Colombia sufre del complejo de la princesa prostituta

I Parte

Colombia, palabra mágica, que nos hace imaginar una bandeja paisa, servida en medio de la increíble diversidad de árboles de la “La Churuata”, ubicada en un pueblito Colombiano llamado Casuarito, apenas a cinco minutos de Puerto Ayacucho, en el Estado Amazonas venezolano.

Es increíble como tan solo al cruzar el río, el sonido de la cumbia, te despierta hasta el alma, las ganas de bailar, las ganas de cantar y en cuestión de segundos una enorme sonrisa se dibuja en las caras hasta de los más reservados.

El carisma de su gente, la hermosura hecha hombre y mujer, ese encanto natural que te atrapa, pasa tan rápido que hasta provoca tirar los relojes al río Orinoco para que los encantos del río detengan el tiempo.

El recorrido es corto pero fascinante, Casuarito es un pueblito fronterizo Colombiano, donde uno encuentra diversos objetos hechos de cuero de la más alta calidad hasta coquetísimas piezas de ropa interior colombiana que provoca llevárselas todas.

Al acercarse a la orilla del río, uno ve al otro lado nuestra querida Venezuela, un encanto que parece tener forma de mujer, de mujer bellísima, de mujer noble, de mujer dulce y delicada

Al curiosear un poco más, uno se pierde entre la rapidez de las “voladoras” que llevan y traen gente de Venezuela a Colombia y de Colombia a Venezuela, desde bebitos cargados en brazos de sus madres hasta dulces abuelitos de miradas profundas.

Nuestros sitios de frontera son sitios de encuentro, donde esa línea imaginaria que divide territorio colombiano y venezolano no existe para nuestros ojos ni para nuestros pasos.

II Parte

Cuando uno visita San Antonio de Ureña, en el Estado Tachira, Estado de donde vino a caracas mi finada abuela Josefina, “La Colombiana”, como le decía mi papá uno se da cuenta lo parecido que somos a los colombianos.

Recuerdo que mi abuela tenía un acento Colombiano que no se le borró jamás, en realidad no se si Colombiano, porque resulta que aquí en Venezuela, en los estado andinos, todos hablan como Colombianos. ¿O los colombianos hablan como andinos?

Cuando mi abuela se molestaba, mis tías decían: “ya le salio el gocho”, “Se arrechó la mujer”, “Auque lo niegue, ella es Colombiana: mujer brava”.

Ella decía que nació en la Grita, en el Estado Tachira, pero mi papá jura que en realidad venia de Colombia, lo cierto es que su origen siempre fue un misterio.

Se llamada Josefa Ramona Escalante, pero nunca uso su nombre real, para nosotros era la abuela josefina, la que mandaba; la abuela de los ojos azules, la matrona, la que exigía que mi abuelo semanalmente le entregara absolutamente todo el dinero que hacia de la venta de periódicos y revistas en la mampara, una especie de kiosco que tenia al lado del actual Ministerio del Poder Popular para la Educación.

Cada vez que le preguntaba de donde había venido, ella decía como si le hubieran grabado un casette en la cabeza, que se había venido escapada a los 14 años, de la Grita a Caracas, porque a la muerte de su mamá ella había quedado en manos de unas tías muy malas que la maltrataban mucho.

Se sembró para todo en Caracas y a pesar de ser casada, con hijas y nietos de aquí, entre los cuales me encuentro, nunca perdió ese sentir andino, que es casi lo mismo que colombiano, al menos aquí en Venezuela.

El año pasado estuve en Bogota y a pesar de su “modernidad” la capital del vecino país, mantiene muchas cosas y usos que nos particularizan; al entrar en un restaurant, en pleno centro bogotano casi se me salieron las lagrimas porque me sirvieron un plato de comida muy similar a los que preparaba mi abuela cuando era la “jefa” de la casa.

