Gringolandia y la maníaca obsesión por erradicar y recrear la mente humana

La Segunda Guerra Mundial hizo que la lucha contra la pobreza cobrara nueva urgencia. El nazismo había calado en Alemania en una época en que ese país estaba sumido en una durísima depresión económica provocada por las reparaciones de guerra impuestas tras la Primera Guerra Mundial y agravada por la crisis de 1929. Keynes advirtió desde el primer momento que si el mundo adoptaba una estrategia respecto a la pobreza de Alemania, las consecuencias serían terribles: "La venganza, me atrevo a predecir, no tardará en llegar". En aquellos tiempos nadie hizo caso a sus palabras, pero cuando se reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial, las potencias occidentales abrazaron el principio de que las economías de mercado debían garantizar un nivel de dignidad básica lo suficientemente alto como para que los pueblos desilusionados no se tornaran de nuevo hacia ideologías más seductoras, fueran el fascismo o el comunismo.

En el mundo en vías de desarrollo se imponía una tendencia similar, más radical, que se conoció con el nombre de desarrollismo o de nacionalismo del Tercer Mundo. Los economistas desarrollistas afirmaban que sus países escaparían por fin de la pobreza si llevaban a cabo una estrategia de industrialización orientada al interior en lugar de recurrir a la exportación de recursos naturales, cuyos precios cada vez eran más bajos, a Europa o América del Norte.. Defendían reglamentar o incluso nacionalizar la explotación del petróleo, minerales y otras industrias claves, de modo que buena parte de los beneficios obtenidos sirvieran para financiar un proceso de desarrollo financiado por el gobierno.

El laboratorio más avanzado del desarrollismo fue el extremo sur de América Latina, conocido como el Cono Sur: Chile, Argentina, Uruguay y partes de Brasil. El epicentro fue la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina, con sede en Santiago de Chile, dirigida por el economista Raúl Prebisch desde 1950 a 1963. Prebisch formó a economistas en la teoría desarrollista y los envió a que sirvieran de asesores económicos de gobiernos de todo el continente. Los políticos nacionalistas como el argentino Juan Perón pusieron en práctica sus ideas con enorme placer, volcando grades cantidades de dinero público en infraestructuras como autopistas y fundiciones, ofreciendo a los empresarios locales generosos subsidios para que construyeran fábricas que fabricaran coches o lavadoras y evitando la entrada de productos extranjeros con unos aranceles prohibitivamente altos.

Durante este trepidante período de expansión, el Cono Sur empezó a parecerse más a Europa o Norteamérica que a otras partes de América Latina o del Tercer Mundo. Los trabajadores de las nuevas fábricas fundaron poderosos sindicatos que negociaron salarios de clase media y sus hijos estudiaron en las recién construidas universidades públicas. La enorme distancia entre la élite de club de polo de la región y las masas campesinas empezó a acortarse. En la década de 1950 argentina tenía la clase media más numerosa de todo el continente y el vecino Uruguay una tasa de alfabetización del 95% y un sistema de sanidad pública gratuita para sus ciudadanos. El desarrollismo consiguió unos éxitos tan indiscutibles durante un tiempo, que el Cono Sur de América Latina se convirtió en un símbolo para los países pobres de todo el mundo; allí estaba la prueba de que si se seguían políticas prácticas e inteligentes y se implementaban de forma agresiva la brecha de clases entre el Primer y el Tercer Mundo podía de verdad cerrarse.

Para los dirigentes de las multinacionales estadounidenses, que tenían que lidiar con un mundo en desarrollo cada vez más hostil y unos sindicatos cada vez más poderosos en casa, los años de crecimiento de la posguerra fueron una época inquietante. La economía crecía a buen ritmo, se creó mucha riqueza, pero propietarios y accionistas se veían obligados a redistribuir gran parte de esa riqueza a través de los impuestos que gravaban a las empresas y de los salarios de los trabajadores. Era un arreglo con el que a todo el mundo le iba bien, pero un retorno a las reglas anteriores al New Deal podía hacer que a unos pocos les fuera mucho mejor. Todo se estropeó con el New Deal. Ahí fue donde tantos países, empezaron a ir por el mal camino. Para que los gobiernos volvieran al camino correcto, Friedman, en su popular libro Capitalismo y libertad, diseñó lo que se convertiría en el manual del libre mercado y que, en Estados Unidos, constituiría el programa económico del movimiento neoconservador.

