Un rubio latino y suprematista

Marco Rubio, el actual General Captain de Venezuela, acaba de lanzarse un notable discurso ante la Conferencia de Seguridad de Múnich. Este hijo de unos migrantes cubanos, que ni inglés sabían hablar, es ahora Secretario de Estado de un gobierno que persigue inmigrantes latinos como sus padres. No es el primer alto funcionario norteamericano que habla ante este auditorio de políticos, empresarios y militares europeos. El año pasado, el vicepresidente J.D. Vance prácticamente regañó a los dirigentes del "Viejo Continente" (si a ver vamos, más viejo es Asia o, incluso, África), porque reprimen la libertad de expresión de las organizaciones racistas y neonazis, y les advirtió que la mayor amenaza que enfrenta el continente no proviene de Rusia y China, sino "de dentro", para, al final, instar a frenar la migración ilegal en el continente y a que la alianza de la OTAN aumente el gasto en defensa para que EEUU no tenga que gastar tanto. Ahora Rubio da un discurso con una textura menos burda, tal vez más "intelectual" o "doctrinario", que Vance, su rival en la herencia política-electoral que dejará Trump en tres años.

Rubio no habló de guerras, ni de seguridad. Asumió un rol de ideólogo o, mejor dicho, de nuevo representante de una ideología confeccionada con retazos de conservadurismo, suprematismo imperial, racismo nazi, tesis geopolíticas fusiladas del libro "Choque de Civilizaciones" de Samuel Huntington y la filosofía abigarrada de Alexander Dugin, el asesor de Putin, y demás "nazbol". Rubio no se dirigió a una alianza militar (OTAN) ni a un bloque comercial, sino a los "herederos de una civilización común". Al igual que Huntington, Rubio definió a "Occidente", no por sus instituciones democráticas o liberales, sino por un núcleo religioso y tradicional: la "fe cristiana" y el "legado de los antepasados". Es la misma noción que Dugin usa para caracterizar al "Mundo Ruso" o a su "Tercera ideología", que va a desplazar al liberalismo, el nazismo y el comunismo marxista: el pensamiento Nazbol (Nacional-Bolchevique), que se expresa en la recuperación de la geopolítica, no como una lucha entre sistemas socioeconómicos, como en la Guerra Fría entre EEUU y la URSS durante casi todo el siglo XX, sino una guerra espiritual entre civilizaciones orgánicas y un "materialismo" externo. Rubio les dijo a los europeos: "Estamos conectados espiritualmente... somos hijos de Europa", desplazando el eje de la ley hacia la sangre y la fe, que evoca «las bóvedas de la Capilla Sixtina y las majestuosas agujas de la catedral de Colonia» como un operador turístico que propone recorrer Europa en un fin de semana, o que cita con una ironía pop, francamente anticuada a Dante, los Beatles y los Rolling Stones en el mismo plano

Rubio atacó la "ilusión peligrosa" del "fin de la historia", la famosa frase de Hegel, comentada por el filósofo ruso Kojeve y popularizada Francis Fukuyama cuando se derrumbó el muro de Berlín en los noventa, anunciaba una era de universalización de la democracia y libre mercado. Aquel concepto (sobre el cual es bueno retornar en algún momento) fue agriamente criticado por la izquierda en su momento, a veces con el argumento trivial de que seguían produciéndose eventos, otras, atacando el triunfalismo de un capitalismo efectivamente triunfante. Pero Rubio critica a Fukuyama desde otro punto de vista: el de la ultraderecha. Para Rubio, el neoliberalismo no es malo por la desigualdad, sino porque "desindustrializa la nación" y "destruye la familia nuclear". Este rechazo al "atlantismo liberal" (irónicamente, siendo él Secretario de Estado de EEUU), es el mismo de la Nueva Derecha europea: el mercado debe servir a la nación, y la nación debe servir a la Tradición, la Tierra, la Sangre y a Dios.

