En la IV republica con la pistola en la nuca

En aquellos "bellos" tiempos, todos decíamos: "estafados, pero felices"

En aquellos "bellos" tiempos, todos decíamos felices: "nacimos para ser estafados" es un caso único: se nacía literalmente para ser estafado, y ese sentimiento lo llevaba uno de tal modo afianzado en el alma, que ante cualquier acto lo primero que se planteaba era: "-¿Quién será el que me está madrugando?"

         Venezuela era entonces el primer país del mundo en asuntos de escándalos, timos y fraudes. Aquí, eso del "paquete chileno" era cuestión de cada instante, y siendo la gente tan estúpida, que bailaba al son que cualquier tracalero le montara, tenía hasta los riñones de pagar centenares de dólares para viajar a Miami o Los Ángeles para ver focas y delfines que danzan por una miserable sardina, cuando aquí el show de estos animales los protagonizaba uno mismo en cada esquina: Focas que se contoneaban furiosamente, por mucho menos.

Hacia donde usted dirigiera la mirada allí esta una oficina ambulante con tracaleros locuaces que vendían acciones para algún club con bellas vistas marinas, rifas de apartamentos fabulosos, concursos de belleza para nenas atrevidas, premios a granel, resorts con ofertas sin límites en las bebidas, cursos en universidades y colegios privados que otorgaban títulos certificados por la OEA; cruceros con prostíbulos de ñapa y mentiras tan especiosas que era necesario ser inconcebiblemente imbécil para aceptarlas, pero la gente se las disputaba furiosamente.

Uno en eso de la idiotez también arrasamos...

Y la gente, digo, se apiñaba para conseguir un número en la alucinante ruleta de la muerte de cada día siempre en la imaginación el circo de las focas que aplauden y se contorsionan por una pobre sardina.

         Se estafaban unos a otros entre miembros de una misma familia. Se estafaba en los comicios electorales, en las escuelas, en la compra y venta de inmuebles o urbanizaciones, en Cajas de Ahorro, en bancos, en solicitudes de préstamos, en juramentos públicos, en hoteles y restaurantes, en comercios, cuando alguien asumía un cargo. Uno se cruzaba de brazos y se resignaba a esperar lo peor. Había quienes iban de banco en banco tratando de adivinar cual no quebraría en la búsqueda de uno que les diera seguridad a las cuatro lochas.

Al final nos aplastaba la indiferencia o la resignación: "-Qué sea lo que Dios quiera".

         Y como no había ante quién reclamar, el caos, la inseguridad moral, las degeneraciones jurídicas de todo tipo se multiplicaban interminablemente.

         Nadie creía en amenazas porque todo el mundo amenazaba como único recurso ante el desastre.

La gente deambulaba por bufetes, puestos de policía, oficinas de gobierno, tribunales, implorando una explicación; reclamando justicia con la escéptica desolación en cada frase, en cada juicio y consideración.

Al mismo tiempo parecía existir, en quienes ejercían algún cargo oficial, en quienes tenían en sus manos la dirección de algún negocio, una extraña y secreta simpatía por el hampa política, el delito, la violación de las reglas más elementales.

Quizá esto lo hayamos heredado de la legendaria simpatía por quienes en España ejercían el contrabando y la burla aviesa a cuanto tuviese que ver con la sordidez fiscal.

         Y lo que se veía por la calle era el esplendor del fraude consagrado por la arbitrariedad: Hombres frustrados, sin un céntimo en el bolsillo, porque su matrimonio había igualmente resultado una estafa, hordas de funcionarios públicos que habían jugado sus tres lochas en un negocio fraudulento; seres desengañados, henchidos de recelos y odios por las mil desventuras padecidas.

Y uno sentía pena porque corría el dinero a raudales pero no se afianzaba con seguridad, orden y confianza en ninguna parte. Por doquier cundía la especulación, la burla y la risa ante las disposiciones y controles del gobierno.

