, Comunicación Social en la UCV. Fue así como me despedí y me encontré con al menos tres carreras universitarias. De ahí pa’ lante me dediqué a trabajar demasiado. No he parado en décadas.

Y es que los grandes momentos de nuestras vidas se pueden resumir en encuentros y despedidas. Uno encuentra y se despide de grandes y pequeños amores. Uno se encuentra y se despide (o lo despiden) de los empleos. Uno se encuentra y nunca se despide de la experiencia de ser madre. Uno se encuentra y se despide de grandes amigos y amigas. Uno se puede despedir de una ciudad, pero nunca debe despedirse de su patria. Uno se aleja de su patria, pero no la niega. Uno puede acoger otra patria pero no deja de sentir amor y querencia por la verdadera.

Yo me fui demasiado de Altagracia, desde donde esto escribo, pero jamás renegaré de mi terruño. Uno no habla mal de sus raíces. Con Caracas, ciudad de despedidas lo demasiado vergonzoso es que exista gente, más allá de si lo que dicen tiene algo de verdad, demasiado de verdad o demasiado de mentira, que reniegue de su patria. Ese es el fondo y no da risa. Y es que no tengo conocimiento de que alguien, en alguna otra ciudad del mundo, haya participado en esa especie de reality show tan lastimero de la capital de su país y de su gente. ¿Qué nos hicieron? ¿Qué tan mal nos han hablado de nuestra madre patria? Demasiado, para que algunos de sus hijos e hijas renieguen así de ella y de su gente. Yes, too much.


mechacin@gmail.com



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Mercedes Chacín


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