En solidaridad reflexiva con las FARC

No hagamos leña de árbol que no está caído

 

Hace unos meses escribí un artículo denominado: “Si yo fuera las FARC: ¿qué haría?”. Lamentablemente, desconozco la causa, no fue publicado. Hoy, lamento que no lo haya sido, donde, entre otras cosas, exponía razones o argumentos, sin exigencia que fuesen tomadas en consideración por la insurgencia, del ¿por qué? era conveniente políticamente poner en libertad a Ingrid Betancourt sin establecer condiciones de por medio. Justo en el momento en que el presidente Chávez lo estaba planteando. Deducía, tal conclusión, en que las FARC lograron poner a su favor el escenario internacional para una ofensiva política cuando decretó la libertad de Clara Rojas y dos personas más, mientras que el gobierno de Uribe se colocó a la defensiva política con su persistencia en un rescate militar. No fue así, y no sé que opinarán los camaradas de las FARC en este momento en que política y militarmente, debemos reconocerlo, no está en condición de recurrir, a lo largo y ancho del territorio colombiano ni en el espacio internacional, a una ofensiva política. No había duda que la mayoría del mundo deseaba la libertad de los rehenes y, principalmente por varias razones humanas, de Ingrid Betancourt. Muchos también lo queríamos sin que hubiese la necesidad de la misteriosa e indescifrable –por el momento- operación “jaque” incluso sin el mate. Pero ya es un hecho y debemos compartir el criterio expuesto por el presidente de Ecuador, Rafael Correa.

 Ahora escribo “No hagamos leña de un árbol que no ha caído”. Es necesario reflexionar sobre este momento político que viven los camaradas de las FARC –en particular- y de la insurgencia -en general- colombiana. Cualquier analista que concluya en que la insurgencia está completamente derrotada y debe desmovilizarse y entregar las armas sin condición alguna, reflejaría un total desconocimiento de la idiosincrasia colombiana, del nivel de las contradicciones entre la clase que detenta el poder y las que son explotadas y oprimidas, del carácter del Estado, de las políticas de violencia social que buscan desmembrar toda oposición a la oligarquía, del goce de impunidad a quienes cometen genocidios y son instituciones estatales, e -incluso- las ingratas experiencias aportadas por los movimientos que se han desmovilizado y entregado las armas en acuerdos de paz con gobiernos anteriores. La insurgencia colombiana no ha sido vencida, no ha sido derrotada, no ha sido desmembrada de raíz, porque las causas que alimentan la violencia en Colombia siguen tan vivitas que se ha demostrado hace imposible su desaparición, mediante un diálogo concertado, mientras no se obtenga un resultado económico-social que favorezca a las diversas clases y fuerzas que se desenvuelven en el contexto del capitalismo subdesarrollado que predomina en la sociedad colombiana. Eso, por un lado.

 El mundo capitalista entero caerá encima de las FARC como si fueran buitres hambrientos disputándose una presa acorralada y sin escape. Lloverán las críticas destructivas como torrentes de aguas escapadas de sus cauces naturales arrastrando consigo palos, piedras y lodo. Bajarán como alud asfixiando todo cuanto encuentre a su paso. Dirán: “Ustedes fracasaron, están derrotados, entreguen las armas, desmovilícense, acepten las reglas del juego democrático aunque no pronuncien el término “burgués”, no tienen escapatoria, no se hagan matar, el terrorismo es abominable, no tiene ninguna probabilidad de triunfo, ya ustedes han cometido demasiados crímenes, la sociedad los aborrece… y paren de contar”. Usarán las declaraciones –especialmente- de Ingrid Betancourt para desprestigiar al movimiento insurgente. Ella, sin que nada nos motive a criticarla ni despojarla de sus razones políticas o humanitarias, hará recorrer por el mundo su agradecimiento personal a Dios y a Uribe, casi al mismo tiempo y mismo nivel de poder celestial y sobrenatural, por su liberación y su llamado a tener ciega confianza en que las fuerzas militares colombianas conquistarán por las armas la paz, lo usarán, fundamentalmente los imperialistas estadounidenses y los oligarcas de Colombia, para crear temor, silencio y resignación del pueblo colombiano ante las tropelías del capitalismo salvaje. La virgen de Guadalupe se volverá más milagrosa por recomendación de la liberada. Tal vez, nadie pensó del campo revolucionario internacional y nacional de Colombia que Ingrid Betancourt haría mucho más daño siendo rescatada que liberada por la insurgencia sin establecer condición de por medio.  Escribirá una historia novelada para mostrar la “monstruosidad” de las FARC, la fortaleza –sin duda- de su resistencia en cautiverio, y no faltarán editores que beberán excelente vino de sus ganancias. Lástima que el canje humanitario nunca se produjo, sin tantos obstáculos que lo evitaron, antes que se realizara una operación de rescate como la del “jaque”. Ahora, los rehenes que más influían para un canje están en libertad mientras que los camaradas siguen presos y, en este momento, con menores probabilidades de salir.

