El País Vasco tras sus elecciones

Un análisis de las poblaciones y Comunidades, una por una, de la piel de toro hecha unos zorros por la hipercentralización im­puesta desde la Unidad isabelina (cuya causa en este país vie­nen defendiendo desde tiempo inmemorial el poder de la reli­gión y la fuerza de la gobernación), nos mostraría aspectos que, en tales con­diciones de inusitada fuerza centrípeta, son difíci­les de apre­ciar...

El País Vasco, Euskadi, Euzkadi o Euskal Herria, como quera­mos denominar a ese bello territorio, es una piedra de to­que de lo que deseo resaltar aquí. Acaban de celebrarse elec­cio­nes en él. El partido más votado, como siempre hasta ahora, si­gue siendo el con­servador. Pero un partido conservador: ése que integra un pensa­miento socialmente conservador, conservador de mu­chas cosas y no sólo de lo material que se posee, no profesa la filosofía de una banda de forajidos o de ladrones. La prueba es que en cuarenta años no se conoce de allí, a diferencia de lo que sucede en varias de las demás Comunidades españolas, ningún escándalo sig­nificativo rela­cionado con la corrupción política. Pero es que, en el fondo, no hay quien, siendo razonable, no tenga en este sentido inclinaciones con­servadoras. Sólo los po­cos seres humanos que, sin hogar, recha­zan un albergue serían por definición la excep­ción. Lo mismo que, a menos que la debi­lidad de su carácter le anule virtual­mente co­mo ser social, no hay quien no albergue en su espíritu a un fas­cista. Lo que ocurre es que, afortunadamente, la in­mensa mayoría que ni lo somos ni que­remos serlo reprimimos esa pul­sión de dominación y sepul­tamos la tentación de conside­rar despreciables a nuestros semejantes que no piensan ni sienten como nosotros...

Pues bien, en una sociedad marcadamente igualitaria, pese a las di­ferencias, como la vasca, donde no existe prácticamente el lati­fundio, donde los acaparadores y los grandes poseedores con­viven con los desposeídos, pero desposeídos que viven una vida digna y puede que no envidien la responsabilidades que conlle­van los que­braderos de cabeza que dan la propiedad y el dinero en abun­dancia, es más fácil rendirse a la tenta­ción de ser política­mente con­servador. Porque en este caso al fin y al cabo quien vota conser­vador quizá está pensando no tanto en conser­var lo mate­rial que posee y su aco­modo, como en conser­var la tra­dición que a nada ni a nadie daña, en conservar lo que llama­mos "buenas cos­tumbres" y en conservar el respeto debido al dis­crepante y la buena educación, etc.

El caso es que en Euskadi el voto conservador es estimable, pero la situación allí, por lo dicho, siempre viene presentando un signifi­ca­tivo equilibrio político con el voto que respalda a los par­tidos que no lo son. Lo cual, sociológica y antropológica­mente, dice mu­cho en favor de una sociedad y de su idio­sincra­sia.

Y el hecho de que ahora, para facilitar la gobernabilidad del país vasco, pueda ese partido ganador tener que recurrir a la alianza bien con el par­tido falsamente socialista, bien con la fac­ción falsa­mente conser­vadora se explicaría y justificaría como se justifica el pragmatismo político en ciertos casos. Por ejemplo, la complici­dad que buscan todas las policías en el confidente que padece algún tipo de drogadicción, para apresar al narcotrafi­cante, o co­mo en una familia mal avenida los miembros nobles deben sopor­tar a los miembros más incómodos o indeseables para que no se rompa la familia del todo...

En resumen, el País Vasco es de esos territorios que merecen ser política­mente independientes. Euzkadi merece la independencia que nunca ha logrado, y es muy difícil que, por la fuerza ejercida hacia el centro por la mayoría de los demás territorios y por los ca­ciques y torquemadas de estos que no conciben a la penín­sula ibérica más que como conglomerado de espacios adosa­dos, la con­siga al­guna vez. Lo siento mucho por el País Vasco…



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Jaime Richart


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