Érase una vez...

Érase una vez El Observador Creole. El señor Quintana, con aspecto adusto y en la mejor línea Mike Malone (le dicen dinamita, le llaman Mike Malone y son sus puñetazos, las balas del cañón: Mike Malone). Con la brillantina Brilcrin poniendo junto el resto de lo que fuera un copete de la época. Sin efectos especiales, El Observa dor Creole relataba los sucesos noticiosos del mundo. Libres del vértigo de la simultaneidad, lejos del mundo global, recibíamos a través de El Obser vador Creole, la versión del mundo donde vivíamos, del país donde estábamos, de la patria a la que pertenecíamos.

¿Eran nuestros ojos los que veían? ¿Eran nuestras palabras las que identificaban la experiencia? No nos hacíamos esas preguntas; mansos, flotábamos en la corriente comunicacional, con la conciencia precisa de que nosotros, los venezolanos, poco aparecíamos en la pantalla. No existía, entonces, la posibilidad de la transmisión en vivo, aunque pronto, milagrosamente, veríamos al hombre, a un hombre, un astronauta, pisar el satélite de los enamorados. La Luna recibía la bandera norteamericana en su arenosa superficie. El astronauta Neil Armstrong flotaba, en sus pisadas ingrávidas, dando saltos en el espacio exterior.

"Se ha expandido la estupidez humana", opinó Bertrand Russel. La humanidad recién salía del trauma atómico que puso punto final a la Segunda Guerra Mundial, no podía apartar la amenaza de la bomba atómica como fin del mundo, los territorios recogieron sus fronteras y empezó el dominio de EEUU sobre el mundo y en especial sobre Europa, la antigua Europa, la cuna de la civilización y de todas las guerras de expansión. Los civilizados, sus violines, su pass de deux y sus crematorios, su xenofobia, su sistema inclemente de explotación y dominio, sus tendencias colonialistas que abren su gama de fechorías desde la esclavitud hasta el apartheid en África, que fue ayer, hace quince años.

Y nosotros veíamos El Observador Creole. Luego, la noticia, poco a poco, empezó a entrar en la simulación y el efectismo del espectáculo; así, las catástrofes y las guerras se tornaron parte del entretenimiento mundial. Las mediaciones labraban sus formas, topografiaban nuestros cerebros. Condicionaban nuestra percepción de lo real.

Pero aún entonces no reducíamos la noticia al titular, aún entonces razonábamos, necesitábamos conocer los elementos, los hechos, las fechas, los contextos. Hoy, es el titular desplegado el que irrumpe en la realidad como un hecho. No hay doctores en Barrio Adentro. No hay seguridad. Y la escasez provocada es síntoma de futuros racionamientos. Juegan al fracaso del bolívar fuerte, son uribistas y apoyan a la ExxonMobil a riesgo de quedarse sin patria, porque sin conciencia viven. Deben pertenecer a estas generaciones que nutrieron sus mentes en El Observador Creole puntualmente trasmitido por Radio Caracas Televisión, deben pertenecer a esa versión del mundo las posiciones que atentan contra la soberanía nacional, contra la patria, cuyo himno nos acompañó cada seis horas desde que Luis Herrera Campins activó esta táctica para despertar el patriotismo entre los habitantes de Venezuela. Empeñados en reforzar los símbolos de la nación como mampara, como impostura, que disfrazaba la real situación de dependencia y el dominio estratégico que desde esos años se ejercía en el territorio nacional. Hay huellas, nombres, la Revista Shell, El Observador Creole, Sears y la hacienda de Rockefeller.

Escritora


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Stefania Mosca


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