Cuba es vanguardia de la humanidad

La extraordinaria historia de Cuba, desde las luchas por la independencia en el siglo XIX hasta nuestros días, ha situado a la República cubana en un lugar destacado del concierto internacional de las naciones. País pobre en recursos, pequeño por su población y territorio, ha merecido varias veces el reconocimiento internacional por sus aportaciones solidarias en situaciones de emergencia humanitaria; también por su lucha contra el imperialismo en África y América. En ningún país del mundo se mantiene la tensión épica tan alta como en Cuba: épica militar en la lucha por la independencia y la soberanía, épica militante de la solidaridad internacional acuñada por sus intelectuales más insignes y plasmada en la Constitución revolucionaria de la Nación soberana.

Podríamos resumir esa épica en dos consignas fundamentales de la política cubana: 1. ‘Patria o muerte. Venceremos’, expresión de una confianza radical en la razón colectiva del pueblo, encarnada en el ideal de la nación socialista, como lugar donde madura y se perpetúa el comunismo natural de la humanidad. 2. ‘Patria es humanidad’, acuñada por Martí, nos muestra cómo la humanización de personas y colectivos se hace universal a partir de las identidades particulares que la historia y la geografía han ido creando siglo tras siglo, identidades abiertas a la solidaridad generosa y la cooperación fraterna entre todos los seres humanos.

Toda épica exige luchas mortales y superaciones trágicas. La desproporcionada lucha afrontada por la pequeña República de Cuba contra el imperio más grande de la historia es un portento asombroso de la voluntad y la resistencia. Nadie se explica cómo este pequeño héroe ha podido resistir tanto tiempo al poderoso gigante mafioso que amenaza la vida pacífica de la ciudadanía mundial. A pesar del criminal bloqueo al que está sometida la nación cubana, condenado año tras año en las Naciones Unidas por una mayoría aplastante contra los dos únicos votos de los EEUU y su aliado, el genocida Estado de Israel; hasta hoy el pueblo cubano ha seguido negándose a la rendición soportando calamidades sin tregua, enarbolando su fe en la razón y el ser humano.

Ahora, cuando un segundo periodo especial, derivado de la pandemia y sus terribles consecuencias económicas, azota de nuevo a la población cubana, pudiera parecer que todo está perdido. Pero no podemos perder esa fe revolucionaria en la nación socialista, que se pone en pie para defender su derecho a ser lo que es y lo que quiere ser: la esperanza de la humanidad.

Si acaso no fuera así, que su semilla se expanda por el universo: si cayera Cuba, niños del mundo, ¡salid a buscarla!

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Las corrientes que propugnan el individualismo han crecido al interior de la cultura cubana desde hace tiempo. Quizás nunca se fueran del todo, y se alimentan de los errores, los fracasos y las dificultades que afronta la República de Cuba. Hace unos años en un recital poético dentro del Festival de Poesía de Pinar del Río, un vate osó mostrarnos su convicción íntima en un poema: morir por la patria es morir, ¡madre! –expresando así su contraposición al himno de la República que reza: morir por la patria es vivir-. Hoy ese verso se ha transformado en una consigna, Patria o vida, que opone la experiencia individual a los ideales revolucionarios. Patria y vida me parece una expresión más adecuada al sentido común del pueblo cubano en este momento crítico, pero no subraya la oposición al Estado que quieren alimentar los elementos más radicales de la protesta.

Esa evolución sintetiza una penetración de la ideología liberal en la cultura cubana, observable también en otras manifestaciones culturales –así entre los filósofos bajo la influencia de Heidegger o de la ética académica española; o la persistente presencia del reguetón en la música cotidiana, sustituyendo a la trova; etc.-; y económicas, especialmente el oportunismo originado en la apertura mercantil de las relaciones de producción. Para quien conozca la sociedad cubana es evidente que las actuales manifestaciones contra el orden político han sido incubadas desde hace tiempo y han estado esperando una oportunidad para salir a la superficie, cuestionando el sistema social.

La cuestión fundamental de nuestra época ha sido planteada por la revolución proletaria: la superación del capitalismo y su cultura individualista de masas anónimas. No está claro cuáles serán las estructuras sociales a partir de las cuales será posible dar ese paso necesario para la humanidad, cada día más acuciante ante los desastres que provoca el capitalismo tardío en forma de guerras genocidas, agotamiento de recursos y destrucción de la biosfera. Hoy sabemos que el consumo de las sociedades opulentas del globo está agotando las posibilidades de vida para las generaciones futuras. Sin embargo, numerosos cubanos desencantados con la Revolución aspiran a vivir en esa opulencia, participando de la decadencia egoísta de la ciudadanía rica.

Es claro que las revoluciones proletarias del siglo XX no han liquidado el capitalismo, solo han transformado las relaciones económicas en un capitalismo de estado con la burocracia sustituyendo a la burguesía. Hemos de entender esa nueva forma de capitalismo burocrático no solo como una limitación de los derechos de propiedad, sino además como un campo de la lucha de clases. El burócrata es un gestor necesario de la economía de transición al socialismo, pero puede convertirse –y se convierte frecuentemente- en un hipócrita que obtiene una renta suplementaria gracias a la fe en la ideología socialista. Por eso, se ha comparado en ocasiones el movimiento comunista con una Iglesia, cuyos ideales se corrompen al contactar con las realidades de este mundo.

