La civilización materialista y guerrera

"El sociólogo Lipovetski estudió en diversos ensayos reunidos bajo el título de La era del vacío, el inmenso empobrecimiento psíquico causado por la masiva personalización falsa y la alienación de las conciencias; es ella la que construye nuestro mundo y lo remoldea según un proceso sistemático de personalización que consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta, en proponer más para que uno decida más, en substituir la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad de la pluralidad, la austeridad por la realización de los deseos…"

La culminación del entero proceso de la civilización, culmina hoy en la promoción y competencia consumista con el aparente triunfo del capitalismo, economicista y mercantil, sobre la utopía socialista. El triunfo fue posible por la desviación estatista y el capitalismo de Estado, impuesto por el socialismo, fórmula asfixiante que se deshizo sola. El mercantilismo capitalista queda librado económico posible. Junto con la renovación del sentimiento la entera libertad de remodelar las sociedades para los fines del máximo crecimiento económico posible. Junto con la renovación del sentimiento deísta, el economicismo preparas nuevos campos de concentración y presidios, éstos mentales, limitados a alienar por la seducción de compras y consumo material, a la humanidad.

El pesimismo y el vacío interior del productor de bienes de consumo, sobre todo cuando se alcanza los niveles de la impersonalidad de las trasnacionales anónimas, no se compensan sino con el dinero y lo que puede lograr o comprar con él.

Para ello se aliena a la juventud estimulando la vanidad, el exhibicionismo, el narcisismo. Se habla de liberación de los prejuicios. ¿Qué prejuicio mayor que reducirlo todo a una erótica dirigida hacia el comercio y la venta? Todo se sexualiza en cálculo frío de ganancias, mediante la publicidad, la T.V. y el espectáculo continuo. La ambigüedad se cultiva también comercialmente, para jugar sobre dos teclas a la vez, en un desarrollo bisexual sistemático. La cirugía estética, en una sociedad decadente como la nuestra, regida por el culto a la piel, tenía que prosperar como técnica corporal al servicio del narcisismo de los concursos de belleza, del jet-set y de los "ídolos" del espectáculo incesante.

Por lo tanto el cristianismo, mejor dicho, el catolicismo, fundamentó su praxis sobre el tabú sexual y, por eso mismo, saturó el sentir religioso de terrores y de inhibiciones deformadoras. La sublimación sexual como forma de ascetismo, tiene que ser obra de libre elección capaz, por lo tanto, del proceder contrario. La prohibición cuanto más rigurosa sea, origina mayor reacción.

Alberto Einstein, decepcionado de comprobar la ignorancia, el miedo y la avidez reinantes en nuestra sociedad escribió sin embargo, desde el fondo de su desencanto: "No podemos perder toda esperanza en el hombre porque nosotros mismos somos hombres". No puedo prever el afloramiento de un grupo de científicos que apoyados en sus teorías renovarían la alianza con el Espíritu aceptado como conciencia del cosmos, contenido y continente trascendentales englobando el tiempo, el espacio, el Caos, aún no vivenciados en toda la abstracción esencial e intelectual por una colectividad humana sumida en la edad oscura del alma, en la inmensa alienación tecnológicaerotizante-consumista.

En el ocaso de su vida Einstein dijo: "Nunca haga nada contra su conciencia, inclusive si el Estado se lo pide". La vejez noble de Einstein se alimentó del propósito de servir de expresión a la conciencia humana. Se sometió a algo que a veces denominó Dios, un Dios impersonal, ordenador del cosmos, algo que tenía que ver con la racionalidad y la compresión del universo inestable, de la materia discontinua, y de una organización milagrosa no lineal, con fluctuaciones y una dinámina energética misteriosa pero comprobable. Se conoce su frase: "Dios no juega a los dados".

—Juan Liscano.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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