En Venezuela, desde siempre, hemos tenido mucha afinidad con el pueblo colombiano, a pesar de los conflictos, que normalmente se presentan entre estados vecinos por cosas menores que tienen explicación: vemos al otro lado, que es igual a nosotros, como diferente porque tenemos la necesidad innata de autoafirmarnos en nuestro sentir nacional.

Hago este comentario, porque a pesar de que mi abuela evidentemente era Colombiana, al menos en su arte culinario, en ese gusto por la cumbia en esa belleza casi perfecta y hasta en su carácter dominante, propio de las mujeres colombianas, siempre sentenciaba: “Hay que tener cuidado con las colombianas porque si te descuidas hasta te quitan el marido”, “Los colombianos son muy vivos hay que estar mosca”.

Una creció con esos miedos y con esa imagen de gente peligrosa, pero en el fondo también con cierto sentido de admiración y respeto.

Recuerdo que cuando ocurrió el Caracazo, yo tenía como 8 años, eso fue en el año 1989, me asomaba por las ventanas de nuestra casita y veía a gente desesperada cargándose cajas de comida saqueada, las razones fueron muchas, entre las cuales el hambre, la injusticia, las frustraciones y el odio jugaron un papel preponderante.

En ese tiempo, era frecuente encontrar personas muy pobre pidiendo comida y ropa de casa en casa; mi mamá siempre aportaba algo de lo poco o nada que nos sobraba, aunque estas cosas nos faltaran después a nosotros; es que los venezolanos somos así, somos solidarios, esa es nuestra naturaleza nuestro sentir, de esa misma manera hemos sido y somos solidarios con los hermanos colombianos.

En esa época, todos los vecinos nos reunimos en una casa vecina y nos pusimos unas cuerditas rojas en la cabeza, creo que tantas películas de rambo habían dado resultado, porque todos nos creíamos rambo.

La gente decía: “ya vienen los colombianos, que bajaran de los cerros a invadir nuestras casa y robarnos todo”. En esos momentos yo estaba asustadísima, hasta me vi en la obligación de meter varias de mis muñecas debajo de la cama.

Lo primero que escondí fue un bebe pelón, ese muñeco viejísimo y cochinísimo que me había regalado mi hermana Daniela, un muñeco feo pero que yo adoraba. Estaba convencida que las carajitas colombianas venían a robarme mis juguetes.

Mis vecinos y mi papá estaban haciendo como una especie de bombas de querosén porque había que estar preparados para cuando bajaran los colombianos de los cerros, claro, habíamos olvidado que nosotros también vivíamos en un cerro.

Esas son cosas que en nuestra historia reciente vivimos los venezolanos, pero bueno eso nos debe quedar como experiencia para analizar críticamente a quien le ha convenido que el pueblo venezolano se enemiste con el pueblo colombiano, qué intereses hay de fondo.

Los medios de comunicación han mediatizado el problema que tenemos con Uribe y su gobierno como si nosotros odiáramos a los Colombianos y eso es además de peligroso absurdo, porqué nosotros los venezolanos también somos colombianos en esencia.

III Parte

Venezuela, les ha brindado a los colombianos el amor de hermanos, la oportunidad de disfrutar de las políticas del gobierno revolucionario sin ningún tipo de exclusión.

Son incontables los escritores colombianos que se han visto beneficiados por las políticas editoriales del gobierno venezolano y no solo en el ámbito editorial sino también en políticas de salud, de educación, alimentación, entre otras.

Muchos escritores indígenas colombianos han publicado en nuestras editoriales y uno se preguntara, bueno, ¿porque optan por venir a publicar en Venezuela?

La respuesta a pesar de ser lógica es poco conocida, en su país no han tenido esa oportunidad porque las editoriales están en manos de las elites.