Rubio, como Dugin, como los neonazis alemanes y la ultraderecha argentina, metió en el mismo saco de la "izquierda" a la inmigración masiva que amenaza la pureza nacional, el Islam, el feminismo, el movimiento LGBT, la socialdemocracia que quiere poner impuestos y tener "políticas sociales" y, tal vez, el marxismo-leninismo (presentada como una pequeña secta fragmentada en mínimas secticas). La "migración masiva", para él no es un fenómeno humanitario, sino una "amenaza existencial al tejido de nuestra civilización". O sea, el "cáncer interno" que debilita a Occidente frente a sus rivales externos.

Rubio recuperó nociones de la geopolítica del siglo XIX y principios del XX, que nutrieron el "pensamiento nazi", considerando a las naciones (es decir, las grandes potencias blancas y cristianas, ojo) como organismos que deben luchar por su "espacio vital" y su "soberanía total". Es la sustitución de la política "amistosa" (basada en el derecho internacional y la cooperación multilateral) por una política "realista" agresiva.

Pero hubo un matiz que hizo pensar de inmediato al auditorio en la dura pugna por la herencia trumpista en las elecciones presidenciales norteamericanas de dentro de tres años. Efectivamente, y a diferencia de Vance, Rubio mostró una visión de Europa optimista, que contrastó claramente con el unilateralismo brutal y asimétrico de la doctrina europea de la Casa Blanca, así como con las declaraciones del propio Trump. Mientras este afirmaba que «Europa está acabada» y que la doctrina estadounidense enunciada en la Estrategia de Seguridad Nacional sigue teniendo como objetivo provocar un cambio de régimen y la desintegración de las instituciones europeas, al tiempo que converge con la Rusia de Putin, Rubio habla con un discurso al estilo de Kennedy de un entrelazamiento de las dos orillas del Atlántico, de una «frontera» y de un destino común, lo que resulta especialmente aberrante si se compara con la realidad del poder estadounidense: «Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo. Aquí surgieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica».

Por supuesto, sabemos que la historia de la política de EE. UU. hacia América Latina ha oscilado entre el "buen vecino" (política amistosa) y el "garrote" (realismo). El discurso de Rubio en Europa sugiere que esta oscilación ha terminado en favor de un realismo geopolítico y suprematista. Lo que Rubio propone no es una alianza de iguales, sino un atrincheramiento cultural. Al adoptar marcos mentales compartidos por figuras como Dugin, Rubio está validando la visión de un mundo fragmentado en bloques cerrados e intolerantes, donde la diplomacia ya no busca la paz, sino la supervivencia del "nosotros" frente al "ellos". Esto no era lo que planteaba Huntington en los noventa. El sólo reconocía el peso de la cultura, caracterizada por un eje religioso, en la conformación de áreas geopolíticas. Pero hasta las nociones más "objetivas" han sido tocadas por este nazismo de nueva generación.

El discurso de Rubio en Europa envía un mensaje claro a América Latina: el hemisferio occidental ya no es una periferia, sino un teatro central de seguridad nacional. Los gobiernos que busquen una neutralidad activa o asociaciones estratégicas con China serán vistos no solo como competidores económicos, sino como traidores civilizatorios o amenazas a la "cohesión de Occidente". La frontera mexicana, que separa a EEUU de América Latina, deja de ser una línea geográfica para convertirse en una frontera estratégica de estabilidad. Esto implica una presión sin precedentes sobre los gobiernos para que actúen como "muros de contención" bajo la amenaza de sanciones o la pérdida de estatus de "aliado occidental".

Al amalgamar a la izquierda progresista, el feminismo y la diversidad sexual con regímenes autoritarios en una sola "izquierda genérica", Rubio elimina los matices diplomáticos. Para los gobiernos de izquierda o centro-izquierda en Brasil, Colombia o Chile, el espacio de maniobra se reduce drásticamente. Rubio propone un mundo de campos de fuerza donde, o se alinean con la reconstrucción de este "Occidente" tradicionalista y suprematista, o son clasificados como parte del enemigo interno que debilita el tejido social de la civilización.


 



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Jesús Puerta


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