 En la guerra nunca la situación es perfectamente lineal de comienzo a fin, porque sino se supiera el resultado estratégico en los primeros enfrentamientos militares y la lucha de clases quedaría a merced exclusiva de una operación de sorpresa espectacular como la “jaque”. Y en una guerra prolongada, como la de Colombia, resulta más imposible verificar o vaticinar una inclinación ofensiva permanente a favor de un bando. La guerra no se hace en un solo punto o región del territorio colombiano, sino que abarca a casi todo el país. Eso hace, por ejemplo, que en un determinado departamento el ejército o la insurgencia estén a la ofensiva militar y en otro a la defensiva. Eso depende de muchos factores que acá no vamos a destacar. Sin embargo, la ofensiva política puede –desde el punto de vista internacional o nacional- estar a favor de un bando aun cuando no se esté a la ofensiva militar, aunque exista una entrañable relación entre ellas. Los diálogos regionales por la paz, autorizados por gobiernos anteriores, permitió en varios departamentos que la insurgencia se adelantara al gobierno en la ofensiva política. Eso lo midió muy bien la oligarquía y los partidos tradicionales que se turnan en el gobierno desde, principalmente, el mandato del presidente Pastrana (hijo) y, por ello, los descartó, los desautorizó para que de haber diálogo, fuese de carácter nacional con veeduría internacional. Lamentablemente, hay que repetirlo aunque no agrade a algunos, no existe una unidad política de los movimientos guerrilleros en Colombia que hable y actúe por toda la insurgencia frente al Estado colombiano y la veeduría internacional. Eso es necesario discutirlo, analizarlo y meditarlo, pero corresponde es, en primer y último términos, a las organizaciones guerrilleras decidirlo y no a quienes, desde lejos, miramos y hasta analizamos el conflicto armado y político colombiano protegidos por barreras fronterizas.

La liberación de Ingrid Betancourt, de los tres gringos y de otros rehenes de la guerra es, sin duda, un triunfo militar para el ejército y político para el gobierno de Uribe como es, igualmente, una derrota política y militar importante para las FARC. La operación “jaque” ¿quién podrá describirla sin agregarle o quitarle nada de sus verdades?, ha impactado al mundo porque no sólo rescató a los rehenes, dejó vivos a los guerrilleros, sino que es digna de una película batidora de record en taquillas. Tal vez, para la historia novelada, haga falta un Homero colombiano que, ciego y sordo pero sabio en la imaginación o fantasía, nos narre sobre halcones de Troya luego de que los caballos hayan hecho su trabajo silencioso y efectivo en la tierra de los inocentes. Que se haya infiltrado alguien al Secretariado y logrado dar órdenes de movilización de rehenes en nombre de Alfonso Cano; haber hecho posible que los dos altos mandos del grupo de custodia se montasen en un helicóptero, para trasladar a los rehenes, sin haber visto antes en la guerrilla ni un solo rostro de sus acompañantes y sin comprobar la veracidad de la orden mediante claves que sólo conocen los miembros del Secretariado; que neutralizaran sin disparar un solo tiro a los guerrilleros para ordenar el traslado de los rehenes hasta el helicóptero blanco; que nadie –absolutamente nadie- se haya percatado de ningún elemento extraño en los movimientos de los atacantes; que nadie se hubiese preguntado, por lo menos: ¿desde cuándo la guerrilla traslada tantos rehenes y guerrilleros juntos en un helicóptero sin que el gobierno se percate de ello; y otras cosas, aunque no discutamos su autenticidad, parece más un cuento de hadas encabezado por Ulises y no por hombres de carne y hueso reales. Sin desmeritar a la inteligencia y la audacia de los actuantes en el rescate, la operación “jaque” será un verdadero misterio imposible describir por mucho tiempo. Sólo los infiltrados –de haberlos- tendrán la supremacía del secreto que desempolve la verdad. Sin embargo, esa parte ya contada de que sólo participaron colombianos es un ala de la fantasía, porque el hecho mismo que el gobierno estadounidense tuviese una nave lista para trasladar inmediatamente a los tres gringos liberados y no dejarlos hablar con nadie, desmonta la integridad de la “odisea” o “epopeya”.