En su evolución hacia el socialismo ese estado burocrático exige un desarrollo de la conciencia personal de cada sujeto y de la ciudadanía en su conjunto, capaz de reconocer y vivir el carácter social de la naturaleza humana. Conciencia de clase lo denomina la tradición marxista. Por el contrario, la posibilidad de revertir hacia el capitalismo liberal, como sucedió en la URSS y sus aliados en el Bloque del Este, es inminente cuando se pierde esa perspectiva de la conciencia personal y colectiva. El desarrollo consciente requiere de libertad, y no de esa libertad para apropiarse ilegítimamente de lo público, típica de los países capitalistas; como ha sucedido en otras reversiones de los países socialistas al capitalismo liberal, esa apropiación de los bienes comunes puede estar en el trasfondo disimulado de las demandas de libertad de los manifestantes cubanos, ingenuamente seducidos por el espejismo capitalista.

El peligro de la burocracia es precisamente que puede apropiarse de lo público para satisfacer intereses individuales; la represión de la crítica es su instrumento de dominación y la agresión externa imperialista su coartada. La República Popular China consiguió atajar ese peligro a través de la Revolución Cultural, en aquellos diez años de subversión popular contra los burócratas, dirigida por el propio Partido Comunista Chino: ¿cómo evaluar esa crisis existencial de la sociedad china, ese proceso depurativo de las estructuras sociales burocráticas?, ¿en qué relación –ya inversa, ya complementaria- están con el origen del actual asombroso desarrollo del gigante asiático? ¿No es eso lo que está pidiendo a gritos la protesta popular en Cuba? Tal vez lo que necesita la sociedad cubana es que el Partido Comunista se ponga al frente de las protestas para depurar el Estado de los oportunistas que se apropiado de él.

Y si bien no parece posible un proceso similar en Cuba –entre otras cosas por la presión imperialista sobre la nación-, el problema que se tiene que plantear el Partido Comunista Cubano es el mismo: cómo convertir la protesta contra el Estado burocrático en una fuerza revolucionaria capaz de regenerar la sociedad cubana y poner la maquinaria pública al servicio de la ciudadanía, del progreso y del socialismo. La tarea parece titánica si tenemos en cuenta la postración de la economía cubana tras la crisis provocada por la pandemia y la permanente presión del imperialismo. Pero el consenso ciudadano acerca de la Constitución de la República, elaborada democráticamente en los últimos años, es muy amplio; apoyándose en ella el gobierno cubano puede dar un impulso hacia adelante para el desarrollo de la sociedad cubana hacia el socialismo.

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Lo que está fallando en Cuba es el desarrollo y realización de los principios establecidos en la Carta Magna recién aprobada. La lentitud y la rutina de la máquina burocrática han bloqueado el proceso político. La falta de flexibilidad para sortear las provocaciones, que aparecen necesariamente en el debate público con reaccionarios y sectarios de toda laya, han socavado la credibilidad democrática de la República. Los privilegios adquiridos por algunos funcionarios oportunistas son una ofensa para los ciudadanos consecuentes. Las diferencias de riqueza creadas por la introducción del mercado en las relaciones de producción son dolorosas para los trabajadores solidarios y los funcionarios conscientes de sus deberes. El desencanto alimenta las bajas pasiones y la revuelta acaba por liquidar la confianza pública: el odio se instala en la sociedad y la disensión conduce al desastre colectivo.

La República de Cuba se basa en el consenso ciudadano y no en la represión. Nunca había pasado algo así como las manifestaciones del 11 de julio y los acontecimientos tienen un aire de novedad, manifestando que la sociedad está realmente envuelta en profundos procesos de cambio. Desde hace 60 años no ha habido protestas tan importantes contra el orden social, justo cuando el Estado se ha dotado de la Constitución más democrática jamás conocida. Por eso debemos saludar la protesta como una bienvenida a la nueva legislación, que exige ser puesta en práctica sin más dilación. Una fiesta de la democracia. Un acontecimiento político tan importante como la primera Constitución en el mundo que ha sido debatida ampliamente por toda la sociedad, y no sólo por un grupo de intelectuales bien pensantes, merece un pueblo que sepa defenderla y exigírsela a sus políticos.

La apelación al diálogo que ha realizado el Presidente de la República es el camino para detener ese proceso de deterioro de la solidaridad patriótica. Ahora que la calma ha vuelto a los corazones, es hora de retomar el diálogo que hizo posible el proceso constituyente. Abrir foros de debate bajo los principios de libertad de expresión, reunión y manifestación, escrupulosamente respetados. Desarrollar los principios constitucionales en un aparato jurídico y legislativo capaz de hacer prácticas sus formulaciones. Atender a las demandas populares en la medida en que expresan reivindicaciones justas y críticas responsables.

También es hora de depurar responsabilidades entre los funcionarios que se han excedido en sus funciones. Hemos visto a la policía aplicarse con dureza, aunque sin la brutalidad que se puede observar en numerosos desempeños policiales de los estados liberales. En todo caso, las actuaciones policiales deben ser crítica y cuidadosamente revisadas para establecer posibles excesos, tanto como se debe condenar la violencia que pueda haber sido ejercida por manifestantes demasiado exaltados por la lucha callejera. Teniendo en cuenta que esa exaltación es un eximente y no un agravante de la transgresión.

Y especialmente esta pequeña revolución cubana, síntoma de una rebeldía secular nunca finiquitada, debe servir para retomar el camino de la igualdad y la fraternidad entre los cubanos, afrontando las enormes dificultades que sufre el pueblo llano y recortando los privilegios de las capas sociales con mayor acceso a los recursos escasos.

¡Patria o muerte! ¡Venceremos!

¡Viva Cuba socialista!

¡Patria y vida!



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