El disparatado caso del diputado español condenado

(Hay por medio en este caso una bochornosa prevaricación.Pero la prevaricación es un delito de la persona-juez y el tribunal es un órgano colegiado. De este truco se han servido los magistrados para dictar una sentencia a sabiendas de que es manifiestamente injusta, y eludir así el delito)

En tiempos de injusticia es grave tener razón, decía Quevedo. Tener razón el diputado en su brillante alegato ante el tribunal que lo juzgó, ha sido la causa de que el tribunal se lanzase al monte. El caso de este diputado, por supuesto de izquierda, es, por sí solo, para llenar una antología española de la injusticia y del disparate…

Decía yo ayer que el alumno se limita a reproducir y repetir lo que aprende de su profesor. Esto es en la escuela, pero luego, cuando el alumno ha dejado la escuela, si pasa a la universidad sigue reproduciendo lo que le han enseñado los profesores de la universidad. La universidad tampoco enseña para la rebeldía sino para el continuismo. Esto es así en general en todas las naciones del sistema. Pero España, por el parón político de cuarenta años de dictadura, tiene un gravísimo problema en la asignatura pendiente de integración en el sistema. En las facultades de ciencias sociales y económicas se estudian a fondo los principios, modalidades y teorías concomitantes con la economía del libre mercado y el sistema capitalista luego neoliberal. Y me sospecho que también las excelencias de la monarquía por encima de las de la república. No otra cosa. Se dan a conocer pero muy superficialmente el marxismo y el comunismo cuya esencia didáctica es la duda y el interrogarse, para a continuación exponer los motivos por los que son anatema. Por eso no se estudian a fondo ni la heterodoxia política ni económica, ni a los heterodoxos. No sea que cale su detenido estudio en el alumnado con la suficiente profundidad, como para convertir a la universidad en un vivero de rebeldes. No obstante, no ha terminado la talla mental del ciudadano cuando el alumno ha abandonado la escuela y la universidad. Ahí le están esperando los medios de comunicación impresos y audiovisuales por si se le ocurre asomarse al exterior de la vida pública. Ellos continúan la domesticación. Ellos son ahora los encargados de enseñar al alumno, ahora adulto, cómo debe pensar y manifestarse: conforme a lo políticamente correcto. La contribución a la domesticación de la justicia (incluso mediante la prevaricación que ha dado lugar a la sentencia del canario Alberto Rodríguez), que corrige severamente las hipotéticas desviaciones puntuales de los ciudadanos más atrevidos, y con mayor motivo la del ciudadano más atrevido que se ha "infiltrado" en las instituciones, redondea la ímproba tarea de esculpir mentalmente a los pueblos. Esto es así en todas partes. Pero en España la presencia, potencia e intensidad de esa tarea disciplinaria de la mentalidad que empezó tras la dictadura con la Transición y sigue hasta ahora, alcanza unos niveles insoportables.

Así es cómo el ciudadano, al no haber sido educado para la rebeldía, la virtud original del hombre, al decir de Schopenhauer, sino para el conformismo y la adaptación a los modos más amplios de pensar y de vivir, se aquieta fácil y constantemente. A lo sumo, se queja, se manifiesta, protesta, sí, pero siempre como un hijo bien educado aunque las consecuencias de las acciones u omisiones políticas, sociales y económicas sean desastrosas para grandes segmentos de población sumidas en la marginación, en la exclusión social y en la pobreza. Y aunque también los efectos sean no menos desastrosos por su amplificación en las conciencias, como es el caso de la sentencia dictada por la justicia contra Alberto Rodríguez. La sociedad en general, pero mucho más la española, practica la esgrima, sí, pero sólo la de salón, ésa con la punta del florete embolada. Si no fuese así, son tantas las situaciones y tantos los motivos de indignación y rebeldía a que dan lugar los dirigentes de toda clase y especialmente la justicia desde que se pasó de un régimen tiránico a otro con permanentes engaños, que de no haber estado el alumno-ciudadano suficientemente doblegado, hace mucho que el pueblo español se hubiese levantado en armas…



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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