Censura de vanguardia

En la censura, predominaba casi exclusivamente el aspecto político sobre cualquier otro, dado que se trataba de un medio más al servicio del poder habitualmente dominante. Esta censura tradicional, la que venían practicando los regímenes dictatoriales y similares, para que no se descubriera el pastel, aun vigente en algunos casos, ha sido desplazada por otra más avanzada y discreta, para que la muchedumbre no perciba que está permanentemente fiscalizada por el que corta el bacalao. Artificio que responde a las exigencias del sistema y de la globalización. Los antiguos censores políticos tenían fácil el trabajo, porque, lo cultural y los medios de difusión, donde podía surgir la discordancia con el régimen, se movían dentro de un estrecho marco geográfico, el número de contestatarios era mínimo y la difusión escasa. El panorama cambia desde el momento en que se consolida la globalización comercial y política, dejando claro que el único poder efectivo es el del gran capital, fiscalizado por la superelite del poder, y la censura, como exigencia de todo sistema de poder frente a la discordancia, supera los límites geográficos, temáticos e instrumentales. Para resolver el problema de la efectividad a nivel general aparece internet, un producto de la globalización, controlado por sus patrocinadores desde el centro del poder del dinero especulativo, con el que la censura cuenta con un nuevo medio de alcance mundial. En cuanto al modelo de antaño, se queda en el empeño, a su vez, sometido a la nueva censura, prioritariamente de naturaleza económica, doctrinal, discreta, original en el método, eficaz, mundializada, dotada de nuevo instrumental, cuya función no es ya proteger una ideología política, sino una doctrina que rige totalmente la vida de las gentes.

Como se ha venido combatiendo la opinión que muestra falta de consonancia con la oficialidad del momento, para erradicarla, el gran capital, dada su condición de amo del mundo, no podía prescindir de la censura, porque necesita ejercer su función como poder sin contestación. En el plano estratégico, no solo es obligado que elimine competidores, sino las simples discordancias con el sistema. Un medio es la censura preventiva, teniendo en cuenta que la palabra y la letra inapropiadas crean disidencias, incluso estas pueden ser crecientes y, al igual que una bola de nieve descendiendo por la pendiente montañosa crece hasta arrastrar todo a su paso, con la disidencia sucede otro tanto, por lo que es conveniente pararla de inmediato. De ahí, que no renuncie a utilizar la censura, por lo general anteriormente reservada a la política, y la haga extensiva al terreno económico de su dominio, proyectándola luego a todo lo que puede tener relación con los intereses del poder dominante.

La clave de la censura de vanguardia es velar por el mantenimiento de la doctrina capitalista, fundamentalmente en lo que afecta a los fieles; en cuanto a los oficiantes, basta con que cumplan la función asignada por el capital y los subalternos que la hagan efectiva con sus leyes. La doctrina de crear capital permanentemente, que incumbe en exclusiva a los mercaderes, y consumir sin límites, que afecta a los fieles, ha de ser protegida a toda costa para mantener la vigencia del dogma, de eso se ocupan los gobernantes. Con esa finalidad, ha de llegar a todos los espacios vitales de forma impositiva, para lo que resulta idóneo internet. A las empresas, la globalización ha dejado el campo libre para sus fines expansionistas, porque era de eso de lo que se trataba, mientras que a los consumistas se les debe cerrar el paso para que no salgan del redil del mercado. Es en este segundo plano donde trabaja con ahínco la censura, impidiendo que la discordancia saque a las masas del estado de adormecimiento que impone la plena entrega al mercado, procurando mantener intactas las creencias que la doctrina ha impuesto, centradas en el desarrollo de la cultura del consumismo, alimentada por distintos medios. En definitiva, viene a decir a las gentes cómo deben vivir su mediocre existencia, sustentada en el alivio temporal que produce la drogadicción en sus distintas variantes. La muchedumbre, dividida, en la que los distintos grupos con interés mercantil se mueven a placer con el consentimiento de los poderes públicos, ha llegado a perder hasta el natural sentido común, porque la doctrina capitalista ha creado un ejército de zombis casi a nivel global que asegura la prosperidad del negocio.

