Las ideas y los hombres

Utilizo la palabra con un sentido inclusivo para abreviar...

La mayor parte de los intelectuales preferimos las ideas a los hombres. Quizá por eso he ido dejando a lo largo de mi vida amistades masculinas que propiamente no lo eran. Los amigos que lo fueron han ido falleciendo. Y en principio no fueron discrepancias políticas la causa del distanciamiento o de la ruptura. Fueron un egoísmo social insoportable y un estrabismo propio de ideas no en sí conservadoras que podía compartir en parte, sino una notable falta de inteligencia impropia de quienes habían pasado por universidades de postín.

Pues he de aclarar que en materia política, en un país tan poco acostumbrado a ella por el peso de los absolutismos inveterados, soy muy comprensivo. El abanico de mis ideas es capaz de abarcar de un extremo al otro. Todo el mundo tiene una cuota de razón. Nadie tiene derecho a acapararla toda. Salvo que las ideas condesciendan con la corrupción y justifiquen la opresión, soy muy tolerante. A fin de cuentas estoy tallado por una ética espartana y un amor al rigor que, dicho sea de paso, es poco o nada valorado en general por las generaciones presentes, en casi todos los asuntos que de algún modo nos afecta a los mayores. Las soluciones en política vienen del diálogo. Siempre hay puntos intermedios en los que ambas partes pueden y deben concurrir. La voluntad política es un concepto clave tanto para el consenso como para la gobernabilidad. Y en España, por el persistente predominio de una mentalidad de siglos mezcla de teología y de moral tan laxa para los opulentos para los prebostes, para las clases económicamente altas, como estricta o exigente para el pueblo al que los otros cínicamente condenan por nimiedades, la voluntad política y la tolerancia no es que se hacen cada vez difíciles, es que se hacen casi imposibles...

Ahora, aunque por el paso del tiempo carecen de fundamento, vuelven a las andadas los mismos que antes, durante y después de la guerra civil, la ganaron y en consecuencia han realizado propiamente la historia y además la escriben y la enseñan en escuelas privadas. De ahí su nula voluntad y su intolerancia cuando se trata de llegar a acuerdos. En todo caso, por las ideas sociales saco consecuencias. No me interesa que mi interlocutor me diga a quien piensa votar. Lo que dice acerca de cómo concibe la sociedad ideal me resultan suficientes para tratar a esa persona o para evitar su trato a menos que sea por necesidad (que rara vez se me presenta), sea de circunstancias o del hola y el adiós...

Me sospecho que en España, lamentablemente, no sólo yo pienso y siento así. A gran parte de quienes tienen pensamiento de verdadera izquierda, les ha de ocurrir, pienso, más o menos lo mismo... Por eso es tan difícil alcanzar la altura de miras de los demás países europeos cuyas guerras intestinas quedan muy lejos y en cambio las dos guerras mundiales en las que España no intervino, después de las hostilidades han ido poco a poco esforzándose por reconciliarse hasta lograr la Comunidad Europea en la que España, salvo por su interes económico encaja mal. Pues la reconciliación en España entre los dos contendientes de "su" guerra civil, parece condenada a no lograrse jamás. La persistencia de la chulería y la jactancia de los eternos ganadores no parece que vaya a erradicarse jamás. Sobre todo cuando asistimos al triste espectáculo de que quienes les frenaron en los años 80 y luego fueron o parecieron el bastión de las ideas de izquierda, se han ido acomodando a ellos por interés personal o por reblandecimiento de sus ideas...

 



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Jaime Richart

Antropólogo y jurista.

 richart.jaime@gmail.com      @jjaimerichart

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