En primer lugar los gobiernos deben eliminar todas las reglamentaciones y regulaciones que dificulten la acumulación de beneficios. En segundo lugar deben vender todo activo que posean que pudiera ser operado por una empresa y dar beneficios. Y en tercer lugar deben recortar drásticamente los fondos asignados a programas sociales. Dentro de la fórmula de tres partes de desregulación, privatización y recortes, Friedman tenía muchas salvedades. Los impuestos, si tenían que existir, debían ser bajos y ricos y pobres debían pagar la misma tasa fija. Las empresas debían poder vender sus productos en cualquier parte del mundo y los gobiernos no debían hacer el menor esfuerzo por proteger a las industrias o propietarios locales. Todos los precios, también el precio del trabajo, debían ser establecidos por el mercado. El salario mínimo no debían existir. Como cosas a privatizar, Friedman proponía la sanidad, correos educación, pensiones e incluso los parques nacionales, En resumen, abogaba de forma bastante descarada por el abandono del New Deal, aquella incómoda tregua entre el Estado, las empresas y los trabajadores que había impedido que se produjera una revolución popular tras la Gran Depresión. La contrarrevolución de la Escuela de Chicago pretendía que los trabajadores devolvieran las medidas de protección que había ganado y que el Estado abandonara los servicios que ofrecía al pueblo para suavizar los cantos más afilados del mercado.

Y pretendía todavía más: quería expropiar lo que gobiernos y trabajadores habían construido durante aquellas décadas de febril actividad en el sector de las obras públicas. Los activos que Friedman apremiaba a los gobiernos a vender eran el resultado de años de inversiones público, necesarios para construirlos y hacerlos valiosos. Por lo que a Friedman atañía, por una cuestión de principios había que transferir toda aquella riqueza compartida a manos privadas.

En la primera etapa de la expansión capitalista el colonialismo aportó ese tipo de crecimiento feroz "descubriendo" nuevos territorios y apoderándose de tierras sin pagar por ellas para luego extraer sus riquezas sin compensar a la población local. La guerra que Friedman había declarado contra el "Estado del bienestar" y el "gran gobierno" prometía un nuevo frente de rápido enriquecimiento, sólo que esta vez en lugar de conquistar nuevos territorios la nueva frontera sería el propio Estado, con sus servicios públicos y otros activos subastados por mucho menos dinero del que realmente valían.

El Departamento de Estado estaba particularmente preocupado por el creciente éxito de los nacionalismos económicos en el Cono Sur. En unos tiempos en que buena parte del globo miraba al stalinismo y el maoísmo como soluciones, las propuestas desarrollistas de "sustitución de importaciones" resultaban bastante centristas. Aun así, la idea de que América Latina merecía tener su propio New Deal tenía poderosos enemigos.

Bajo la presión de estos intereses empresariales, surgió en los círculos de la diplomacia estadounidense e inglesa un movimiento que intentaba colocar a los gobiernos desarrollistas en la lógica binaria típica de la Guerra Fría. No había que dejarse engañar por el aspecto democrático y moderado de estos gobiernos, afirmaban estos halcones: El nacionalismo del Tercer del Mundo era el primer paso en el camino hacia el comunismo totalitario y había que acabar con él antes de que echara raíces. Dos de los principales defensores de esta teoría fueron John Foster Dulles, el secretario de Estado de Eisenhower, y su hermano Allen Dulles, director de la recién creada CIA. Antes de ocupar cargo público, ambos habían trabajado en el legendario bufete de abogados Sullivan & Cromwell, de Nueva York, donde habían representado a muchas de las empresas que más tenían que perder con el desarrollismo, entre las cuales se contaban J. P. Morgan & Company, la International Nickel Company, la Cuban Sugar Cane Corporation y la United Fruyit Company. Los resultados de la influencia de los Dulles fueron inmediatos: en 1953 y 1954 la CIA lanzó sus dos primeros golpes de Estado, ambos contra gobiernos del Tercer Mundo que se identificaban mucho más con Keynes que con Stalin.

El primero fue en 1953, cuando un complot de la CIA consiguió derrocar a Mossadegh en Irán y reemplazarlo por el brutal sha. El siguiente fue el golpe que la CIAS patrocinó en 1954 en Guatemala, llevado a cabo por una petición directa de la United Fruit Company. La empresa, que contaba con la atención de los Dulles desde sus días en Cromwell, estaba indignada porque el presidente Jacobo Arbenz Guzmán había expropiado tierras que no usaba (ofreciendo la correspondiente indemnización) como parte de su proyecto para transformar Guatemala, en sus propias palabras, "de un país atrasado con una economía predominantemente feudal en un Estado capitalista moderno", objetivo al parecer inaceptable. En poco tiempo se derrocó a Arbenz y la United Fruit volvió a regir los destinos de Guatemala.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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