Actualmente, cuando la doctrina pregona libertades, derechos y otras bagatelas ilusionantes, no parecería coherente que tuviera vigencia la censura, porque crea demasiadas limitaciones y está mal vista por el público; no obstante, como sigue siendo útil frente a las discrepancias, basta con maquillarla y, en su utilización, guardar las apariencias. Motivos por los cuales, se acude a nuevos métodos para su aplicación y se opera discretamente desde la sombra. De esta manera, se habla ante el auditorio de libertad, de respeto a los derechos, de desarrollo, de mercado justo, de medio ambiente, de prosperidad y de mucho más, pero no así tras el cortinaje, donde prima el puro interés del negocio mercantil. No obstante, pese a la globalidad, en internet no todo es suavidad ni política de guante blanco, los menos hábiles o los excluidos del sistema, utilizan el nuevo medio sin el menor tacto y simplemente le ponen el candado para ocultar cualquier realidad incómoda para el poder local, retornando al pasado de la censura.

Toda opinión se ha hecho dependiente de la difusión a través de los medios, y este es un monopolio capitalista que presume de pluralidad, pero tiene que pasar por el filtro de las conveniencias para seguir funcionando. Cuando se trata de limitar la difusión, porque el mensaje solo es incómodo, basta con echar mano de los subordinados y de los amiguetes mediáticos para que no suene, dicho sea en interés de todos. Esta primera fase es una misión sencilla, a base de un toque por aquí y otro por allá, colocando el altavoz mediático oficial en primer término para silenciarlo. Sin embargo siempre hay algo que se escapa y deja de ser inofensivo. Para ese caso, se ha diseñado toda una estrategia en internet a través de grandes empresas capitalistas, dispuestas a controlar todo lo que se refiere al conocimiento y la información mundial, ellas son las que transmiten las órdenes al ejército de páginas que manejan los navegadores y buscadores, para desplazar o simplemente ocultar esa opinión incómoda. No es preciso un gran esfuerzo, porque la gran maquinaria, debidamente utilizada por sus operarios, es obediente y cumple fielmente su función. Por tanto, de ese proceso claramente intencionado, en el que se desplaza o ignora la opinión contracorriente, ha sido conscientemente planificado, aunque con la apariencia de que siempre puede achacarse a un simple error o culpar a la máquina, para que la libertad de opinión quede a salvo. Es, en suma, otro sistema de censura, más eficaz y discreto, que deja intacto ese mundo virtual con que se adorna el sistema. Dentro de la pluralidad de opiniones, solo resplandece el criterio único, adornado de libertades inexistentes, derechos dicrecionales, ocurrencias grupales y parches políticos, mientras la doctrina consumista triunfa y, todo lo demás, a callar.

Ante los ojos de los incautos súbditos del sistema capitalista global, aquellos que un día quisieron ser ciudadanos de cualquier Estado, ahora en vías de extinción atenazado por la globalización, solamente se expone lo que interesa que resplandezca a la superelite del poder. En cuanto a las divergencias, no solamente se les niega un lugar, incluso en cualquier otro medio alternativo, sino que desaparecen totalmente del bagaje documental del que pudiera ser el notario que da fe de la realidad. En internet solo se deja ver lo que conviene a la doctrina o lo inofensivo, porque la función que le ha sido asignada por las empresas controladoras capitalistas es la de ser un vial para su propia publicidad y pura propaganda del sistema.



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Antonio Lorca Siero

Escritor y ensayista. Jurista de profesión. Doctor en Derecho y Licenciado en Filosofía. Articulista crítico sobre temas políticos, económicos y sociales. Autor de más de una veintena de libros, entre los que pueden citarse: Aspectos de la crisis del Estado de Derecho (1994), Las Cortes Constituyentes y la Constitución de 1869 (1995), El capitalismo como ideología (2016) o El totalitarismo capitalista (2019).

 anmalosi@hotmail.es

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