 Lo que es cierto es que las FARC no es un árbol que se haya caído. Que nadie se apresure a querer hacer leña de él para el fuego de sus festejos. La guerra prolongada nunca jamás es una suma de victorias sin reveses o de reveses sin victorias. Lo militar más se ocupa de la parcialidad –táctica- y la política de la generalidad –estrategia-. El gobierno colombiano hará su análisis de su victoria como las FARC de su derrota. Eso es parte esencial del futuro de cada uno. En la guerra es donde menos tiene vigencia la risa eterna basándose en el resultado de un episodio específico. Son las circunstancias de la realidad –tanto internacional como nacional- las que determinan la conducta político-militar o política propiamente dicha. La voluntad de paz no es la misma en una conciencia de un rico que en la de un pobre, en la de un explotador que en la de un explotado, en la de un opresor que en la de un oprimido. Independiente de lo que cada clase, cada partido, cada movimiento organizado política o militarmente, cada persona piensen de la situación concreta de tiempo y lugar, delante marcha sin detenerse -hasta ahora ha sido así- la lucha de clases como el motor de la historia. Este no concluye su función social por el efecto de una exitosa y parcial operación “jaque”. Que venga y triunfe la paz en Colombia es el deseo supremo de todo ser humano pensante. Y eso pasaría, obligatoriamente, por dar solución a las causas que generan un conflicto político y armado como el colombiano. Quiera Dios, la Virgen, el Espíritu Santo, pero primordialmente el pueblo colombiano, la operación “jaque” no atiborre de ínfula de victoria permanente a las fuerzas, a la clase, al Estado, que tienen que dar serios y responsables pasos en procura de una solución política, que satisfaga a todos los componentes de la sociedad colombiana, al conflicto armado que martilla –como duende- las cabezas de Colombia entera durante más de cuatro décadas continuas. En la historia se viven, cortos o largos, períodos que no son ni de verdadera paz ni de verdadera guerra. Sin eso ningún modo de producción de clases podría sostenerse. El socialismo, temprano o tarde, superará con creces todas las causas que promueven las guerras para que triunfe definitivamente la digna paz con verdadera justicia social.

 El capitalismo sigue siendo poderoso y mantiene hegemonía sobre el mundo entero. Eso nos dice que la lucha de clases será prolongada y costosa. El hecho que Cuba y Viet-nam se hayan visto en la necesidad ineludible de aceptar inversión de capital monopolista foráneo en sus economías nacionales es una prueba irrefutable que una revolución depende, en primer lugar, de las condiciones del campo internacional. Si eso no se tiene claro, el aislamiento conduce, en este tiempo de globalización capitalista salvaje, a la muerte prematura de cualquier proceso revolucionario. En ese contexto también hay que analizar el conflicto político armado que vive Colombia. Sin embargo, ninguna clase proletaria “nacional” está en la obligación de esperar que desde fuera le dicten, con exactitud asombrosa, sus deberes para hacer posible su revolución –toma del poder político- en su nación. En el caso concreto de Colombia, no es haciendo leña de un árbol que no ha caído como debemos contribuir al análisis de su situación y al ejercicio de la solidaridad con la causa revolucionaria de los colombianos.

Es justo, incluso por razón humana, respetar y hasta compartir la alegría de los liberados y, especialmente, cuando no se produjeron bajas del lado de los camaradas que la opinión mundial desconoce cómo se dejaron engañar, pero nunca podrá ser de revolucionarios festejar la alegría de Uribe y Santos, de los militares colombianos y el gobierno de Estados Unidos. No, que festejen ellos a su manera. En este momento histórico, difícil pero superable, que viven los camaradas de las FARC necesitan –aunque no lo soliciten- de la solidaridad espiritual de todos los revolucionarios y todas las revolucionarias del mundo entero. Por ello, ni siquiera intentemos hacer leña de un árbol que no ha caído. Los golpes recibidos por nuestros camaradas de las FARC, por más que los enemigos de la justicia y la libertad le saquen provecho, no construirán una muralla que evite el triunfo de la causa socialista ni en Colombia ni en el mundo entero. Son hechos de una guerra en particular que no borrará de la faz de la Tierra el espíritu de emancipación de los pueblos. Así es la historia de la lucha de clases. ¿Acaso no han fracasado insurrecciones o procesos revolucionarios en determinados momentos de la historia y el mundo continúa buscando su verdadero cauce de libertad? ¿Eso garantiza la eternidad del capitalismo y la muerte definitiva del socialismo? Ni Dios ni la virgen de Guadalupe pueden festejar los triunfos del Diablo.

Y si fuera cierto lo que ya se dice que la operación “jaque” fue obra de una concertación de pago de un rescate de veinte millones de dólares, no sólo perdería toda vigencia lo antes escrito, sino que, además, nada tendría que opinar al respecto. Sin embargo, el gobierno del presidente Uribe que se ha regocijado tanto de lo pulcro, de lo limpio, de lo perfecto y del profundo respeto a los derechos humanos que demostró la operación “jaque”, reconocida como una obra prodigiosa por la liberada Ingrid Betancourt, debe explicarle al mundo ¿el por qué el camarada César aparece con la cara monstruosamente deformada? ¿Se cayó al momento de su captura o fue terriblemente golpeado por los “pacíficos” y expertos en operación de asalto? Es todo.



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Freddy Yépez


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