         Lo insólito es que no se vislumbraba valla capaz de contener tales abusos. Un prodigioso desgano dominaba a las voluntades más fuertes. El patrimonio privado del ochenta por ciento del venezolano se reducía a un cuarto y a una cama (la mayoría de las veces prestados o alquilados). Las riñas legales, eternizadas en los tribunales como el germen fundamental del desquicio de la Nación.

         El país era pues, pasto de aventureros de toda calaña que hoy los veía con una mano adelante y otra atrás, y a los dos o tres estaban convertidos en fabulosos potentados.

         Lo más horrible era palpar cada mañana ese de modo enervante como se reproducían los desquicios; cómo se ensanchaban y fortificaban las injusticias sin que nada pudiera hacerse para impedir su proliferación, para controlarlas.

         Luego gestó otro fenómeno peor: la alta venalidad contaba con muchedumbre de cobardes, con pelotones de solidarios a sueldos del ladrón. Bastaba un gesto de leve crítica al estafador, para que proliferaran las meretrices de la ecuanimidad exigiendo cordura y seriedad. Que señalaban y catalogaban de loco al que expresara su disconformidad, aunque ésta fuese sustentada con pruebas fehacientes.

         Como guinda de aquel caos señalaré este hecho: embargaron un importante hotel de Mérida por incumpliendo de sus compromisos financieros. Estaban los pobres turistas en sus habitaciones cuando se presentó un juez con una orden de allanamiento; entraron y se llevaron todos los televisores, pero entonces la gerencia tuvo la genial salida de hacer un descuento del 25% en las habitaciones. Alguien dijo, indiferentemente: "-En este país hay que ir preparado para esperar sorpresas y abusos de todo tipo, un día de estos me decomisan a la mujer".

En Chichiriviche, Resort de Mario, si participarle a ninguno de los copropietarios, decidió de la noche a la mañana cambiarle el nombre al negocio para robar a todo el  mundo. Lo llamaron Caño Manglar.

Uno veía helado de arrechera como los magnates de estos imperios, cuando se les reclama algo, con la mayor locuacidad del mundo, contestaban: "-Pues si no le gusta lo que se le ofrece, váyase; pero aquí no se devuelve ni medio…".

Y es cuando nos dominaba unos deseo terrible de irnos a una guerrilla; de formar un frente subversivo, porque, ¿quién va cometer la imbecilidad de acudir ante un tribunal, viviendo unos a mil kilómetros del delito y de los delincuentes, para demandar a unos tipos con poderosos bufetes a su disposición?

         Y esto lo sabían muy bien todos aquellos estafadores. Lo primero que hace una compañía de delincuentes es armarse de un poderoso bufete con renombre internacional, y ... adelante con los faroles.

         Claro, no había ley.

He aquí a la paranoia a la que estaban llevando al país. Nadie creía absolutamente en nadie.

No eran los pobres bandidos que se mataban por hacinamiento y miseria en los barrios los que han creado la inseguridad, el caos de rumores inmensos que nos destrozaban y que supuestamente habían convertido a esta nación en un antro de vicios y tensiones sociales incontrolables. No: eran los orondos señores de Fedecámaras, los magnates de las finanzas, los banqueros y los políticos de partidos.

Ramón J. Velázquez y la presidenta del Banco Central de Venezuela, Fogade y los eminentes banqueros eran los grandes culpables del crimen que contra el país habían cometido por ejemplo los tantos bancos en quiebra de entonces.

¿Pero qué ley podía contener los abusos de los banqueros, si acababan de aprobar una que el Presidente refrendó con bombos y platillos, llenando densos titulares de la prensa nacional en la que se les protegía?

         Uno acabó por elaborar una sicología defensiva, una desconfianza horrible. Y fue viendo cómo se iba conformando poco a poco  la espesa bola del rumor de la permanente inestabilidad, que fue la característica superior de los desbandes financieros, de tipo político y militar de aquella desgracia y maldita época.

 NO VOLVERÁN…

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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