Algo que han entendido los gobiernos de turno colombianos es que el libro es un arma de liberación y por esta razón las elites colombianas jamás permitirían que una o un pata en el suelo pudiera tener ni siquiera la remota posibilidad de dar a conocer su obra y mucho menos contribuir al pensamiento critico emancipador. Eso jamás, seria peligroso a los intereses del capital

Triste seria que despertemos un día y nos demos cuenta que resulta que hemos tenido a los enemigos silentes durmiendo en casa o peor aun, que nos despertemos y resulte que los enemigos silentes seamos nosotros, lo que le hemos dado tanto a los colombianos.

Esos nexos que nos unen son cosas que debemos profundizar y fortalecer, porque nosotros los países hermanos creemos en el bienestar común, donde no se tengan que sacrificar unos para que otros estén bien.

El problema con Colombia es con su gobierno, no con su gente, porque nosotros podemos estar muy arrechos con el jefe de la casa, pero no por eso dejaremos de considerar hermanos a nuestros hermanos.

IV Parte

El problema es con Uribe y con su gobierno. Colombia es la princesa prostituta de América Latina, la más hipócrita de todas, en el día es dama y en la noche prostituta, es un gobierno de profundas hipocresías, pero que en el fondo esta podrido y eso es un asunto cultural.

Como es posible que Colombia permita la instalación de bases militares gringas en su territorio, eso es una vergüenza no solo para el pueblo colombiano sino para el mundo.

Eso significa meter al enemigo en casa para que te coja la mujer y a la mañana siguiente los tres felices porque te hizo el favor de joderte.

Las instalación de esas sietes bases militares norteamericanas representa un peligro para el mundo, porque no es fortuito que esas malditas bases gringas, estén apuntando precisamente a los sitios donde tenemos las mayores reservas de agua dulce y biodiversidad del planeta tierra.

Es hora de dejar la inocencia de lado, al menos en este momento histórico y hacer entender a la princesa prostituta latinoamericana que esas prácticas antisoberanas la terminaran destruyendo y destruyéndonos a todos, nadie se salva solo.

El problema del gobierno Colombiano es su hipocresía, no entiende o se hacen locos cuando les conviene, auque el peligro este en sus narices.

Ese discurso en nombre de diversidad, que ha asumido Uribe, no es más que la nueva trampa del capitalismo, que ahora se viste de diversidad, eso de naciones dentro de las naciones no la están planteado como unidad en la diversidad, sino como la lucha en donde los más fuertes se comen a los más débiles, cuyo único fin es el aniquilamiento del otro.

Son situaciones que han justificado movimientos paramilitares en Colombia, así como en sus diferentes modalidades unidas al narcotráfico, con reglas propias, con poder de decisión que hasta determinan la economía del país.

Hay algo que es rentable para la economía colombiana y eso es la siembra de coca que los gringos le compran, pero resulta que la lucha que se plantean es contra el narcotráfico, de verdad es que su hipocresía da hasta cochina envidia, son únicos, son los reyes de la mentira y las falsedades.

Este matrimonio entre el gobierno colombiano y los gringos desde hace tiempo viene fallando, pero primero están los intereses comerciales.

Situaciones como esta son las que dan pie a que por ejemplo la instalación de las bases gringas en Colombia se vea como algo normal y no le encuentro otra razón que pensar que es un asunto cultural, el gobierno colombiano ve como normal que fuerzas contrarias a los intereses de la nación operen como les de la gana en su territorio, es una muestra más de los fantasmas del capitalismo que se esta comiendo a Colombia que no se ha logrado safar de ese complejo de la princesa prostituta, la dama de día y prostituta de noche y lo peor es que es gratis, porque los gringos le cobraran y caro, hasta el aire se los querrán quitar.

Un matrimonio que tiene anunciado su fracaso sin lugar a dudas.


kellypottella@gmail.com


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Kelly J. Pottella G.

Miembro de la Red Nacional de Escritor@s Socialistas de Venezuela. Promotora cultural. Pertenece al periódico comunitario Enlazando la Diversidad. Estudiante de sociología. Vocera del Consejo Presidencial del Gobierno Popular de Cultura por Dtto Capital.

 kellypottella@gmail.com

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